Hace unos meses un estudiante en un tribunal de trabajos de fin de máster de una escuela de diseño, nos dejó sobre la mesa el dossier del trabajo y unas hojas con todos los prompts que había utilizado para generar una pieza de video-art. Me llamó la atención que no solo nos estaba enseñando el trabajo. Nos estaba mostrando las instrucciones que había escrito para conseguirla. Me di cuenta de que algo había cambiado. Durante años enseñamos a proyectar mediante bocetos, maquetas, diagramas o prototipos. Ahora a esa capa, que no desaparece, empezamos a añadir la posibilidad de que proyectar consista, también, en hacer buenas preguntas a un asistente en IA y en cómo las vamos concretando y modificando para llegar al resultado que deseamos. Ese uso de la IA es bastante imparable. Aquellos que sean capaces de generar mejores preguntas, también obtendrán resultados más interesantes. Y me planteo que nunca como ahora el peso del trabajo se ha desplazado a la pregunta más que a la respuesta.
Quizá por eso me ha interesado Pensar con prompts, el último libro de Jianwei Xun. No tanto porque explique cómo escribir mejores prompts. De hecho, ese no es su objetivo, sino porque propone entender la conversación con una inteligencia artificial como una forma de pensamiento. No como un atajo para producir resultados, sino como un espacio donde nuestras propias ideas se ven obligadas a confrontarse con otra lógica. Si consultamos Jianwei Xun en cualquier buscador, nos dirá que es un filósofo de Hong Kong, con varios libros y artículos publicados, incluso encontraremos una fotografía. En realidad, es una entidad híbrida nacida a finales de 2024 gracias a la colaboración entre dos programas de inteligencia artificial y el ensayista y diseñador italiano Andrea Colamedici, que a veces firma como su traductor. Esta es la primera paradoja que debemos gestionar, estamos leyendo algo escrito por una entidad no 100% humana.
La propuesta de este libro nos llega como una evolución de lo que este mismo autor (humano+no humano) proponía en su trabajo anterior, Hipnocracia. Allí, Xun describía una sociedad gobernada no por una verdad única sino por la superposición incesante de relatos. El poder ya no necesita ocultar la realidad; le basta con inundarla de versiones incompatibles. Lo que Kellyanne Conway, (secretaria de prensa de la Casa Blanca en el primer mandato de Trump), denominó: «hechos alternativos». Si en aquel libro se analizaba cómo habitábamos un paisaje saturado de narrativas, Pensar con prompts parece preguntarse qué ocurre cuando empezamos a pensar dentro de ese paisaje acompañados por una inteligencia artificial.
Hay que decir que el libro no nos plantea si hay que usar IA o no, creo que da por hecho que, en menor o mayor grado, casi todos la usamos. No es ese el debate. Lo que intenta es explorar qué escenarios posibles surgen de su uso: «El diálogo con la IA es una oportunidad —al margen de los resultados— para la autotransformación, para la expansión de la conciencia y para la exploración de nuevas posibilidades de pensamiento». Creo que esa frase cambia completamente el lugar desde donde solemos hablar de inteligencia artificial. La conversación deja de ser un mecanismo para obtener respuestas y pasa a convertirse en una herramienta para formular mejores preguntas. Recuerdo que, durante unos años, con el advenimiento de la postmodernidad se decía a menudo que crear ya no se trataba de tener las respuestas sino de formular buenas preguntas. En este sentido las IA son tremendamente postmodernas.
Hace tiempo que utilizo IAs con esa intención. No espero que piensen por mí. Las utilizo como un sparring. Quien haya practicado un deporte de combate sabe que un sparring no está para ganar el combate ni para darte la razón. Su función consiste en obligarte a reaccionar, descubrir tus puntos débiles y llevarte un poco más lejos de donde habrías llegado entrenando solo. En ese sentido, una IA puede ser una compañera de entrenamiento intelectual. No porque produzca mejores ideas, sino porque nos obliga a justificar las nuestras.
Sin embargo, esa interacción nunca es inocente. Xun recuerda que «toda IA se halla situada, no solo en una cultura técnica sino también en un imaginario, una cosmovisión y un conjunto de posibilidades epistémicas y morales». Es una afirmación que puede parecer retórica porque sabemos que una inteligencia neutral es una fantasía. Pero cuando aparecen encuestas que dicen que alrededor de un 30% a 50% de las personas confían plenamente en la precisión o veracidad de los datos que ofrece la IA, igual si es necesario recordar que las IA’s tienen un marco mental que suele corresponder al de sus creadores. Este marco puede venir por ideología, sesgos de género, etnia, economía, etc. Toda tecnología incorpora una determinada visión del mundo.
