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Capítulo 18 – La Despedida Final
(Donde el amor se despide… pero no muere)
El amanecer comenzaba a desplegarse sobre Lisboa con una suavidad que parecía
casi piadosa. La luz dorada acariciaba los tejados antiguos como dedos de un pintor
paciente, deteniéndose en las tejas rojizas que brillaban con destellos húmedos tras la
llovizna nocturna. Las fachadas desgastadas por el tiempo lucían grietas que no
restaban belleza, sino que contaban historias, y el murmullo constante del Tajo
ascendía hasta el mirador como un susurro ancestral.
Una brisa fresca traía consigo el aroma salino del mar mezclado con el perfume tenue
de los naranjos en flor. Más allá, se oía el lejano graznido de las gaviotas y el eco de
pasos aislados en calles empedradas que aún dormían. Lisboa, en ese instante,
parecía suspendida entre dos mundos: el real y el soñado.
Giselle estaba allí, de pie, envuelta en un vestido de lino marfil que ondulaba
suavemente alrededor de sus piernas, como si el viento quisiera memorizar su forma.
Sus manos descansaban sobre la baranda fría de piedra, sintiendo la rugosidad de
siglos de historia. El corazón le latía con una mezcla de expectación y dolor, porque
sabía lo que estaba por ocurrir.
Y entonces lo vio.
Frente a ella, emergiendo de entre las sombras, estaba él. No era el hombre que
conocía en esta vida, pero tampoco le era ajeno. Su rostro tenía otra forma, otros
ángulos, otra época… y sin embargo, sus ojos… oh, sus ojos. Esa intensidad, esa
profundidad insondable que la había encontrado a través de siglos y cuerpos, era
inconfundible.
—Sabes que no puedo quedarme —murmuró él, con la voz quebrada, como quien
confiesa un pecado que no desea.
Giselle sintió un nudo formarse en la garganta.
—Y yo sé que no puedo detenerte… —respondió, luchando por mantener la voz firme—
. Pero prométeme que esta no será la última vez.
Él avanzó un paso. Su silueta se recortó contra la luz naciente, y por un momento, el
tiempo pareció dilatarse. Sacó de su bolsillo un pequeño colgante antiguo, con forma
de media luna y un diminuto zafiro azul incrustado en el centro. El metal estaba frío,
pero en sus manos parecía arder.
Lo colocó con suavidad en las palmas de Giselle, cerrando sus dedos alrededor de él
como quien protege un tesoro.
—Este será nuestro puente —susurró—. Cuando lo tengas, me tendrás a mí.
El silencio que siguió fue tan denso que podían escuchar sus propios latidos,
acompasados como un mismo corazón. La luz del amanecer bañaba sus rostros, y en
ese resplandor, ella sintió que el universo entero los estaba observando, grabando
aquella imagen en un lugar sagrado donde el tiempo no tenía dominio.
Entonces, un parpadeo de luz azul brotó del zafiro… y algo dentro de ella se quebró. La
brisa, el olor del mar y el calor de sus manos se disolvieron… y la arrastraron hacia otro
lugar.
Flashback
La luz cambió. Ya no era Lisboa.
Estaba en un mercado de piedra, bajo el sol abrasador de Alejandría, en el año 48 a.C.
La multitud se movía como un río de colores: túnicas blancas, rojas y ocres; aromas de
especias, aceite de oliva y jazmín flotaban en el aire.
Giselle —o la mujer que había sido entonces— caminaba entre los puestos, llevando
en el cuello ese mismo colgante de media luna. Él estaba a su lado, vestido con túnica
de lino y un cinturón de cuero oscuro. Sus manos se rozaban apenas, ocultando su
cercanía a ojos curiosos.
—No debes confiar en nadie —le dijo él en aquel idioma antiguo que, sin embargo,
comprendía a la perfección—. Si me descubren contigo, ambos estaremos perdidos.
Ella asintió, sintiendo un latido inquieto en el pecho.
—Prefiero el peligro a la vida sin ti.
Él sonrió apenas, con esa mezcla de ternura y tristeza que la atravesaba incluso siglos
después.
Antes de separarse entre la multitud, tomó el colgante, lo besó y volvió a colocarlo en
su cuello.
—Si alguna vez lo pierdes… búscame donde nazca la primera estrella.
La escena se desvaneció con el eco de las campanas de un templo cercano, y la
arrastró de nuevo a Lisboa.
Giselle parpadeó, aturdida. El mirador, el amanecer, él… estaban otra vez frente a ella.
No entendía cómo, pero el colgante había sido su vínculo en más de una vida.
La punzada familiar en el pecho regresó con más fuerza. El cielo empezó a
descomponerse en destellos, y antes de que pudiera llamarlo por su nombre, todo se
desvaneció.
Abrió los ojos en su habitación, el colgante frío aún en su palma. La luz tímida de la
madrugada se filtraba por la ventana, y un eco persistente recorría su mente: “Cuando
lo tengas, me tendrás a mí”.
Se quedó sentada en el borde de la cama, acariciando el colgante una y otra vez. El
tacto del metal le devolvía fragmentos del calor de sus manos, como si aún estuviera
allí. La visión había sido tan vívida que podía sentir en los labios el temblor de palabras
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Title Capítulo 18 – La Despedida Final (Donde el amor se despide… pero no muere) Autora Marta Digat
Capítulo 18 – La Despedida Final
(Donde el amor se despide… pero no muere)
El amanecer comenzaba a desplegarse sobre Lisboa con una suavidad que parecía
casi piadosa. La luz dorada acariciaba los tejados antiguos como dedos de un pintor
paciente, deteniéndose en las tejas rojizas que brillaban con destellos húmedos tras la
llovizna nocturna. Las fachadas desgastadas por el tiempo lucían grietas que no
restaban belleza, sino que contaban historias, y el murmullo constante del Tajo
ascendía hasta el mirador como un susurro ancestral.
