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Capítulo 15 – Las Marcas del Alma
“Cuando el cuerpo recuerda lo que el alma nunca olvida”
Houston, presente.
La lluvia golpeaba los ventanales del apartamento de Giselle con un ritmo constante, casi hipnótico, como si el cielo quisiera recordarle que el tiempo nunca se detiene. Afuera, las luces de la ciudad se difuminaban bajo el agua, convirtiéndose en hilos dorados y rojos que parecían flotar en la penumbra. Adentro, el aire olía a café recién hecho y a papel viejo, una mezcla que siempre le traía paz… y esta noche, también un nudo en la garganta.
El salón estaba cubierto de carpetas abiertas, fotografías descoloridas y cuadernos llenos de anotaciones. Había recortes de prensa amarillentos, páginas impresas con pinturas antiguas, y pequeños papeles escritos a mano con fechas y lugares. Giselle llevaba horas buscando un patrón, moviendo las piezas de un rompecabezas que no pertenecía a un solo siglo.
La penumbra se interrumpía solo por la luz cálida de una lámpara de escritorio que iluminaba la mesa donde trabajaba. Llevaba un jersey ancho, los pies descalzos y el cabello recogido en un moño descuidado. Su mano izquierda descansaba sobre un álbum abierto, pero la derecha, casi de forma instintiva, se alzó hasta su hombro izquierdo.
Allí estaba.
El lunar alargado, la pequeña mancha oscura que había tenido desde que tenía memoria. Una figura extraña, como un cometa diminuto. Nunca le había dado importancia, hasta que las visiones comenzaron a repetirse con una coincidencia inquietante.
En Cartago, lo vio en la piel dorada de la sacerdotisa Amaranta, cuando las antorchas iluminaban su hombro mientras recitaba plegarias a los dioses.
En Venecia, Isabella lo lucía en la clavícula, visible bajo el escote de un vestido azul mientras posaba para un pintor.
En la Rusia zarista, lo tenía la bailarina que se preparaba tras bastidores, mientras la nieve golpeaba los ventanales del teatro.
En La Habana, Alma lo besaba cada noche antes de salir a bailar bajo la luz roja del cabaret.
No podía ser una casualidad.
Cerró los ojos. Por un instante, sintió el roce de unos labios sobre esa marca. No sabía de qué vida era el recuerdo, pero la calidez y el amor en ese gesto eran tan intensos que le cortaron la respiración.
Decidida, tomó el álbum heredado de su abuela. Las tapas de cuero estaban gastadas y olían a madera vieja. Pasó las páginas lentamente, escuchando el susurro áspero de las hojas secas al moverse. Entre fotos familiares y retratos formales, apareció una imagen en sepia que le heló la sangre.
Era una mujer vestida con ropa colonial, de pie en un balcón de hierro forjado. El encuadre capturaba apenas el cuello de su vestido, lo suficiente para que Giselle lo viera: la misma marca, en el mismo lugar.
Se inclinó hacia la foto como si pudiera atravesar el tiempo y hablarle. Los ojos de aquella mujer tenían una serenidad que le resultaba familiar. No había nombre escrito, solo una fecha: 1871.
Un escalofrío recorrió su espalda. La sensación era clara: esa mujer era ella.
No quiso esperar. Esa noche, pese a la tormenta, llevó sus hallazgos al doctor Moczar. Lo encontró en su despacho, rodeado de libros y modelos anatómicos. El lugar olía a madera, tinta y polvo.
—Giselle… ¿otra vez sueños? —preguntó él con una mezcla de cansancio y curiosidad, aunque sus ojos, como siempre, la estudiaban con atención.
Ella no respondió con palabras. Abrió la carpeta que traía y comenzó a extender sobre la mesa las pruebas: retratos, fotografías, reproducciones de pinturas, fragmentos de manuscritos. En todos ellos aparecía la misma figura femenina con la misma marca en forma de cometa.
Moczar tomó uno de los documentos más antiguos: un pergamino con una pintura egipcia. En él, una mujer de piel dorada vestida con lino blanco miraba hacia un horizonte pintado con pigmentos azules y dorados. En su hombro desnudo, pintada con precisión, estaba la marca.
—Esto… —dijo él, y su voz, normalmente firme, sonó más baja— esto no es normal.
Giselle sintió que se le aflojaban las manos.
—Es la prueba de que siempre he sido yo —susurró—. Y que siempre he buscado al mismo hombre.
El doctor la observó largo rato. Por primera vez, no intentó cambiar de tema ni sonrió con condescendencia. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en la mesa y dijo:
—Si es cierto… entonces lo encontraremos.
La frase se quedó flotando en el aire, como una promesa y una advertencia al mismo tiempo. Afuera, la lluvia arreciaba contra los ventanales. Adentro, el corazón de Giselle latía con un ritmo nuevo: mezcla de miedo, certeza y esperanza.
