Barcelona, 1925. En el solar de la Sagrada Familia, entre andamios y bloques de piedra sin tallar, hay una construcción pequeña, de planta cuadrada, que nadie confundiría con nada solemne. Dentro duerme un hombre de 73 años, barba blanca, ropa roída, junto a un balcón que deja abierto toda la noche (una prescripción del sacerdote e higienista Kneipp, que él sigue a rajatabla hasta en enero). Alrededor de la cama, maquetas de escayola a tamaño natural, planos enrollados, fragmentos de yeso que todavía no ha decidido si son bóveda o son basura. Antoni Gaudí se instaló en ese edículo-taller, dentro del propio recinto del templo, y no volvió a separarse de la obra ni para dormir. No hay frontera entre su casa y su despacho. Tampoco la hay entre su vida y el proyecto.
A más de uno le sonará familiar esa falta de límites. Lo que resuena menos con el día a día de la empresa es una de las frases que se le atribuyen a Gaudí: «Mi cliente no tiene prisa». Se refería a Dios. El cliente de una empresa, en cambio, es terrenal y rara vez es tan paciente… de ahí que sea tan habitual que sí la tenga. De ahí también la dicotomía de siempre: pensar y diseñar con propósito, para escalar y permanecer, o consumir el día entero en la lista de tareas urgentes, aunque no importantes.
Gaudí murió el 7 de junio de 1926, atropellado por un tranvía cuando caminaba hacia la iglesia de Sant Felip Neri, con solo el diez por ciento de su obra magna construida. Para lo que hoy nos concierne, ese tranvía guarda un paralelismo incómodo con el día en que, en tu empresa, se pospone la sesión estratégica para apagar el (supuesto) último fuego de la semana. Cuando seguimos permitiendo que el día a día siga arrasando con lo que es importante para seguir construyendo. Este mismo 2026, cien años exactos después, el papa León XIV bendijo la Torre de Jesucristo, la pieza que corona la Sagrada Familia y la convierte en el templo más alto de la cristiandad. Quien visita hoy ese edificio reconoce la visión de un hombre que vivió hace ya un siglo.
Lo que las empresas llaman agilidad
La tensión que, con algo de suerte, ha despertado este relato se resuelve, casi invariablemente, invocando el agilismo. Las metodologías ágiles se han convertido en el argumento favorito de quien quiere justificar la velocidad sin reflexión. Pero hay una confusión que conviene deshacer: agilismo y caos no son sinónimos. Son, más bien, lo contrario: la velocidad sin memoria ni reflexión no es agilidad, de hecho, suele coincidir más bien con la volatilidad.
Estamos, quizás, en la resaca de aquella fiebre de los datos que nos sacudió hace unos tres años. Sin embargo, existe una categoría de activos que las organizaciones gestionan fatal de forma casi universal: los intangibles. Las 37 formas distintas que hemos probado para llegar a nuevos clientes hasta dar con la que hoy funciona, todo lo aprendido sobre gestión de equipos en nuestro sector concreto, lo que sabemos de nuestros clientes porque nos lo han dicho. Para los datos cuantitativos ya existe un departamento… los cualitativos, de momento, los seguimos dejando ir cada vez que alguien abandona la empresa.
El agilismo que Gaudí ya practicaba
La documentación resuelve la memoria, pero una catedral no se levanta en dos siglos solo con memoria. Gaudí dejó algo más difícil de archivar: una visión tan nítida que sobrevivió al fuego y a veinte equipos distintos, y la confianza suficiente en sus canteros y aparejadores como para dejarles resolver, cada uno a su manera, el problema concreto de tallar una piedra que él nunca vería colocada. No tenía tiempo ni motivos para dibujar cada sillar… Se centró en dibujar el criterio con el que debía tallarse, y confiaba en que sus artesanos lo aplicarían mejor de lo que él podría hacerlo a distancia (incluso siendo Gaudí).
Una visión muy firme, pero con autonomía y plena confianza, tiempo para la reflexión sobre el pasado y la documentación para el futuro… Esto es lo más parecido a lo que hoy llamamos agilismo. No debería ser contrapuesto a adaptarse a las necesidades del mercado y a cumplir con las demandas de los clientes, con criterio y buena letra, no dejando que el día a día ahogue lo que es realmente importante, deberíamos acometer incluso con mayor rapidez y dejar un camino más limpio para los que vienen después.
Gaudí sabía que no llegaría a construir toda la catedral y nos dejó una cita que no necesita ni una coma para servirnos hoy: «No le es posible a una sola generación de alcanzar todo el Templo, dejemos, pues, una tan vigorosa muestra de nuestro paso de modo que las generaciones que vengan sientan el estímulo de hacer otro tanto; y por otro lado no los atemos para el resto de la obra […]. Hemos hecho una fachada completa del Templo para que su importancia haga imposible dejar de continuar la obra».
Quizá esa sea la lección que Gaudí deja a cualquier organización que empieza a crecer: dejar una forma de decidir importa más que estar presente en cada decisión. Controlar cada piedra o cada entrega es imposible a partir de cierto tamaño. Construir un criterio compartido que permita a otros seguir la obra sin desvirtuarla, no lo es. ¿Seguiría la obra levantándose en la misma dirección el día que tú ya no estés para explicarla?


