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Soberanía tecnológica: una cuestión creativa (y doméstica) 

Durante años hemos aceptado sin demasiadas preguntas que el proceso creativo se apoye en programas propietarios, cerrados y alojados en infraestructuras ajenas. El gran salto se dio durante la pandemia de la COVID-19 cuando, de un día para otro, nos virtualizamos todos desde nuestras casas, sin tiempo a preguntarnos qué soportes estábamos utilizando para dar clases, reunirnos, generar documentos online o crear esquemas, resúmenes e informes en modo remoto. Desde entonces, editamos textos en plataformas que no controlamos, montamos vídeos con software cuyo funcionamiento desconocemos y experimentamos con inteligencias artificiales opacas entrenadas con datos invisibles. Todo ello es cómodo, eficiente y, a corto plazo, funcional. Pero también tiene un coste político y cultural. 

Geopolítica y tecnología desde el sofá 

Francia ha tomado una decisión poco habitual en Europa: antes de 2027, cerca de 2,5 millones de funcionarias y funcionarios dejarán de usar Zoom, Microsoft Teams, Webex y GoTo Meeting en la administración pública. En su lugar, el Estado francés desplegará Visio, un sistema propio. El argumento es claro: no se puede garantizar la soberanía política cuando la infraestructura digital depende de empresas sujetas a órdenes de Washington. La noticia se ha leído sobre todo como un movimiento geopolítico. Pero quizá lo más interesante es trasladar la pregunta a una escala más pequeña y cotidiana: ¿qué pasa con nuestra soberanía tecnológica como usuarios? ¿Y, sobre todo, como creadores?  

Recordemos «El medio es el mensaje», como acuñó Marshall McLuhan. Esta frase resumía la idea de que la tecnología o medio utilizado para transmitir información moldea la sociedad y la percepción humana, tanto o más, que el contenido en sí mismo. Hoy crear, escribir, diseñar, editar vídeo, componer música o generar imágenes con IA es inseparable de un conjunto de herramientas digitales. Y esas herramientas no son neutrales: condicionan qué podemos hacer, cómo lo hacemos y bajo qué reglas. La decisión francesa apunta justo a ese punto: si no controlas la infraestructura, tampoco controlas del todo tu actividad. La dependencia técnica se traduce en dependencia normativa, económica y, en última instancia, simbólica. No se trata solo de dónde están los servidores, sino de quién decide las reglas del juego. 

Para un creador, esa pregunta es todavía más delicada. Porque las herramientas no solo median el trabajo, sino que condicionan y conforman el resultado. Un editor de imagen no es solo un medio para retocar fotos; es una forma concreta de entender la imagen. Un programa de maquetación no es solo un contenedor de textos. Es una idea determinada de cómo se compagina una página. Y una IA generativa no es solo un motor de imágenes o textos. Es una biblioteca concreta con implicaciones ideológicas, filosóficas y estéticas. 

Alternativas 

En el campo creativo existen desde hace tiempo alternativas que apuntan en esa dirección. El software libre y europeo ha demostrado que puede sostener procesos profesionales: editores de imagen, programas de ilustración, herramientas de vídeo, audio o maquetación que no dependen de licencias restrictivas ni de nubes obligatorias. No son solo sustitutos pobres de los grandes nombres: son ecosistemas con culturas propias, comunidades activas y una lógica distinta, más cercana al taller que a la plataforma. Lo mismo empieza a ocurrir con la inteligencia artificial. Frente a los grandes modelos cerrados, surgen proyectos más pequeños, auditables y ejecutables en local. No son tan espectaculares, pero permiten algo crucial: entender qué hacen y decidir cómo usarlos. En vez de delegar la creatividad en una caja negra, la IA se convierte en una herramienta ampliada, casi artesanal, integrada en un flujo de trabajo consciente. 

