El bodegón de las perdices
Alicia Bermúdez Merino
Madrid - Spain
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Lo habíamos intentado todo, desde retirarlo hasta sustituirlo hasta, pasando por darle la vuelta y ponerlo de cara a la pared, llegar a plantearnos muy seriamente el taparlo; pero fueron, todas estas y otras muchas de las que se le fueron ocurriendo a los miembros más aguerridos de las sucesivas generaciones, soluciones cuya impracticabilidad había empezado a tomar cuerpo como posibilidad muy en embrión, a largo plazo, de forma un tanto casual un día de invierno en que se habían reunido felizmente... «o no tan felizmente si vamos a ser sinceros» ¬¬— y la tía Kalyca sonrió con un encogimiento de hombros como diciendo «pero qué se va a hacer» — aunque sí satisfechos todos de la buena gestión que cada cual, por cierto, dijo, se atribuía — y mamá barrió con una mirada circular el salón levantando un poquito las cejas, movió levemente la cabeza a ambos lados y, tras exhalar un breve suspiro, musito «eso pasa con frecuencia» y que qué iba nadie a contarle a ella —, llevada a cabo para conseguir, a base de un verdadero derroche de diplomacia y mano izquierda, que unos y otros se aviniesen a soslayar sus respectivas dificultades anulando o posponiendo compromisos y citas consignados en las respectivas agendas.

Era un ritual, contó, que se celebraba desde muy antiguo y todos los asistentes se mostraban de acuerdo en que estaba bien «es agradable después de todo — repetía la tía Noemí sistemáticamente, sin omitir jamás su sonrisita bobalicona ni modificar una sola palabra de una vez para otra — esto de verse, aunque sea de tarde en tarde, y comentar, cambiar impresiones y, si sobra tiempo, charlar un poquito de esto y de lo otro»; era muy grato, sí, estar juntos, corroborándolo cada cual con sus propios tópicos acuñados desde tiempo inmemorial.

Sobró tiempo, dijo, sin embargo; sobró tiempo y todo el mundo lo achacó a que al faltar don Gabriel — fallecido meses atrás en circunstancias que dijo doña Abigaíl no iban al caso encareciendo, eso sí, cuánto había que celebrar lo muy poquito que había sufrido porque no le dio tiempo a enterarse de nada y añadiendo, tras suspirar muy profundamente y llevarse a los ojos la servilletita de té «¿quién tuviera una muerte tan dulce?», y que Dios lo tuviese en su gloria tan hablador y tan dicharachero y tan simpático — las frases que no pudo decir diseminaron, por aquí y por allá, un sinfín de retazos de silencios que, agrupados, arrojaron un saldo de vacío tan molesto para todos que, «como había que rellenarlo — recordó la tía Kalyca — fuera como fuera», acabó por conducir a que, alguien, terminara sacando a colación a Dorotea..

— ¡Oh, de Dorotea no me hable! —que había rechazado de plano, dijo, un tal Sansón Restrepo que explicó —: tenía la abominable costumbre de evocar... si es que venía al caso, aunque aun no viniendo también la evocaba, tal era la incomprensible admiración que al parecer sentía por ella, a una tal Yumma que, se decía, relató una vez no sé qué historia... ¡nada interesante, estoy seguro!, cuyo mayor atractivo, ¡imagínense!, era que empezaba por los pies.

–Pero, si eran unos pies bonitos...

–No bromee. El asunto es del todo ridículo —Restrepo, con mucha sequedad —; más cuando lo que estoy pretendiendo poner de relieve es, precisamente, lo muy deseable que en todos los órdenes de la vida es la coherencia.

–Ah, pues no sé — otro, a quien la tía recordaba «de manera un tanto difusa en lo que se refiere a su fisonomía, no vulgar pero sí corriente; sí os puedo asegurar sin embargo que se trataba de un hombre afable aunque menos ingenioso, no tan dado a la broma como el que hiciera el juego de palabras», sacando ella, sin darse cuenta, con las suyas, a la tía Drusila de una especie de sopor para considerar, como para sí con voz gangosa aún somnolienta, si no estaría «mejor dicho, digo yo, “no tan dado al juego de palabras como el que hiciera la broma”»; aunque la otra, oyérala o no la oyese, siguió con lo suyo y —: pero, por las noticias que yo tengo, era la tal Yumma una mujer sensata.

– ¿Sensata? — «un tercero», así de escuetamente y sin precisarnos si hombre si mujer joven o viejo ni aportar la tía peculiaridad alguna, que dijo no disponer de más elemento de juicio que lo que indirectamente le había llegado de ella pero —: Parece que alimentaba en su cerebro... ¡enfermo!, me atrevería a asegurarles, no sé qué proyecto estrafalario de mostrar al mundo cierta suerte... malhadada, por cierto, y que me perdone Sansón — que al ir sin “don” nos hizo pensar, o a mí por lo menos me lo hizo, que, por afinidad en sus ideas, quizás, un poco de amistad tenían... aunque también pudo ser que ella, más atenta al fondo que a la forma, lo omitiese — por esta vez el juego de palabras, de teoría absolutamente grotesca consistente en...

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Date: Jan 1 2024 22:08 UTC
Author: La del tercero
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Escritora, porque la escritura es lo que profeso. Pero, no siendo la escritura mi fuente de ingresos, no me atrevería a denominarla mi profesión. No creo, por otra parte, que estuviera dispuesta a avenirme a complacer a nadie, lector o editor. Ni a comprometerme a cumplir los plazos de entrega a que deben ceñirse tantos de los que publican. Literatura por encargo, como si el escritor fuera un sastre o un fabricante de electrodomésticos. Me espanta el sólo pensarlo. No tengo formación académica.

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