Capítulo 14 – La Médium y el Capitán “Cuando el destino habló a través de la voz de los espíritus” América colonial, 1789.
08/13/2025
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Capítulo 14 – La Médium y el Capitán
“Cuando el destino habló a través de la voz de los espíritus”

América colonial, 1789.

La brisa cálida del Caribe se colaba por las ventanas abiertas de la casa de Isadora, trayendo consigo el aroma salobre del mar y el perfume dulce de las flores de jazmín que trepaban por las rejas del patio. El canto lejano de una cigarra se mezclaba con el murmullo constante de las olas rompiendo en la playa. En la penumbra del salón, iluminado por velas y lámparas de aceite, las sombras danzaban sobre las paredes mientras ella movía lentamente un mazo de cartas sobre una mesa cubierta por un paño bordado con símbolos antiguos.

El murmullo rítmico de los tambores africanos que resonaban en la calle se entrelazaba con el tic-tac pausado de un reloj de péndulo, reliquia heredada de su abuela. Afuera, la ciudad portuaria vivía entre el bullicio y la tensión: comerciantes españoles descargaban barriles de ron y sacos de cacao en el muelle, mientras marineros ingleses, franceses y criollos intercambiaban mercancías, rumores y miradas desconfiadas. La Inquisición mantenía sus ojos en cada esquina, y las historias de hogueras y prisiones eran repetidas en susurros, como plegarias de advertencia.

Isadora no era una mujer común. Desde niña había escuchado voces donde los demás solo encontraban silencio y visto rostros donde otros apenas distinguían sombras. Su don, bendición para unos y maldición para otros, la convirtió en consejera secreta de comerciantes, esclavos liberados, soldados y mujeres desesperadas por noticias de sus maridos en alta mar. Las visitas llegaban de noche, cuando las calles se vaciaban, para evitar miradas indiscretas.

Esa tarde, mientras leía el agua en un cuenco de cristal, el aire en la habitación cambió. La llama de una vela parpadeó sin viento aparente. En el cuenco, la imagen fue tomando forma: un barco de guerra español, majestuoso y oscuro, avanzaba hacia el puerto con las velas tensas por el viento. En la proa, de pie como un centinela, un hombre de uniforme azul, porte erguido y mirada firme. Esos ojos… Isadora los conocía. No de esta vida, pero sí de otra. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Dos días después, el rumor corrió por la ciudad: un nuevo capitán había llegado con órdenes del virrey. Esa noche, cuando el cielo estaba cubierto de nubes y el aire olía a tormenta lejana, llamaron a su puerta.

—Señorita Isadora, debo hablar con usted —dijo una voz grave.

Al abrir, lo encontró allí: el capitán Sebastián de Ávila, alto, de hombros anchos, con el uniforme impecable a pesar del calor. La luz de la lámpara iluminó sus facciones y confirmó lo que ella ya sabía: aquel hombre no era un extraño.

—Pase, capitán —dijo con serenidad, apartándose para dejarlo entrar.

Él recorrió la estancia con la mirada, como un soldado evaluando terreno enemigo. Pero su voz, aunque firme, carecía de la dureza que Isadora esperaba.
—Vengo con órdenes de investigarla por… brujería.

Ella no se inmutó. Sirvió té de hierbas en dos tazas y se sentó frente a él.
—Capitán, usted no ha venido aquí por el virrey —dijo suavemente—, sino por otra razón que todavía no se atreve a admitir.

Sebastián frunció el ceño. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa, como si buscara negar lo evidente. Pero algo en la profundidad de su memoria empezó a agitarse.

En las semanas siguientes, sus visitas se repitieron. Al principio, bajo el pretexto de continuar la investigación. Luego, sin excusas. Conversaban hasta altas horas: sobre el mar, sobre guerras lejanas, sobre sueños extraños. Isadora le habló de sus visiones: una Rusia nevada donde un vals prohibido marcaba su despedida, un cabaret en La Habana donde la pólvora y el danzón se mezclaban, un amor que siempre volvía con otro nombre.

Al principio, Sebastián se reía. Pero las risas fueron cediendo a un silencio inquieto. Comenzó a soñar con los lugares que ella describía, a escuchar en su mente melodías que no había aprendido, a pronunciar en sueños un nombre que no recordaba despierto.

Sin embargo, la sombra de la Inquisición crecía. Isadora escuchó rumores: espías vigilaban su casa, y un clérigo la había señalado en misa con un sermón sobre “mujeres que hablaban con el diablo”. Sebastián recibía cartas cifradas con órdenes cada vez más severas: debía entregarla para ser juzgada.

Una noche, Isadora se sentó frente a su cuenco de cristal, con Sebastián a su lado. Entró en trance, y su voz, dulce habitualmente, se volvió grave y lejana:
—Te van a ejecutar, Sebastián… antes de la próxima luna llena.

Él no se apartó. Le acarició el rostro, como si quisiera grabarlo en su memoria.
—Si ese es mi destino, que así sea… pero no dejaré que te toquen.

Al amanecer, el ruido de botas y golpes en la puerta rompió la calma. Soldados irrumpieron, derribando muebles. Sebastián desenvainó su espada, bloqueando la entrada para darle tiempo a ella.
—¡Corre! —gritó, sin apartar la vista de sus enemigos.