Esta soberanía no es una abstracción. Existe ya un ecosistema amplio de herramientas que permiten trabajar sin depender de plataformas cerradas. En imagen y diseño, programas como GIMPKrita Inkscape llevan años demostrando que es posible editar, ilustrar o trabajar con gráficos vectoriales desde entornos abiertos. En 3D y animación, Blender se ha convertido en un estándar profesional que compite de tú a tú con soluciones comerciales. En maquetación editorial, Scribus permite producir libros y revistas sin ceder derechos ni contenidos a aplicaciones opacas. En fotografía y vídeo ocurre algo similar: Darktable o RawTherapee ofrecen flujos completos de revelado digital, mientras que Kdenlive Shotcut permiten editar vídeo sin depender de suscripciones ni nubes obligatorias. En audio, Ardour o LMMS cubren desde la grabación multipista hasta la composición electrónica. Estas herramientas no son solo alternativas gratuitas: encarnan otra lógica de producción cultural. No funcionan como servicios que alquilan funciones, sino como talleres digitales que pueden adaptarse, modificarse y mantenerse en el tiempo. Frente a la obsolescencia programada del software privado, proponen continuidad, comunidad y aprendizaje. 

Algo parecido empieza a suceder con la inteligencia artificial. Frente a los grandes modelos cerrados, que no explican con qué datos se entrenan ni cómo procesan la información, existen modelos abiertos como Stable Diffusion para imagen o Bloom Mistral para texto, que pueden ejecutarse localmente y auditarse en mayor o menor medida. Interfaces como ComfyUI Automatic1111 permiten integrar estas IA en flujos creativos controlados, donde el usuario decide qué se genera, con qué datos y bajo qué condiciones. Estas IA no son inocentes ni puras, pero introducen una diferencia crucial: desplazan la creatividad asistida de la plataforma al dispositivo. La IA deja de ser un oráculo remoto y se convierte en una herramienta situada, como un pincel o una cámara. No promete comodidad infinita, sino capacidad de elección. 

Sin dogmas, pero conscientes 

La soberanía tecnológica creativa no significa rechazar las grandes herramientas comerciales, sino evitar que se conviertan en el único camino posible. Significa combinar, aprender y preservar márgenes de independencia. Significa que el archivo, el formato y el método sigan siendo del autor y no del proveedor. La cuestión no es moral, no se trata de ser puros o coherentes, sino estratégica. Si todo tu proceso creativo depende de servicios que pueden cambiar de condiciones, desaparecer o volverse de pago de un día para otro, tu autonomía es frágil. No solo como usuario, sino como autor. Tu archivo, tus formatos, tus métodos quedan cautivos. 

Aquí es donde la comparación con Francia deja de ser institucional y se vuelve íntima. Así como un Estado no quiere depender de empresas sometidas a otras jurisdicciones, un creador no debería depender por completo de sistemas que no puede comprender ni controlar mínimamente. No por paranoia, sino por higiene cultural. Esto no implica renunciar a las herramientas colaborativas o comerciales. En muchos contextos, plataformas como Zoom, Teams o Webex tienen un encaje práctico. El problema aparece cuando esas soluciones se convierten en la base completa del ecosistema creativo. Cuando ya no sabemos trabajar fuera de ellas. Cuando nuestros archivos ya no existen sin su formato. Cuando nuestro estilo está moldeado por sus presets

Elegir con qué editas, con qué escribes o con qué entrenas una IA no es solo una decisión técnica. Es una forma de posicionarte ante la concentración de poder digital. Del mismo modo que elegir papel reciclado o imprenta local tenía un significado en otros contextos, hoy elegir software libre, formatos abiertos o IA transparentes tiene una dimensión cultural. Tal vez no podamos, ni queramos hacer en casa lo que hace el Estado francés a gran escala. Pero sí podemos adoptar una versión doméstica de esa lógica: diversificar herramientas, aprender alternativas, conservar copias en formatos abiertos y no entregar todo el proceso creativo a una sola plataforma. La soberanía tecnológica no empieza en los ministerios, sino en el escritorio. Y, en el caso de los creadores, empieza en algo todavía más básico: en decidir si nuestras herramientas son simples prótesis o si, poco a poco, se convierten en el verdadero autor. 

🪧 Aviso: los artículos de Opinión reflejan las perspectivas de sus autores. SafeCreative no se identifica necesariamente con los puntos de vista expresados en ellos.
Óscar Guayabero
Óscar Guayaberohttps://www.guayabero.net/
Creador, editor, escritor… se autodefine como "para-diseñador". Guayabero es en realidad un contador de historias sobre objetos, instalaciones o palabras que además disfruta comisariando exposiciones, dando clases o activando plataformas.

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