Cada año, la entidad del diseño International Council of Design (ICoD), que agrupa a las antiguas ICOGRADA e ICSID, coincidiendo con el día del diseño (27 de abril), propone un tema para que las asociaciones de diseño que forman parte de esta entidad, repartidas por todo el planeta, reflexionen sobre él. Este 2026 ha propuesto para reflexionar sobre los espacios intermedios. Puede parecer extraño, pero es un tema que tiene varias capas de significado. Vamos a intentar explorar algunas de ellas y al mismo tiempo visualizar cómo el diseño contemporáneo está viviendo un cambio de paradigma silencioso pero radical.
Desde su nacimiento como disciplina, coincidiendo con la revolución industrial, el diseño se ha entendido como una metodología para la configuración de objetos, artefactos, dispositivos, comunicaciones, etc. Un cartel colgado en una valla de la ciudad, una silla en una habitación, un botón en una pantalla, un salón espacioso. Los esfuerzos se han centrado en la función y en la forma. De hecho, alrededor de esa dicotomía ha habido encendidos debates durante décadas. Y no es que estos aspectos no sean importantes, lo son y forman parte de la disciplina del diseño, efectivamente. Son, además, aquello que los configura en términos materiales y les da sentido en cuanto a su uso. Si una tipografía es ilegible o no comunica aquello que se pretende, no tiene sentido; si un automóvil genera excesiva resistencia aerodinámica o es inseguro, el mercado y los usuarios lo rechazarán.
Pero hagamos un ejercicio, observemos con atención la manera en que habitamos el mundo. Si lo hacemos con la suficiente profundidad veremos qué la relación que se establece entre ellos tan importante como los objetos, productos y los espacios. En un ejemplo muy sencillo, si vamos a aquel salón espacioso, veremos que la relación entre los muebles que lo habitan, la luz que entra por las ventanas y la circulación es lo que supondrá un éxito o un fracaso. Cualquier interiorista lo sabe.
Ahora vamos un poco más allá. ¿Y si diseñar ya no se consistiera en producir cosas, sino en generar condiciones de convivencia entre esas cosas y nosotros? Más allá de poseer cosas, necesitamos vínculos con esas cosas y con los demás. Lo que importa no es solo la silla, sino el apego que tengo con ella y la conversación que esa silla facilita; no es solo la interfaz, sino la comunidad que permite germinar. Es decir, los objetos no son simples elementos de atrezo, sino que pueden, dependiendo de cómo hayan sido diseñados, generar situaciones, producir encuentros, generar lo que Donna Haraway llama parentescos.
El diseño como infraestructura relacional
Vivimos en una era de hiperconectividad no presencial y, paradójicamente, de profunda desconexión humana. Nuestros dispositivos y programas, aplicaciones, etc. están diseñados para capturar la atención, no necesariamente para fomentar el encuentro. Podemos estar al mismo tiempo en diversos lugares a la vez, pero nunca al 100% en ninguno de ellos. En este contexto, el diseño se enfrenta a una responsabilidad política y emocional: cómo ser un agente que potencie la conexión humana. Si el siglo XX fue el siglo del objeto de consumo, el XXI debe ser el de la mediación. Decía Víctor Papanek que «el diseño es el esfuerzo consciente por imponer un orden significativo». Pero hoy, ese orden ya no puede ser solo estético y funcional de forma aislada. Hoy debe ser relacional. El diseño debe pasar de la creación de artefactos a la creación de contextos. El urbanismo no consiste en proyectar plazas, calles y avenidas, sino en entender los flujos urbanos e incluso en analizar si dos desconocidos tienen la oportunidad de cruzar sus miradas o entablar una conversación o si, por el contrario, el espacio los mantiene aislados en sus propias burbujas.
Del no-lugar al desierto digital
Para entender la urgencia de diseñar espacios relacionales, debemos primero entender los efectos de su ausencia. Existen lugares que carecen de las expresiones simbólicas de identidad, relaciones e historia: los no-lugares (Augé, 2000). Son espacios de paso: aeropuertos, cadenas de comida rápida y cada vez más centros históricos que se han convertido en centros comerciales al aire libre, con las mismas franquicias en todos ellos. Estos no-lugares están diseñados para la circulación eficiente, para el consumo, pero nunca para la permanencia, para habitarlos con presencialidad consciente. Si saltamos al entorno digital, gran parte de nuestra arquitectura digital ha heredado esta genética. Las plataformas que prometían ser plazas públicas se han convertido a menudo en autopistas de datos.
