Eran poco más de las nueve y media
Alicia Bermúdez Merino
Madrid - Spain
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cuando me percaté de que la una o dos quincenas que todo lo más darían de sí los ocho días de vacaciones de Gutiérrez debían de haber expirado aquella misma mañana sin que yo — tan absorto en el libro de instrucciones de la cámara fotográfica que me acababa de comprar por si lo de escribir no prosperaba — anduviese atento a sobresaltarme al oír su voz y, apartando la vista de mis papeles para mirar al hombre que tras un par de golpecitos a la puerta había hecho acto de presencia en mi despacho, sorprenderme de que ni su complexión ni su estatura ni su incipiente calvicie fueran las de Ramírez exhibiendo la amplia sonrisa con que me dio los buenos días informándome, de paso y al cabo de un dubitativo carraspeo, de que estaba encantado de estar de regreso y no, que lo entendiera, “entiéndame”, dijo, porque no se hubiera divertido muchísimo cazando y pescando y montando a caballo y haciendo motocross y hasta un poquito de esquí acuático, sino porque había pasado todo el tiempo intranquilo, preocupado por si su suplente, “un buen hombre, por otra parte, que líbreme Dios de decir nada de él que pueda desprestigiarle; que ya lo conozco yo de suplencias anteriores y es enormemente eficiente, pero que con tantos problemas familiares anda siempre un poco cabizbajo, distraído, y cabe — de ahí mi preocupación — la posibilidad de que, aun siendo un jardinero sumamente experto, ¡ no quiera usted imaginar cómo domina la técnica del ikebana!, haya, en algún momento, equivocado los expedientes y traídole, pues, qué le diría yo que, le ruego me perdone pero debo de estar desentrenado aunque no quiero que usted se preocupe porque me pondré al día en cuanto se me pase el jet lag, lo siento muchísimo pero no se me ocurre nada” sin que yo, que ya digo que desapercibido como me pilló no me tomé la molestia de sobresaltarme, atendiese, como hubiese sido lo justo y razonable, a mostrarme sorprendido y, en consecuencia y por efecto de la propia sorpresa, no pararme, atribulado y confuso, a considerar cuál pudiera ser la actitud de mi amigo ante…

– Ante, ante, ante… ¿Ante qué, Gutiérrez?; Gutiérrez por favor céntrese, espabílese y ayúdeme, que no sé cuál pudiera se la actitud de mi amigo ni ante qué. Y esta cámara no voy a aprender nunca a manejarla.

– Por mucho que me centre y me espabile, don Felipe, y aunque se me pase, que se me pasará, el jet lag, no podría ayudarle porque lo mío es el bricolaje y de fotografía, pues… Pero tengo un amigo que es un experto fotógrafo.

Y que me lo presentará y viendo que tal le cae a mi amigo podremos barajar una serie de ideas acerca de cuál pueda ser su actitud en función de qué impresión le cause.

– Y quedarnos — añade — con la mejor de todas.

– ¿De las ideas o de las impresiones?

– De las ideas, claro — me contesta —; dese cuenta, don Felipe, que a lo mejor la actitud y la impresión nos vienen bien que sean malísimas.

Versaciones

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Code: 2401266766439
Date: Jan 26 2024 10:43 UTC
Author: Sergio Escalante
License: All rights reserved

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About the creator

Escritora, porque la escritura es lo que profeso. Pero, no siendo la escritura mi fuente de ingresos, no me atrevería a denominarla mi profesión. No creo, por otra parte, que estuviera dispuesta a avenirme a complacer a nadie, lector o editor. Ni a comprometerme a cumplir los plazos de entrega a que deben ceñirse tantos de los que publican. Literatura por encargo, como si el escritor fuera un sastre o un fabricante de electrodomésticos. Me espanta el sólo pensarlo. No tengo formación académica.

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