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Recuerdo los pasos infantiles de entonces, el miedo a seguir caminos que se alejaran de casa. Recuerdo explorar senderos que apenas eran eran un surco en la tierra blanda y se desdibujaban con una suave lluvia. Caminos que recorrí muchas veces con los pies descalzos creyendo que el mundo cabía en un puñado de pasos. Recuerdo que todo era sencillo entonces. Los horizontes no dolían y el presente era la savia de cada día.
Hoy recorro con confianza los caminos laberínticos que construyeron las dudas, los senderos que bordearon las renuncias, las veredas de sueños que no encontraron el amanecer. A pesar de que son caminos que conducen a veces a encrucijadas de cristal en las que veo mi reflejo enredado en la memoria y la sed de vida, continúo viajando y siento, en ocasiones, que recorro de nuevo un sendero conocido, de aquellos que rodeaban la casa. Lo siento con la claridad de entonces, como si en mi aún latiera mi alma infantil.
Es entonces cuando cierro los ojos para encontrar la compañía que siempre derribó muros, que acertó en las bifurcaciones, que obvio las rutas cortadas. Es entonces cuando me aferró con fuerza a la esperanza y me dejo llevar.
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Tardé varias vidas en despojarme de las máscaras que, en otro tiempo, se cosieron a mi por el miedo. Tardé varias vidas en atreverme a mirarme en el espejo sin el maquillaje que me hizo parecer otra, a ver mi rostro desnudo y frágil que hoy ya no necesita la aprobación de nadie.
Tardé varias vidas en sostener mi voz cuando temblaba, en escribir mi nombre en renglones torcidos, en que mi voz sonara sin pedir permiso, sin pedir perdón. Tardé varias vidas en aprender a sentarme con calma frente a mis dudas, a perdonarme, a no aceptar las cárceles del alma.
Tardé varias vidas en comprender que mi libertad es un silencio que me abraza por dentro, que ya no debo esconder mis cicatrices ni negar el deseo con la crueldad de una mala excusa. Tardé varias vidas en comprender que ser yo no sería un acto de rebeldía sino un regreso, la reconciliación conmigo misma, la conquista de la verdad, de la propia certeza.
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Ahora, desde este lado de la vida, donde el tiempo parece caber en los bolsillos, miro hacia atrás y siento un latido asíncrono que mueve mi pecho.
Ahora recuerdo el niño que fui. Un niño de rodillas erosionadas y ojos grandes, que se extasiaba en la visión de lo cotidiano, que descubría el mundo con la inocencia de quien no sabe que cada una de las palabras, cada una de las frases, se hacen sueños inmortales en los versos de los poemas sueltos serían semilla que habría de florecer en otras vidas. Palabras y frases que fueron cobijo, herida abierta o salvavidas en el naufragio.
Así crecí, entre tinta y grafito, entre sueños en plena vigilia, quedándome cuando debía huir y huyendo cuando debí quedarme. A veces con el corazón hecho jirones, otras con palabras que quedaron tatuadas en mi piel para sostener a otras que habrían de llegar. Busqué redención en el verbo que ocultaba el miedo o impulsaba la vehemencia de mi alma disconforme. Busqué refugio en las palabras no dichas que me despertaron en plena noche, en las voces de sombra que rasgaron el mayor de los silencios, en las palabras que alumbraron la nostalgia en algún amanecer mientras el tiempo se deshacía en mis manos. Siempre fueron las palabras, aún lo son, aún lo siguen siendo.
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Soy porque fui. Porque el temblor de mi carne ajada se enciende cada día en los rescoldos de unas llamas que fueron antes de ser yo. Soy porque fui, porque mi nombre hoy es una hilera de sueños que fueron, porque el presente no es más que el pasado contado con una voz que siempre estuvo, porque las lluvias que ahora caen sobre mi, saben igual que las de entonces. Soy porque fui, porque el tiempo en mi dibuja un circulo que no se cierra y me recuerda que mis “hoys” son la suma de todos los inviernos, de todas las primaveras y veranos que ahora vivo en plenitud en otoño.
Soy porque fui, pero soy hoy y, soy hoy más que nunca. Soy hoy en la compañía calmada del alma que siempre viajó conmigo, con la mano que apreté a pesar de las espinas, con la que me me sentí raíz y fruto, pregunta y respuesta, principio y fin.
Siento que soy porque fui, porque sigo latiendo con fuerza, porque no reniego de mis sombras ni oculto las cicatrices. Ahora se que soy porque fui.
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Hay abrazos que no se entienden si no es con los años. Abrazos fértiles que reviven después de años de travesías del desierto, después de haber quedado huérfanos en alguna estación olvidada, de haber nacido en una mirada que no pudo ser.
