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Cómo la tecnología nos dejó sin saber a quién demandar

La inteligencia artificial ha conseguido lo impensable: que los abogados admitan que no tienen ni idea de qué está pasando. Y eso, amigo, es todo un logro. Porque nos enfrentamos a la pregunta del billón (sí, con b): ¿quién es el autor de una obra creada por IA?  

Spoiler: nadie lo sabe, pero todos quieren cobrar. Imagine esta escena: está usted en una galería, admirando una pintura espectacular de un atardecer cyberpunk con gatos samurái. ¿Quién es el artista?, pregunta, en pleno ataque de síndrome de Stendhal. Bueno, responde el galerista azorado, técnicamente fue Midjourney v5.2, pero el prompt lo escribió Carlos, ese de ahí, con las gafas de esquiador de color lila. ¡Ah! Y usó datos de entrenamiento de cinco millones de artistas que nunca dieron su permiso, programado por un equipo de ingenieros de San Francisco que ahora están jugando a ping-pong. Ah, pues nada. Clarísimo. Más que unas instrucciones de IKEA traducidas del sueco por Google Translate. 

El macaco que lo empezó todo 

Para entender el desbarajuste, hay que remontarse al famoso caso de la selfie del macaco. Sí, hermano, lo ha leído usted bien: resulta que, en 2011, un mono en Indonesia agarró una cámara y se tomó unas fotos buenísimas. Mejores que las de Kim Kardashian, oiga. ¿El resultado? Una batalla legal de años para determinar si Naruto (así se llamaba el macaco, porque el asunto no era lo bastante ridículo) podía ser titular de derechos de autor. 

Veredicto tras dos años de batalla judicial: No, el mono no puede ser autor porque no es humano. Pues vale. Ahora apliquemos esa lógica a la IA. ChatGPT no puede ser autor porque… bueno, porque es básicamente un loro estadístico muy sofisticado que regurgita patrones. Pero ojo, un loro MUY sofisticado. Con más parámetros que neuronas tiene el loro promedio. Aunque, pensándolo bien, eso no dice mucho. 

Entonces… ¿Quién se queda con la pasta? 

Candidato 1: el usuario. Yo soy el autor, dice Ramón, que escribió dibújame un dragón épico luchando contra un aguacate gigante en estilo renacentista a las 3 de la mañana después de cuatro cervezas. Y tiene un punto. Dedicó SEGUNDOS de su valioso tiempo a formular esa petición. Segundos que nunca recuperará. Pero esperen. Si escribir un prompt te convierte en autor, entonces pedirle a tu amigo fotógrafo: hazme una foto bonita te convertiría en coautor de su trabajo. Y eso, amigo, es lo que en términos técnicos se conoce como: ¡Anda ya! Pero, —sígame el rollo, ¿quiere?— vayamos más allá. Y si en lugar de un prompt de diez segundos Ramón escribió uno de 500 palabras, con referencias artísticas específicas, parámetros de iluminación, composición detallada y la posición exacta de cada pelo del gato protagonista. Ese tipo se lo habría currado más que yo escribiendo este artículo. ¿No se merecería algo de crédito? ¿Lo ve? Ya le he dicho que la cosa tiene miga. Pero sigamos. 

Candidato 2: los programadores. Las empresas de IA argumentan: Nosotros hicimos la herramienta, así que todo lo que produce es nuestro. Una lógica interesante. Siguiéndola, Microsoft sería coautora de todas las novelas escritas en Word, Adobe tendría derechos sobre cada meme hecho en Photoshop, y el tipo que inventó el lápiz sería el verdadero autor del Quijote. Cervantes, discúlpate con el señor Lápiz ahora mismo. 

Candidato 3: los artistas originales. Esta es la mejor: la IA aprende de millones de obras existentes. Básicamente, se pasó años mirando arte en internet como todos nosotros cuando procrastinamos, solo que lo llaman entrenamiento y suena más profesional. Los artistas originales están comprensiblemente enfadados. ¡La IA me ha copiado!, gritan. Y con razón. Aunque, técnicamente, la IA no copia, solo aprende patrones. Sería la diferencia entre robar una bici y aprender el concepto «bicicleta» viendo mil bicis robadas. Matiz importante para los abogados, irrelevante para los artistas sin trabajo. 

