Nota marginal
Alicia Bermúdez Merino
Madrid - Spain
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About the work

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– ¿Qué tía? — pregunté, sin apartar la vista de los folios.

– Tu tía, la de los gemelos.

– ¿Gemelos mi tía? — Y con la cabeza en mis preocupaciones —: Mi tía nunca tuvo hijos.

‒De oro.

‒Menos.

– Bueno, pues colombofobia.

– Ah, sí, mi tía… Pero es cobalfobia.

– ¡No jodas!

– ¿Vamos a volver de nuevo a esa bobada?

– No, pero, pensé que…

– Que podía ser divertido, lo recuerdo muy bien – contesté — pero yo te expliqué que para el asunto que nos ocupaba no lo veía y tú, que también lo recuerdo, me dijiste que no importaba, que si no encontraba una solución que me gustase rompiera los folios…

– ¿Y los rompiste?

– No. Claro que no los rompí; en alguna parte los tendré, imagino, a menos que estuviesen, que tampoco me animo a creerlo, entre los papeles que quemó el chico…

– ¿El nieto?

– El mayor, sí. Pero ¿qué importa ahora eso?

– Bueno — él encogiéndose de hombros, aunque su tono me sonó algo sarcástico —, si a ti, que eres, digamos en términos coloquiales “el padre de la criatura” no te importa, ya me contarás cómo salir de todo ese lío.

– De los líos antes o después se sale — repliqué. Y apartando la vista de los folios para mirarlo a él —: Lo que me trae de cabeza es que no sé cómo hemos llegado a esta situación…

– Tu ti…

– Mi tía se marchaba de viaje; sí. Pero eso no tiene nada que ver.

– Tú tienes — y carraspeó — una forma de razonar un tanto curiosa, ¿no crees?; primero dices que de los líos se sale y luego te angustias por cómo hemos llegado a — tomó el manojo de folios con su mano izquierda y con el índice de la derecha dio un par de golpecitos, pensativo — este laberinto.

Y depositó los folios sobre la carpeta abierta, y él mismo la cerró, y me la puso en las manos con una palmadita afectuosa en el hombro, y dijo “anda, vámonos, que te espera Indalecio”, y nos despedimos y tomamos cada cual nuestro camino, él, imaginé, tan campante y desentendido de problemas porque, ahora, tonto de mí el escritor era yo; y si el escritor era yo a mí me correspondía el desenmarañar la trama de una historia que ya me podían ir aspando si tenía la más remota idea de dónde, ni cuándo, ni por qué había empezado ni, a juzgar por las inquietantes deducciones a que conducían los indicios que Lola me mostrase aquella mañana en la pantalla de su móvil , quién la había empezado ni con qué Maquiavélica intención.

Encendí un cigarrillo y pensando en unas posibles conexiones que se me antojaban imposibles todas (contradicción, a su vez, que sería mejor sustituir por improbables o insostenibles) anduve hasta el metro donde, al ir a echar mano del abono transporte ya en el vestíbulo, me percate de que me había cambiado de americana y lo tenía en la otra. Contemplé entonces la posibilidad de tomar un taxi, pero, de esas veces que las cosas se lían, tampoco llevaba dinero — y absorto como andaba no se me ocurrió sacar dinero de un cajero o decirle al hombre al llegar que me esperase —; así que como la noche estaba agradable opté por ir paseando, tranquilamente, saboreando la quietud y el silencio de los que no es posible disfrutar en estos tiempos tan agitados durante el día.

Pero la tranquilidad duró poco — o mucho, si se tiene en cuenta que la distancia que me separaba de casa era grande, y que pudieron pasar por tanto un par de horas — porque, cuando andaba ya cerca, escuché muy próxima la sirena de un coche de bomberos que, cuando dejó de sonar, me dejó oír mucho barullo, como si muchas personas hablasen alteradas al mismo tiempo.

No le di importancia pensando que se trataría de uno de tantos sucesos como tienen lugar por las noches en una gran ciudad, pero, para mi sorpresa, los bomberos y toda la escandalera estaba delante justo de mi portal y, los vecinos, señalaban con sus índices hacia lo alto sin dejar de vociferar.

Miré hacia arriba pero no se veían llamas ni a nadie que quisiera tirarse desde ninguna ventana; y luego hacia abajo y a nadie en la acera que se hubiese tirado. Pregunté entonces a uno de los bomberos “qué pasa” pero fue una de las vecinas que conozco de vista (porque la ventana de su digamos gabinete queda frente a la de mi cuarto de estar), una señora de mediana edad cuyo aspecto hubiera mi tía Luisa con su proverbial elegancia calificado de “alarmante”, la que se apresuró a responder encarándoseme y bramando que “es que, oiga, cuando he llamado...

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Code: 2402046842275
Date: Feb 4 2024 16:45 UTC
Author: Felipe Ledesma
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Escritora, porque la escritura es lo que profeso. Pero, no siendo la escritura mi fuente de ingresos, no me atrevería a denominarla mi profesión. No creo, por otra parte, que estuviera dispuesta a avenirme a complacer a nadie, lector o editor. Ni a comprometerme a cumplir los plazos de entrega a que deben ceñirse tantos de los que publican. Literatura por encargo, como si el escritor fuera un sastre o un fabricante de electrodomésticos. Me espanta el sólo pensarlo. No tengo formación académica.

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