Las redes sociales están configuradas bajo la lógica del scroll infinito, donde el contenido pasa a una velocidad que impide que se integre en nuestra memoria. Vemos videos cortos hasta las tantas, ocurrentes o escandalosos, graciosos o eróticos, pero a la mañana siguiente seremos incapaces de recordar ninguno de ellos. Un feed es un espacio donde nada permanece y donde la relación con el otro está mediada por algoritmos de optimización, no por el encuentro genuino. El diseño pensado desde esta lógica busca a menudo la fricción, cero como argumentan Beatriz Colomina y Mark Wigley en su libro «¿Somos humanos? Notas sobre una arqueología del diseño».
Pero la fricción es necesaria para el reconocimiento del otro. Cuando el diseño elimina toda resistencia en favor de la eficiencia, borra también la posibilidad de que surja un espacio relacional. Un ejemplo es el ornamento: el Estilo Internacional lo denostaba. Es cierto que, sin ornamento, el objeto podía ser universal, pero también que pertenecer a un lugar concreto y ya no nos situaba. En esos espacios de no fricción, nos convertimos en usuarios anónimos en una terminal de datos perpetua. Frente a esto, el diseño tiene el reto de generar habitabilidad digital, pasando de plataformas de tránsito a entornos donde sea posible generar comunidad.
Territorios posibles
Pensemos en pasillos, vestíbulos y rincones de transición, a menudo se consideran áreas de servicio. Sin embargo, es precisamente allí donde la vida social ocurre con mayor intensidad. En un edificio de viviendas, esos espacios comunes, que están entre lo público (la calle) y lo privado (la casa), se tratan como residuales, pero son justo los que nos pueden permitir saber si el vecino de arriba necesita conversar porque se siente solo o si los vecinos del entresuelo nos pueden echar una mano con nuestra cisterna que gotea. El diseño de estos lugares requiere una sensibilidad especial hacia los umbrales.
Me gusta pensar en ellos como membranas porosas donde diferentes realidades pueden mezclarse, a diferencia de los límites que simplemente separan, tal como los define Richard Sennett en Construir y habitar. En el ámbito urbano, por ejemplo, un banco colocado estratégicamente es un dispositivo que pausa la velocidad de la ciudad para permitir la coincidencia. Otro ejemplo es la señalética. Un sistema de orientación en un hospital no solo ayuda a encontrar una dirección; reduce la ansiedad, creando un clima de calma que permite que el cuidado tenga lugar. La señalética aquí es empatía materializada. Estar situado aumenta nuestra sensación de estar en un espacio seguro.
El futuro está en el entre
El éxito del diseño depende ya de la calidad de los vínculos que genera y la vitalidad de los espacios que quedan entre las cosas. Ser diseñador hoy significa ser una especie de cartógrafo de lo invisible, entendiendo que nuestro trabajo no solo traza líneas, sino que también proyecta espacios de empatía y convivencia. Para aterrizar esta visión, debemos observar cómo pequeñas decisiones de diseño transforman el vacío en lugar.
Es lo que el arquitecto y antiguo alcalde de Curitiba, llamó acupuntura urbana. Veámoslo en la ciudad: el éxito de las supermanzanas no radica solo en la ausencia de coches, sino en cómo el diseño urbano permite que las personas se apropien del espacio, agrupándose para charlar o aislándose para leer, convirtiendo el asfalto en un salón social. Y lo más interesante es que son espacios no programados. No hay que comprar nada, no hay que estar produciendo o yendo a alguna parte, simplemente hay que estar, eso es revolucionario.
En la escala digital: una plataforma de aprendizaje que, en lugar de limitarse a la descarga de archivos PDF, diseña pasillos virtuales (foros de discusión espontánea o espacios de cocreación en tiempo real) está combatiendo el no-lugar digital para crear una verdadera comunidad de conocimiento. He visto más empatía y sentido de comunidad en algunos campus virtuales donde doy clases que en algunas clases «físicas». Ahora vayamos a los objetos: una cazuela diseñada para compartir la comida en el centro de la mesa, como ocurre con muchos platos tradicionales en todo el mundo, es mucho más que un utensilio de cocina; es un objeto relacional, genera comunidad.
Al final del día, los espacios que habitamos, ya sean físicos, digitales o simbólicos, son los que definen quiénes somos. Si cuidamos los espacios intermedios y diseñamos para la relación, lograremos transformar la soledad de la no-fricción en una nueva forma de pertenencia. Porque el diseño trata de construir situaciones donde puedan ocurrir acontecimientos, actividades y encuentros que de otra forma no serían posibles.
Tal y como señala el ICoD: The Spaces In Between es una invitación global dirigida a diseñadores, educadores, líderes urbanos y agentes de cambio de todo el mundo: una invitación a diseñar para conectar. Utilizar la creatividad como punto de encuentro. Convertir cada calle, pantalla y espacio compartido en un lugar donde la gente se sienta parte de la comunidad. Porque cuando el diseño tiende puentes entre nosotros, hacemos algo más que resolver problemas: forjamos relaciones, fortalecemos comunidades y construimos juntos el futuro.