Una brisa fresca traía consigo el aroma salino del mar mezclado con el perfume tenue
de los naranjos en flor. Más allá, se oía el lejano graznido de las gaviotas y el eco de
pasos aislados en calles empedradas que aún dormían. Lisboa, en ese instante,
parecía suspendida entre dos mundos: el real y el soñado.
Giselle estaba allí, de pie, envuelta en un vestido de lino marfil que ondulaba
suavemente alrededor de sus piernas, como si el viento quisiera memorizar su forma.
Sus manos descansaban sobre la baranda fría de piedra, sintiendo la rugosidad de
siglos de historia. El corazón le latía con una mezcla de expectación y dolor, porque
sabía lo que estaba por ocurrir.
Y entonces lo vio.
Frente a ella, emergiendo de entre las sombras, estaba él. No era el hombre que
conocía en esta vida, pero tampoco le era ajeno. Su rostro tenía otra forma, otros
ángulos, otra época… y sin embargo, sus ojos… oh, sus ojos. Esa intensidad, esa
profundidad insondable que la había encontrado a través de siglos y cuerpos, era
inconfundible.
—Sabes que no puedo quedarme —murmuró él, con la voz quebrada, como quien
confiesa un pecado que no desea.
Giselle sintió un nudo formarse en la garganta.
—Y yo sé que no puedo detenerte… —respondió, luchando por mantener la voz firme—
. Pero prométeme que esta no será la última vez.
Él avanzó un paso. Su silueta se recortó contra la luz naciente, y por un momento, el
tiempo pareció dilatarse. Sacó de su bolsillo un pequeño colgante antiguo, con forma
de media luna y un diminuto zafiro azul incrustado en el centro. El metal estaba frío,
pero en sus manos parecía arder.
Lo colocó con suavidad en las palmas de Giselle, cerrando sus dedos alrededor de él
como quien protege un tesoro.
—Este será nuestro puente —susurró—. Cuando lo tengas, me tendrás a mí.
El silencio que siguió fue tan denso que podían escuchar sus propios latidos,
acompasados como un mismo corazón. La luz del amanecer bañaba sus rostros, y en
ese resplandor, ella sintió que el universo entero los estaba observando, grabando
aquella imagen en un lugar sagrado donde el tiempo no tenía dominio.
Entonces, un parpadeo de luz azul brotó del zafiro… y algo dentro de ella se quebró. La
brisa, el olor del mar y el calor de sus manos se disolvieron… y la arrastraron hacia otro
lugar.
Flashback
La luz cambió. Ya no era Lisboa.
Estaba en un mercado de piedra, bajo el sol abrasador de Alejandría, en el año 48 a.C.
La multitud se movía como un río de colores: túnicas blancas, rojas y ocres; aromas de
especias, aceite de oliva y jazmín flotaban en el aire.
Giselle —o la mujer que había sido entonces— caminaba entre los puestos, llevando
en el cuello ese mismo colgante de media luna. Él estaba a su lado, vestido con túnica
de lino y un cinturón de cuero oscuro. Sus manos se rozaban apenas, ocultando su
cercanía a ojos curiosos.
—No debes confiar en nadie —le dijo él en aquel idioma antiguo que, sin embargo,
comprendía a la perfección—. Si me descubren contigo, ambos estaremos perdidos.
Ella asintió, sintiendo un latido inquieto en el pecho.
—Prefiero el peligro a la vida sin ti.
Él sonrió apenas, con esa mezcla de ternura y tristeza que la atravesaba incluso siglos
después.
Antes de separarse entre la multitud, tomó el colgante, lo besó y volvió a colocarlo en
su cuello.
—Si alguna vez lo pierdes… búscame donde nazca la primera estrella.
La escena se desvaneció con el eco de las campanas de un templo cercano, y la
arrastró de nuevo a Lisboa.
Giselle parpadeó, aturdida. El mirador, el amanecer, él… estaban otra vez frente a ella.
No entendía cómo, pero el colgante había sido su vínculo en más de una vida.
La punzada familiar en el pecho regresó con más fuerza. El cielo empezó a
descomponerse en destellos, y antes de que pudiera llamarlo por su nombre, todo se
desvaneció.
Abrió los ojos en su habitación, el colgante frío aún en su palma. La luz tímida de la
madrugada se filtraba por la ventana, y un eco persistente recorría su mente: “Cuando
lo tengas, me tendrás a mí”.
Se quedó sentada en el borde de la cama, acariciando el colgante una y otra vez. El
tacto del metal le devolvía fragmentos del calor de sus manos, como si aún estuviera
allí. La visión había sido tan vívida que podía sentir en los labios el temblor de palabras
Work type Article
Tags temas ineditos de marta digat, poemas de amor, poemas romanticos
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Registry info in Safe Creative
Identifier 2508142775834
Entry date Aug 14, 2025, 8:22 AM UTC
License All rights reserved
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Copyright registered declarations
Author 100.00 %. Holder marta vazquez digat. Date Aug 14, 2025.
Information available at https://www.safecreative.org/work/2508142775834-capitulo-18-la-despedida-final-donde-el-amor-se-despide-pero-no-muere-autora-marta-digat