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La crisis de las editoriales universitarias: un problemilla que nadie ve (pero todos sufren)

Si se buscan grandes titulares sobre la crisis de las editoriales universitarias, no se encontrarán. No hay quiebras espectaculares, ni autores estrella huyendo en desbandada, ni cifras de ventas que provoquen vértigo. Y, sin embargo, ahí están: las editoriales de la Unión de Editoriales Universitarias Españolas (UNE) llevan años instaladas en un estado de alerta y de emergencia que nunca termina de declararse oficialmente. Es una crisis curiosa. Discreta. Persistente. Y, lo peor: estructural. Lo bastante seria como para condicionar el ecosistema académico, pero lo bastante silenciosa como para no incomodar mucho a nadie.  

Publicar lo que no vende (pero debe leerse) 

Esto les pasa a los que hacen aquello de lo que el mercado editorial huye como de la peste: publican libros que no están pensados para venderse en grandes cantidades. Monografías hiperespecializadas, ediciones críticas, actas de congresos, estudios de nicho con títulos que ya anticipan una audiencia selecta. Todo con una lógica académica impecable. Y así llegamos a la primera ironía: cuanto más necesario es un libro en términos científicos, menos probable es que tenga un recorrido comercial decente. Las editoriales universitarias viven, por tanto, en ese territorio donde el valor intelectual no coincide con el de mercado. Y encima lo hacen con admirable perseverancia. 

La subvención: ese tema del que conviene no abusar 

Durante años, el sistema funcionó gracias a un principio sencillo: cada universidad financiaba su propia editorial. No era un negocio, pero nadie esperaba que lo fuera: era solo una pieza más del engranaje académico. Pero la realidad es tozuda y acabó abofeteando al sistema cuando el engranaje empezó a revisarse con criterios de eficiencia. A partir de la crisis económica de 2008, la mayoría de universidades se vieron obligadas a hacer malabares con sus recursos. Y, justo ahí, las editoriales universitarias pasaron de ser un servicio que todo el mundo aceptaba deficitario a convertirse en empresas con su cuenta de resultados y todo. ¿Qué salió de todo esto? Pues una situación inquietantemente paradójica: se espera que las editoriales universitarias sean económicamente responsables, pero sin dejar de publicar lo que, por definición, no vende. Cuadrar el círculo, vamos. 

A esta tensión se suma otro elemento que ha cambiado el panorama: los sistemas de evaluación académica. Hoy, la carrera de un investigador depende en gran medida de dónde publica. Y ese dónde suele estar asociado a índices de impacto, bases de datos internacionales y sellos editoriales de reconocimiento global. Con este panorama, muchas editoriales universitarias han quedado en una posición incómoda: son necesarias para el sistema, pero a menudo no prioritarias para quienes deben progresar dentro de él. ¿Carecen de calidad? Al contrario: muchas han profesionalizado sus procesos de forma notable; pero juegan en un tablero donde el prestigio se mide con herramientas que a menudo las perjudican. La consecuencia es inevitable: menos originales, más dificultad para atraer determinados perfiles de autores y la sensación cada vez mayor de que les están comiendo la tostada dentro de su propio ecosistema. 

Digitalización: la solución que también supone un problema 

La digitalización estaba llamada a ser la panacea. Menores costes de impresión, mayor alcance, acceso global. Sobre el papel, la respuesta perfecta para publicaciones de nicho. Pero enseguida llegaron las rebajas. La transición digital requiere inversión, adaptación técnica y cambios organizativos nada triviales. Y, encima, introdujo un nuevo dilema: el acceso abierto. Si el conocimiento debe ser accesible gratuitamente —una idea ampliamente respaldada en el ámbito académico—, ¿cómo se financia la producción? La respuesta, de momento, oscila entre modelos híbridos, financiación por proyectos y soluciones que funcionan… hasta que dejan de hacerlo. 

¿Y el viejo tema de la visibilidad? 

Las editoriales universitarias siguen teniendo dificultades para situar sus libros en circuitos comerciales. Las tiradas son cortas, la presencia en librerías es residual y la promoción, discreta. Esto genera una situación casi irónica: nunca se ha producido tanto conocimiento, pero una parte significativa del mismo circula por canales muy estrechos. No es que los libros no existan; pero a veces cuesta encontrarlos tanto como si no los hubiesen publicado. 

Y eso que, en los últimos tiempos, las editoriales universitarias han hecho los deberes. Han mejorado procesos, adoptado sistemas de revisión por pares más rigurosos, obtenido sellos de calidad y reforzado su estructura profesional. Sin embargo, este esfuerzo no siempre se traduce en un reconocimiento equivalente dentro del sistema académico. Publicar en una editorial universitaria puede seguir percibiéndose como una opción secundaria frente a editoriales internacionales más visibles. La paradoja es evidente: se exige calidad, se alcanza esa calidad, pero el sistema de incentivos no siempre la recompensa de forma proporcional. Una canción que les suena a otros sectores editoriales, por cierto.  

Una crisis que no estalla 

Y así se llega al panorama actual: una crisis que no estalla, pero que tampoco se resuelve. Las editoriales universitarias continúan funcionando, adaptándose, ajustando modelos, explorando soluciones parciales. O sea: sigue en estado crítico, pero estable. En una especie de equilibrio precario, sostenido por la convicción —más que razonable— de que alguien tiene que publicar ciertos libros, aunque no den ni un céntimo. 

En ese sentido, la crisis no es solo editorial, sino la expresión de las tensiones del sistema académico: entre conocimiento y mercado, entre acceso y sostenibilidad, entre prestigio y utilidad. Y ahí reside la última ironía. Las editoriales universitarias son imprescindibles justo por lo mismo que las hace vulnerables. Publican lo que debe publicarse, aunque eso sea una sangría para las universidades. No es la clase de heroicidad que suele recibir medallas. Pero es que alguien tiene que hacerlo. 

🪧 Aviso: los artículos de Opinión reflejan las perspectivas de sus autores. SafeCreative no se identifica necesariamente con los puntos de vista expresados en ellos.
Jordi Solé
Jordi Solé
Es licenciado en Ciencias de la Información. Tras dos décadas ejerciendo como periodista en diversos medios decidió pasarse al mundo de la ficción. Desde entonces, es autor de más de una docena de novelas de distintos géneros habiendo ganado los premios Néstor Luján de novela histórica y Prudenci Bertrana, ambos en catalán.

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