La cuestión interesante, al menos para alguien que trabaja desde el pensamiento en el diseño, no es únicamente reconocer esos marcos, sino preguntarse hasta qué punto podemos modificarlos, hackearlos. ¿Es posible reeducar una inteligencia artificial? No me refiero a modificar sus algoritmos, eso queda fuera del alcance de la mayoría de nosotros, sino a intervenir sobre el espacio donde se produce la conversación. Es sugerente pensar que dependiendo de las lecturas que le ofrecemos a la IA, sus respuestas pueden variar. El diseño siempre ha consistido en configurar relaciones entre personas, objetos y contextos, quizá ahora también consista en aprender a diseñar relaciones con inteligencias artificiales. Diseñar estrategias para resetear los apriorismos con los que trabaja nuestro asistente en IA. Eso lo haría singular y también sus respuestas.
La idea de reconfigurar nuestra relación con las IA, implica abandonar una idea muy extendida sobre el prompting. Se suele presentar como una habilidad técnica, lo que se llama ingeniería de prompts: es decir, aprender a escribir instrucciones precisas para obtener mejores resultados. Pero quizá un buen prompt no sea una orden especialmente eficaz. Quizás lo que abre nuevos escenarios sea una pregunta suficientemente compleja como para que la respuesta nos obligue a replantear el problema inicial.
Hay una diferencia enorme entre pedir confirmación/solución que busca eficiencia e inmediatez y buscar la fricción con un ente capaz de generar algo cercano al pensamiento. En ese sentido, el valor de una IA no reside tanto en su capacidad para responder como en su capacidad para resistirse a nuestras primeras intuiciones. Cuando eso ocurre deja de comportarse como un buscador sofisticado y empieza a funcionar como un interlocutor.
Hay algo perturbador aunque previsible que Xun sostiene en su libro. Según él, hay dos niveles de acceso a la inteligencia artificial: uno público, seguro, predecible y progresivamente estandarizado; otro reservado, mucho más experimental, donde continúan explorándose posibilidades que apenas llegan al gran público. En realidad, como digo, era previsible: no esperaríamos que gobiernos o empresas multinacionales nos dieran acceso a las mismas herramientas que ellos manejan. No sé si ese escenario terminará consolidándose, pero la hipótesis resulta inquietante. No porque existan herramientas más avanzadas, eso ha ocurrido siempre con cualquier tecnología, sino porque podríamos acabar aceptando una relación extremadamente superficial con la IA. Sería paradójico que una tecnología capaz de ampliar nuestras posibilidades intelectuales terminara utilizándose para reducirlas a un conjunto de respuestas rápidas. Quizá por eso la alfabetización del futuro no consista en aprender a escribir mejores prompts, sino en aprender a sostener conversaciones más complejas. No para obtener antes una solución, sino para retrasarla. De esa forma, la brecha entre la IA accesible y la oculta será menor.
Echo en falta, eso sí, algunas cuestiones que apenas aparecen en el libro. Me sorprende especialmente la ausencia de una reflexión sobre el coste material de toda esta infraestructura. Aunque el autor ya anuncia que no es el objetivo del libro, es difícil ignorar este tema. Hablamos de inteligencia artificial como si existiera en un espacio abstracto, cuando depende de centros de datos, minerales, consumo energético y enormes cantidades de agua. Resulta difícil pensar críticamente sobre la IA sin pensar también en las condiciones materiales que la hacen posible. Toda inteligencia tiene una ecología, incluso cuando parece inmaterial.
Quizá ahí el diseño todavía tenga algo que aportar. Durante décadas nos hemos ocupado de hacer más intuitivas las interfaces hasta volverlas casi invisibles. Sin embargo, sospecho que el verdadero reto consiste ahora en hacer visibles sus límites. Que una conversación con una inteligencia artificial nos permita descubrir no solo lo que sabe, sino también desde dónde piensa, qué presupuestos arrastra y qué silencios mantiene.
Después de leer Pensar con prompts me queda una sensación ambigua. El libro no me ha enseñado a escribir mejores prompts. Me ha obligado a pensar mejor sobre qué espero de una conversación con una máquina. Y eso, en realidad, tiene poco que ver con la inteligencia artificial y mucho con nosotros mismos. Tal vez el futuro no dependa de redactar instrucciones cada vez más sofisticadas sino de conservar la capacidad de formular preguntas que ninguna inteligencia, humana o artificial, pueda responder del todo. Mientras exista esa incomodidad, seguiremos pensando.