Candidato 4: nadie. La propuesta más sensata y, por tanto, la menos popular: si la IA lo hizo sola, la obra no tiene autor. Dominio público. Gratis para todos. Pero ¿dónde quedaríamos si empezáramos a tomar decisiones sensatas? Este es el reino de las regalías, señores, donde todavía protegemos canciones de hace un siglo porque Cumpleaños Feliz era demasiado valiosa para la humanidad como para liberarla (hasta que lo hicieron en 2016, para alborozo de todos los restaurantes del mundo). Los juristas, tan sabios, proponen el criterio de «contribución humana sustancial». Básicamente: ¿Cuánto humano hay en esto? 

Buen intento. Lástima que nadie sepa dónde está la línea. ¿Basta con escribir el prompt? ¿Hay que hacer 50 iteraciones? ¿Cuenta si luego se retoca la imagen con Photoshop? ¿Y si solo se cambia el color de fondo? ¿Si parpadea tres veces mientras la IA trabaja, cuenta como supervisión creativa? Felicidades, acabamos de reinventar la paradoja de Sorites, pero con derechos de autor. 

¿Y si vamos a lo práctico? 

Mientras los abogados debaten, el mundo sigue girando. La gente usa IA para crear logos, escribir artículos (ejem), componer música de ascensor y generar imágenes para sus presentaciones de PowerPoint sobre sinergias corporativas. 

¿El resultado? Un limbo legal glorioso donde: nadie sabe si puede usar comercialmente lo que genera; las empresas incluyen cláusulas de «no nos demanden si esto sale mal»; los creativos profesionales tienen crisis existenciales y los abogados se frotan sus manos pensando en las facturas futuras 

Algunos han propuesto ideas tan brillantes como la de la «regalía algorítmica»: Cada vez que una IA genera algo, automáticamente se paga un céntimo a todos los artistas cuyas obras se usaron en el entrenamiento. Resultado: todos recibimos 0,0000001 euros al año, pero nos sentimos incluidos. 

También está el «certificado de sudor digital»: solo puede reclamar derechos si demuestra que sufrió usted emocionalmente durante el proceso creativo. Señoría, tuve que reescribir el prompt TRES veces. ¿Sabe lo traumático que es eso? 

Mi favorita, sin embargo, es la del sorteo aleatorio: Una vez al mes se sortea la autoría de todas las obras generadas por IA entre todos los usuarios de internet. Absurda, vale. Pero… ¿más que el sistema actual? 

Ahora, viejo, imagine el año 2030. El 95% del contenido de internet lo genera la IA. Nadie es autor de nada, pero todos reclaman regalías por todo. Los abogados representan a algoritmos en juicios contra otros algoritmos. Las IA desarrollan sus propios bufetes de abogados IA para defenderse mejor. Hasta que una IA gana un caso de derechos de autor contra un humano. Ese día, colega, habremos tocado fondo. 

Conclusión (escrita por un humano, lo más seguro) 

La verdad es que estamos intentando aplicar leyes del siglo XIX a tecnología del siglo XXI, y funciona tan bien como usar un disquete en un iPhone. El concepto mismo de autor está en crisis, y con razón. 

Igual la solución es aceptar que la IA es una herramienta colaborativa tan revolucionaria que requiere un marco legal completamente nuevo. O quizás debemos dejar de preocuparnos tanto y simplemente disfrutar de los gatos samurái cyberpunk que nunca podríamos haber dibujado solos. 

Mientras tanto, si alguien pregunta quién escribió este artículo, la respuesta honesta es: yo, pero consulté ideas con IA, usé un ordenador programado por miles de personas, escribo en español evolucionado durante siglos, y mis pensamientos están influenciados por todo lo que he leído en mi vida. Así que técnicamente, somos coautores todos. Excepto el pobre Naruto, claro. Ese sigue sin ver un pavo. 

🪧 Aviso: los artículos de Opinión reflejan las perspectivas de sus autores. SafeCreative no se identifica necesariamente con los puntos de vista expresados en ellos.
Jordi Solé
Jordi Solé
Es licenciado en Ciencias de la Información. Tras dos décadas ejerciendo como periodista en diversos medios decidió pasarse al mundo de la ficción. Desde entonces, es autor de más de una docena de novelas de distintos géneros habiendo ganado los premios Néstor Luján de novela histórica y Prudenci Bertrana, ambos en catalán.

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