¡Vaya chapuza!
Alicia Bermúdez Merino
Madrid - Spain
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– ¿Chapuza?

Porque me he armado de valor y le he enseñado, por fin, y un poco más optimista gracias a los ánimos que el señor Ramírez me ha infundido, mis pequeños progresos.

– ¡Pero si es la verdad!

Y nos enzarzamos en una discusión tal vez acalorada planteándonos qué es la verdad; cuánto o a quién importa la verdad; cuáles son los valores estratégicos o artísticos de la verdad; hasta dónde se puede llegar esgrimiendo tales o cuales verdades…

No logramos llegar a un acuerdo y nos disponemos a separamos, un poco cabizbajos.

Ya hemos terminado el último sorbo de las consumiciones y estamos recogiendo las pocas cosas que hemos puesto hoy sobre la mesa.

Él dice entonces “¡Joder, no tengas tanta prisa! Anda, tómate otra”.

Y bebemos en silencio sin que suceda nada, sin que ninguno de los dos encontremos la palabra mágica que logre romper el hielo hasta que, transcurridas un par de horas , se acerca la camarera y me dice que lo siente, pero que es hora de cerrar.

Yo lo lamento; no que sea hora de cerrar ― porque la verdad es que me duele bastante la cabeza y entiendo que me vendrá bien irme a casa y, atendiendo a los consejos de mi madre, tomarme una aspirina y meterme en la cama ― sino porque, estratégicamente, o artísticamente, me habría venido mejor que dijera cualquier otra cosa que me diese pie a entablar conversación, más cuando el local había estado toda la tarde prácticamente vacío , y preguntarle “¿a usted que le parece?”.

Ella, entonces y a muy poquita buena voluntad que le echase, habría podido aportar su punto de vista y darme su opinión sobre si me haría más juego que la chapuza fuese el cielo y el infierno ― que no estaría siendo ningún disparate porque, eso era cierto, me había salido algo torcido ― o el hecho, intrascendente tal vez, de sacar a relucir la edad del chico, tan espabilado pero y qué, o la circunstancia obviable en un principio de que el abuelo fuese mudo o yo fuera huérfano.

Luego, ya en la calle, me vino a la cabeza que en lo concerniente al tema de la verdad y tantas consideraciones en torno a ella como pudieran hacerse no habíamos entrado; y estuve por regresar.

Pero no regresé.

Y aquí vuelve a asaltarme la duda porque no sé si lo hice ― o no lo hice, o si sería más adecuado desistí ― porque ella había echado ya el cierre, o porque era una mujer francamente antipática, o porque ya tenía yo bastante emborronados los papeles y bastante ensombrecido el ánimo a causa de la mudez — tan irreflexiva e innecesaria y que tan culpable me hacía sentir — del pobre señor Ramírez como para seguir enredando.

Continuará…

(Escribí)

… “y que sea lo que Dios quiera”.

Me dije, resignado a mi triste suerte.

Pero ya fuese porque Dios no tuviera a bien intervenir o porque se desencadenara una guerra o una tormenta, o porque sufriera yo uno de...

----

por entonces pensé que lo hacía nada más por asustarme y como en broma ― la de papeles que tiene que emborronar un escritor que medio se precie”.

Pero tuvo que esperar cuatro meses porque, cuando volvió — le contó a su amigo —, una chica que había muy mona pero tan nueva que le temblaban mucho las bandejas y le dio cortedad involucrarla en tanto lío como él se traía, le dijo que la suya, su camarera de siempre, había tenido un niño y estaba de baja por maternidad. Circunstancia, por cierto, que le vino lo suficientemente mal como para que su ánimo, ya bastante ensombrecido etcétera ― del que su amigo, quizá porque leyera por encima o deprisa, podía caber la posibilidad de que no se hubiera percatado pero también la de que le importase un rábano ―, se oscureciese más (si cabía) y pudiera, así, ser una posibilidad más entre las posibilidades a tener en cuenta para entregarse no tenía él ni medio claro todavía si a una tragedia o a un sainete.

Firmado: Nosotras, las palabras

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Code: 2308135056120
Date: Aug 13 2023 16:18 UTC
Author: Sergio Escalante
License: All rights reserved

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About the creator

Escritora, porque la escritura es lo que profeso. Pero, no siendo la escritura mi fuente de ingresos, no me atrevería a denominarla mi profesión. No creo, por otra parte, que estuviera dispuesta a avenirme a complacer a nadie, lector o editor. Ni a comprometerme a cumplir los plazos de entrega a que deben ceñirse tantos de los que publican. Literatura por encargo, como si el escritor fuera un sastre o un fabricante de electrodomésticos. Me espanta el sólo pensarlo. No tengo formación académica.

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