Hay una máquina hidráulica en algún galpón de Estados Unidos que ha hecho por la literatura universal más que la mayoría de los críticos: se la ha leído entera. Primero les corta el lomo a los libros, de un tajo, como quien descabeza sardinas. Después, las hojas sueltas pasan por un escáner industrial a velocidad de cinta transportadora. Y al final el papel se manda a reciclar, donde se convierte en pasta y, con suerte, en otro libro que algún día también será decapitado.
El proyecto se llamaba Panamá. Por el canal, imagino: una obra de ingeniería que une dos océanos abriendo un tajo en el medio. Y en los documentos internos que un juzgado de California desclasificó en enero de 2026 figura descrito con una franqueza que ya quisieran los memorandos de cualquier ministerio: «nuestro esfuerzo por escanear destructivamente todos los libros del mundo». En otro documento del mismo expediente hay una frase que merecería estar tallada en el frontispicio de la industria: «No queremos que se sepa que estamos trabajando en esto». Spoiler: Se supo.
El modus operandi
Anthropic —la misma empresa que ahora pide a gritos poner coto al desarrollo mundial de la IA— contrató en febrero de 2024 a Tom Turvey, el ejecutivo que había lanzado Google Books, con un encargo que el juez resumió después con sorna: conseguir «todos los libros del mundo» evitando el máximo posible de «fango legal, práctico y comercial». Turvey tanteó a las editoriales, se aburrió de negociar licencias y dejó morir las conversaciones. Entonces alguien hizo el descubrimiento que cambia esta historia: no hacía falta pedir permiso a nadie. Bastaba con comprar los libros de segunda mano.
Y los compraron. Vaya, que sí lo hicieron. De golpe y por decenas de miles a mayoristas de segunda mano: Better World Books, World of Books, Zoom Books. El mercado de saldos de la cultura occidental —donativos de bibliotecas, cajas de herencias, el fondo de armario de las librerías de viejo— vendido al peso a una empresa de inteligencia artificial. España tampoco es ajena a este fenómeno: diversas empresas desarrolladoras de IA están recurriendo al mercado de segunda mano del libro para obtener nuevos contenidos para entrenar sus modelos. Según informaciones publicadas, diversas compañías estarían comprando masivamente libros, muchos en catalán. Una parte de ellos son antiguos, pero otros están protegidos, como manuales especializados o descatalogados. Los ejemplares son destruidos tras su digitalización.
A un proveedor le pidieron capacidad para «convertir de 500.000 a dos millones de libros en seis meses». Bonito eufemismo: convertir. El gremio funerario no lo habría dicho mejor. Se gastaron decenas de millones de dólares. Escanear sin destruir —el método de Google Books, con sus cunas y sus cámaras cenitales— es más caro y mucho más lento. La guillotina es barata, rápida y no deja testigos.
El libro como suplemento vitamínico
¿Por qué comprar libros pudiendo vampirizar internet, que es gratis? Porque la red ya está contaminada. Los documentos internos lo dicen sin rodeos: los libros enseñan al modelo «a escribir bien», mientras que la web le enseña «internet speak de baja calidad». Un ensayo de doscientas páginas es un objeto raro en el ecosistema digital: largo, coherente, corregido por un profesional al que alguien pagó. Y la web está cada vez más sobrada de textos generados por máquinas, lo que produce el fenómeno que los investigadores llaman colapso del modelo: la IA que se alimenta de IA degenera, como fotocopia de otra fotocopia. Vamos, que la biblioteca de segunda mano no era un capricho estético. Más bien era la última reserva de proteína no adulterada.
La ironía jurídica
Y aquí llega lo mejor. En junio de 2025, el juez William Alsup dictó una sentencia que conviene leer dos veces. ¿Los siete millones de libros que Anthropic se había bajado de LibGen, Books3 y Pirate Library Mirror entre 2021 y 2022? ¡Infracción flagrante! Ese frente acabó en un acuerdo de 1.500 millones de dólares, homologado en julio de 2026: unos 3.000 dólares por obra para medio millón de títulos, una de las mayores indemnizaciones por derechos de autor de la historia.
¿Y qué había de los millones de libros comprados y despedazados? Eso, según su señoría, era fair use. Uso legítimo. Perfectamente legal. ¿Qué lo hacía legal? Agárrese, que vienen curvas: precisamente, la destrucción. El razonamiento del tribunal es que escanear un ejemplar comprado y quedarse solo con el fichero es un mero cambio de formato: donde había un libro, sigue habiéndolo, solo que ahora pesa menos. Si hubieran conservado el papel y el escaneo, habría una copia nueva y eso sí sería grave de narices.
O sea: la ley se decantaba por la trituradora de papel antes que por el escáner. La doctrina de la primera venta —usted compra un libro, usted hace con él lo que le da la gana, incluida la pira— hizo el resto. Y por si la simetría no fuera bastante cruel, recordemos que en esos mismos años Internet Archive perdía en los tribunales por prestar escaneos de libros que también había comprado legalmente. Escanear para prestar: ilícito. Escanear para triturar: fair use. Alguien debería enmarcarlo, oiga.
Los peligros, ordenados de menor a mayor histeria
Primero, el que más titulares ha dado y menos aguanta: desde agosto de 2026 circula que se están pulverizando libros antiguos y raros. Seamos escépticos. Los lotes se compran por ISBN, y el ISBN existe desde 1970: como recordó Jenny List en Hackaday, un libro con ISBN no es un incunable, sino un producto industrial del que se tiraron miles de ejemplares. La industria editorial destruye cada año, por cuenta propia, tal cantidad de papel que deja a Panamá en anécdota. Y las acusaciones paralelas contra Amazon siguen siendo un rumor sin documento.
Segundo, el real: la cola larga. Entre el incunable y el superventas vive el libro que no es raro, pero tampoco abundante —el manual técnico de 1978, la monografía comarcal, la traducción que nunca se reeditó—. Lo que no dijo List —pero lo digo yo— es que un libro del que quedan cuarenta ejemplares igual no está en peligro, pero uno del que quedan tres, sí. Y, que servidor sepa, nadie está llevando la cuenta.
Tercero, el del que casi nadie habla. Google Books destruía cero libros y dejaba un buscador público. Internet Archive prestaba. Panamá ha convertido un bien común disperso —millones de objetos que cualquiera podía comprar, consultar, anotar, heredar— en un corpus privado que nadie más volverá a leer. El libro no desapareció: cambió de titularidad. Está ahí dentro, disuelto en unos pesos numéricos, alimentando una máquina a la que usted puede hacerle preguntas, pero cuya biblioteca no puede visitar.
Llámeme paranoico, pero no vamos bien…