Hay abrazos que no entienden de inviernos más allá de los que encienden un presente que quiere ser. Abrazos que no son sólo un gesto. Abrazos que son un regreso, una voluntad de pertenencia. Abrazos que no tocan la piel, que se duermen en las ausencias, que viven en los sueños que nunca encontraron la mañana.
Hay abrazos que no hablan con palabras y, sin embargo, lo dicen todo. Abrazos que hablan de lo perdido, de lo esperado, de lo que aún es posible en medio de un tiempo que que respira entre tu y yo. Abrazos que se abren a la luz de quienes fuimos, de quienes no fuimos, de quienes tal vez podríamos ser.
Hay abrazos que se sostienen más allá de realidad material de dos almas que se han reconocido y habitan más allá de lo que, en algún momento, fue refugio. Abrazos que materializan el encuentro de dos corazones que vuelven a encontrarse, sin promesas, sin prisas, sin tiempo, en plenitud, en libertad.
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Había iniciado la etapa del viaje en el que los senderos se estrecharon, en la que las luces se fueron haciendo más tenues, llegando alguna de ellas a apagarse por del silencio y la ausencia.
Algunos de los que iniciaron el camino conmigo hace tiempo que comenzaron a desvanecerse. Se marcharon de improviso, sin previo aviso, sin hacer ruido, dejando tras de sí un vacío que envolvió la memoria. Un vacío que hoy sigo sintiendo con fuerza en cada sonrisa que no compartimos.
Muchas veces intento, sin demasiado éxito, recordar sus caras. Las busco en aquella infancia que se aleja cada vez más de mí pero que nunca se vacía. Recuerdos que ahora son espejos en los que busco sus almas ausentes que siguen viviendo en mí, en la huella imborrable que dejaron en mi vida.
Cada despedida fue un desgarro y, a la vez, la confirmación de la solidez del vínculo que se transformó en memoria. Ese es su legado.
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Vivió creyendo que amarse era no amar más allá de su piel, que se amaba sólo cuando sobraba, que cuidarse era no ceder, que escuchar era esperar de nuevo mi turno, que el mundo era un espejo en el que solo importaba el reflejo propio. Vivió midiendo lo que daba.
Fue cerrando puertas hasta crear un refugio sin entradas en medio de un universo sin paisajes, en el que habitó irremediablemente entre la soledad y el silencio. Porque el egoísmo no es jamás fortaleza sino el miedo que se viste de orgullo, la huida, la orfandad elegida.
Erró. Fue isla cuando debió ser puente, garra cuando pudo acariciar, yo al tener que ser nosotros, raíz ciega que no fija. Y quiso volver cuando era tarde, cuando no había otros a los que abrazar, cuando no había nadie a quien proteger, cuando nadie esperaba ser amado.
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Existe una gramática que solo puede ser conjugada cuando los ojos se cierran. Una lengua que se habla con la piel y no con palabras, que no obedece a reglas ni a cánones, que no tiene una sintaxis aparente a la que someterse.
Una gramática que no admite el modo imperativo, en la que sólo es posible el presente continuo, a veces vestido de pasado. Una gramática en la que los pronombres se entrelazan y el tú y el yo se hacen, en ocasiones soledad y otras nosotros. Una gramática en la que importan los silencios que nacen sin permiso y más tarde se curvan y se desvanecen haciendo que lo irreal sea lo vivido, lo posible.
Esa es la razón por la que los sueños se hacen la lengua de lo intimo, la carta de navegación vital, la brújula de la inocencia inconsciente. Una lengua que no se enseña, que se despierta, que sólo tiene sentido donde la lógica no existe, donde habitan quienes caminan con el alma abierta.
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Le entregó todo, sin límites ni condiciones, sin tributos ni diezmos, sin pedir nada a cambio. Le ofreció quien era como quien abre la casa de par en par, como quien confía en que será refugio y abrazo, sueño y horizonte. Se entregó lleno de vida para compartir, con la inocencia de quien aún no ha sido herido de gravedad.
Pero confundió atención con ternura, deseo con amor, presencia con compromiso. Era evidente que solo se amaba a sí mismo, que él se había transformado en su reflejo más brillante, con un brillo que enmascaraba su vacío. No supo cuidar a quien le cuidaba, ni quiso mirar más allá de sus propias luces.
Se fue, sin explicaciones, sólo se fue. Dejando tras de si el desorden que, tal vez, nunca quiso ordenar. Dejando un hueco donde sólo tenía sentido el dolor punzante de la ausencia y, en su huida, también dejo la verdad. La verdad de un amor que nunca fue, la verdad de sentir otra cosa que no fuera su propio latido.
Dejó heridos que, ahora caminan despacio, con heridas que van cicatrizando lentamente, que acarician un alma que sólo quiere paz, que no busca redención sino calma.
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