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¿Ser o no ser… el autor? (Dat is de quistion… cuando escribe una IA)

Cuatro siglos después de plasmarla en papel con tinta y una pluma de ave, la frase más icónica de William Shakespeare continúa planteando dilemas profundos. Aplicándole apenas una ligera actualización —ser o no ser… el autor— nos da, sin ir más lejos, oiga, para escribir este artículo. Porque en la era de la inteligencia artificial generativa, la pregunta ya no es solo filosófica, sino también legal, cultural y, en muchos casos, económica. 

Y no deja de tener su miga que el debate sobre la autoría de una obra surja cuando todavía existe una teoría —minoritaria pero tozuda— que pone en duda que el bardo de Stratford fuera realmente el autor de las obras que llevan su nombre. Dudamos del autor humano por excelencia… y ahora dudamos también cuando escribe una máquina.  

¡Cosas veredes, amigo lector!, como diría cierto manco (o más bien, como se le atribuye: ¡ah! de nuevo el tema de la autoría…). 

Durante siglos, quien escribió qué fue un asunto relativamente sencillo. El autor era un tipo de carne y hueso (las tipas tenían que transmutarse en tipo, pero ese es otro temita), con manías, estilo propio y algo de talento. Podía gustarnos o no, pero al menos sabíamos sobre quién disparar.  

La idea moderna de auteur, consolidada en el Romanticismo, convirtió al creador en un genio individual, inspirado y único. El origen del sentido de la obra, su responsable último y, por supuesto, su propietario legal. Shakespeare firmaba Shakespeare, Cervantes firmaba Cervantes y nadie sospechaba que una red neuronal estuviera detrás del telón. 

Hasta ahora. 

La IA pisa el escenario  

Hoy, las inteligencias artificiales escriben relatos, artículos, poemas y hasta novelas con una solvencia —como mínimo— inquietante. No piden café, no se cansan y no discuten con el corrector de estilo. Simplemente generan texto a coste cero. 

Aquí conviene aclarar algo desde el principio: una IA no es autora. No lo es legalmente, ni filosóficamente, ni aunque escriba un soneto impecable en endecasílabos. No tiene intención, conciencia ni voluntad creativa. No quiere hablar de nada. No tiene nada que decir. Solo calcula qué palabra es más probable que venga después de otra. 

Vamos, que la IA no crea, produce. Y producir no es lo mismo que crear, aunque a veces el resultado se le parezca peligrosamente. 

¿El autor es quien da las órdenes? 

Bueeeno. Pues aquí nos metemos en el terreno resbaladizo. Si un fulano utiliza la IA como herramienta —digamos que, para corregir, sugerir, resumir o mejorar un texto propio— nadie duda de que el autor sigue siendo humano. Igual que nadie dice que Microsoft Word sea el autor de una novela solo porque se ha escrito usando ese programa (que, por cierto, incorpora no pocas ayudas). 

Pero, ¿qué ocurre cuando el usuario se limita a escribir un prompt, pulsar Enter y publicar el resultado sin tocar una coma? ¡Aaaaamigo! En ese caso, afirmar que se es el autor es legalmente posible, pero conceptualmente discutible. Es como comprar la comida en un restaurante, servir el plato y ponerse una medalla mientras los invitados creen/oyen que lo ha hecho usted. Igual cuela, vale, pero —cuando menos— es poco honesto. 

Por eso alguien se ha sacado de la manga el concepto de autoría por dirección. Me explico: el humano no escribe cada línea, pero: decide qué se pide, elige entre opciones, descarta resultados, y asume la responsabilidad de lo publicado. 

No es el autor romántico del siglo XIX, pero sí algo parecido a un director creativo. No empuña la pluma, pero decide qué se firma. 

El fantasma de Hamlet (o de los autores invisibles) 

Por fin llegamos al verdadero drama shakespeariano. Las IA no inventan nada: se entrenan a base de asimilar enormes cantidades de textos escritos por humanos: novelas, artículos, ensayos, poemas. No los copian literalmente (en general), pero aprenden estilos, estructuras y soluciones narrativas. 

Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿hay autores fantasmas detrás de cada texto generado por IA? Legalmente, la respuesta es no. Culturalmente, la respuesta es depende.  

Cuando una IA escribe algo brillante, hablamos de innovación. Cuando se parece demasiado a un autor concreto, hablamos de plagio. La frontera, como siempre, es difusa y se mueve según el contexto… y el cabreo del autor de turno. 

Pero hay un punto que aclara muchas discusiones: la responsabilidad nunca es de la IA. O sea, bro: que si un texto que firma usted —pero que ha sido generado por IA— contiene errores, sesgos, falsedades o alguna barbaridad, no se vale señalar al algoritmo y decir: ¡ha sido él! El responsable es el fulano que se lo atribuye. O sea, el abajo firmante. Siempre. 

Y entonces usted me dirá: donde hay responsabilidad, ¿no hay una forma de autoría práctica? Porque, seamos sinceros: en el mundo real, qué importa más, ¿la responsabilidad o la inspiración? Es una buena pregunta, se lo admito. Bueno vale, pero entonces ¿quién demonios es el autor? 

Pues, una definición útil, aunque nada poética, podría ser: autor es quien asume la responsabilidad intelectual, legal y cultural de la obra. Ni quien pulsa el botón, ni quien calcula probabilidades. Quien decide que ese texto va a salir al mundo con su nombre al final. 

Ser o no ser autor, esa sigue siendo la cuestión 

Volvamos a la raíz del problema. La IA no elimina al autor, lo obliga a redefinirse. La autoría se convierte en un continuo de intervención humana, que va desde el creador clásico hasta el editor que dirige, selecciona y responde. 

Al final, la pregunta no es si la IA puede ser autora. No puede. La pregunta es qué tipo de autores queremos ser nosotros cuando la usamos. Y esa, como diría cierto dramaturgo inglés, sigue siendo la cuestión. 

🪧 Aviso: los artículos de Opinión reflejan las perspectivas de sus autores. SafeCreative no se identifica necesariamente con los puntos de vista expresados en ellos.
Jordi Solé
Jordi Solé
Es licenciado en Ciencias de la Información. Tras dos décadas ejerciendo como periodista en diversos medios decidió pasarse al mundo de la ficción. Desde entonces, es autor de más de una docena de novelas de distintos géneros habiendo ganado los premios Néstor Luján de novela histórica y Prudenci Bertrana, ambos en catalán.

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