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Capítulo 14 – La Médium y el Capitán
“Cuando el destino habló a través de la voz de los espíritus”

América colonial, 1789.

La brisa cálida del Caribe se colaba por las ventanas abiertas de la casa de Isadora, trayendo consigo el aroma salobre del mar y el perfume dulce de las flores de jazmín que trepaban por las rejas del patio. El canto lejano de una cigarra se mezclaba con el murmullo constante de las olas rompiendo en la playa. En la penumbra del salón, iluminado por velas y lámparas de aceite, las sombras danzaban sobre las paredes mientras ella movía lentamente un mazo de cartas sobre una mesa cubierta por un paño bordado con símbolos antiguos.

El murmullo rítmico de los tambores africanos que resonaban en la calle se entrelazaba con el tic-tac pausado de un reloj de péndulo, reliquia heredada de su abuela. Afuera, la ciudad portuaria vivía entre el bullicio y la tensión: comerciantes españoles descargaban barriles de ron y sacos de cacao en el muelle, mientras marineros ingleses, franceses y criollos intercambiaban mercancías, rumores y miradas desconfiadas. La Inquisición mantenía sus ojos en cada esquina, y las historias de hogueras y prisiones eran repetidas en susurros, como plegarias de advertencia.

Isadora no era una mujer común. Desde niña había escuchado voces donde los demás solo encontraban silencio y visto rostros donde otros apenas distinguían sombras. Su don, bendición para unos y maldición para otros, la convirtió en consejera secreta de comerciantes, esclavos liberados, soldados y mujeres desesperadas por noticias de sus maridos en alta mar. Las visitas llegaban de noche, cuando las calles se vaciaban, para evitar miradas indiscretas.

Esa tarde, mientras leía el agua en un cuenco de cristal, el aire en la habitación cambió. La llama de una vela parpadeó sin viento aparente. En el cuenco, la imagen fue tomando forma: un barco de guerra español, majestuoso y oscuro, avanzaba hacia el puerto con las velas tensas por el viento. En la proa, de pie como un centinela, un hombre de uniforme azul, porte erguido y mirada firme. Esos ojos… Isadora los conocía. No de esta vida, pero sí de otra. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Dos días después, el rumor corrió por la ciudad: un nuevo capitán había llegado con órdenes del virrey. Esa noche, cuando el cielo estaba cubierto de nubes y el aire olía a tormenta lejana, llamaron a su puerta.

—Señorita Isadora, debo hablar con usted —dijo una voz grave.

Al abrir, lo encontró allí: el capitán Sebastián de Ávila, alto, de hombros anchos, con el uniforme impecable a pesar del calor. La luz de la lámpara iluminó sus facciones y confirmó lo que ella ya sabía: aquel hombre no era un extraño.

—Pase, capitán —dijo con serenidad, apartándose para dejarlo entrar.

Él recorrió la estancia con la mirada, como un soldado evaluando terreno enemigo. Pero su voz, aunque firme, carecía de la dureza que Isadora esperaba.
—Vengo con órdenes de investigarla por… brujería.

Ella no se inmutó. Sirvió té de hierbas en dos tazas y se sentó frente a él.
—Capitán, usted no ha venido aquí por el virrey —dijo suavemente—, sino por otra razón que todavía no se atreve a admitir.

Sebastián frunció el ceño. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa, como si buscara negar lo evidente. Pero algo en la profundidad de su memoria empezó a agitarse.

En las semanas siguientes, sus visitas se repitieron. Al principio, bajo el pretexto de continuar la investigación. Luego, sin excusas. Conversaban hasta altas horas: sobre el mar, sobre guerras lejanas, sobre sueños extraños. Isadora le habló de sus visiones: una Rusia nevada donde un vals prohibido marcaba su despedida, un cabaret en La Habana donde la pólvora y el danzón se mezclaban, un amor que siempre volvía con otro nombre.

Al principio, Sebastián se reía. Pero las risas fueron cediendo a un silencio inquieto. Comenzó a soñar con los lugares que ella describía, a escuchar en su mente melodías que no había aprendido, a pronunciar en sueños un nombre que no recordaba despierto.

Sin embargo, la sombra de la Inquisición crecía. Isadora escuchó rumores: espías vigilaban su casa, y un clérigo la había señalado en misa con un sermón sobre “mujeres que hablaban con el diablo”. Sebastián recibía cartas cifradas con órdenes cada vez más severas: debía entregarla para ser juzgada.

Una noche, Isadora se sentó frente a su cuenco de cristal, con Sebastián a su lado. Entró en trance, y su voz, dulce habitualmente, se volvió grave y lejana:
—Te van a ejecutar, Sebastián… antes de la próxima luna llena.

Él no se apartó. Le acarició el rostro, como si quisiera grabarlo en su memoria.
—Si ese es mi destino, que así sea… pero no dejaré que te toquen.

Al amanecer, el ruido de botas y golpes en la puerta rompió la calma. Soldados irrumpieron, derribando muebles. Sebastián desenvainó su espada, bloqueando la entrada para darle tiempo a ella.
—¡Corre! —gritó, sin apartar la vista de sus enemigos.
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Entry date Aug 13, 2025, 12:25 AM UTC
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