Se recostó en la silla, cerró los ojos y dejó que las imágenes la inundaran. Vio manos distintas tocando esa misma marca. Vio un beso en una playa caribeña, una caricia en un palacio veneciano, un roce fugaz en un campo cubierto de nieve. En todas, el mismo sentimiento: te encontré… otra vez.
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Title Capítulo 15 – Las Marcas del Alma “Cuando el cuerpo recuerda lo que el alma nunca olvida”
Capítulo 15 – Las Marcas del Alma
“Cuando el cuerpo recuerda lo que el alma nunca olvida”
Houston, presente.
La lluvia golpeaba los ventanales del apartamento de Giselle con un ritmo constante, casi hipnótico, como si el cielo quisiera recordarle que el tiempo nunca se detiene. Afuera, las luces de la ciudad se difuminaban bajo el agua, convirtiéndose en hilos dorados y rojos que parecían flotar en la penumbra. Adentro, el aire olía a café recién hecho y a papel viejo, una mezcla que siempre le traía paz… y esta noche, también un nudo en la garganta.
El salón estaba cubierto de carpetas abiertas, fotografías descoloridas y cuadernos llenos de anotaciones. Había recortes de prensa amarillentos, páginas impresas con pinturas antiguas, y pequeños papeles escritos a mano con fechas y lugares. Giselle llevaba horas buscando un patrón, moviendo las piezas de un rompecabezas que no pertenecía a un solo siglo.
La penumbra se interrumpía solo por la luz cálida de una lámpara de escritorio que iluminaba la mesa donde trabajaba. Llevaba un jersey ancho, los pies descalzos y el cabello recogido en un moño descuidado. Su mano izquierda descansaba sobre un álbum abierto, pero la derecha, casi de forma instintiva, se alzó hasta su hombro izquierdo.
Allí estaba.
El lunar alargado, la pequeña mancha oscura que había tenido desde que tenía memoria. Una figura extraña, como un cometa diminuto. Nunca le había dado importancia, hasta que las visiones comenzaron a repetirse con una coincidencia inquietante.
En Cartago, lo vio en la piel dorada de la sacerdotisa Amaranta, cuando las antorchas iluminaban su hombro mientras recitaba plegarias a los dioses.
En Venecia, Isabella lo lucía en la clavícula, visible bajo el escote de un vestido azul mientras posaba para un pintor.
En la Rusia zarista, lo tenía la bailarina que se preparaba tras bastidores, mientras la nieve golpeaba los ventanales del teatro.
En La Habana, Alma lo besaba cada noche antes de salir a bailar bajo la luz roja del cabaret.
No podía ser una casualidad.
Cerró los ojos. Por un instante, sintió el roce de unos labios sobre esa marca. No sabía de qué vida era el recuerdo, pero la calidez y el amor en ese gesto eran tan intensos que le cortaron la respiración.
Decidida, tomó el álbum heredado de su abuela. Las tapas de cuero estaban gastadas y olían a madera vieja. Pasó las páginas lentamente, escuchando el susurro áspero de las hojas secas al moverse. Entre fotos familiares y retratos formales, apareció una imagen en sepia que le heló la sangre.
Era una mujer vestida con ropa colonial, de pie en un balcón de hierro forjado. El encuadre capturaba apenas el cuello de su vestido, lo suficiente para que Giselle lo viera: la misma marca, en el mismo lugar.
Se inclinó hacia la foto como si pudiera atravesar el tiempo y hablarle. Los ojos de aquella mujer tenían una serenidad que le resultaba familiar. No había nombre escrito, solo una fecha: 1871.
Un escalofrío recorrió su espalda. La sensación era clara: esa mujer era ella.
No quiso esperar. Esa noche, pese a la tormenta, llevó sus hallazgos al doctor Moczar. Lo encontró en su despacho, rodeado de libros y modelos anatómicos. El lugar olía a madera, tinta y polvo.
—Giselle… ¿otra vez sueños? —preguntó él con una mezcla de cansancio y curiosidad, aunque sus ojos, como siempre, la estudiaban con atención.
Ella no respondió con palabras. Abrió la carpeta que traía y comenzó a extender sobre la mesa las pruebas: retratos, fotografías, reproducciones de pinturas, fragmentos de manuscritos. En todos ellos aparecía la misma figura femenina con la misma marca en forma de cometa.
Moczar tomó uno de los documentos más antiguos: un pergamino con una pintura egipcia. En él, una mujer de piel dorada vestida con lino blanco miraba hacia un horizonte pintado con pigmentos azules y dorados. En su hombro desnudo, pintada con precisión, estaba la marca.
—Esto… —dijo él, y su voz, normalmente firme, sonó más baja— esto no es normal.
Giselle sintió que se le aflojaban las manos.
—Es la prueba de que siempre he sido yo —susurró—. Y que siempre he buscado al mismo hombre.
El doctor la observó largo rato. Por primera vez, no intentó cambiar de tema ni sonrió con condescendencia. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en la mesa y dijo:
—Si es cierto… entonces lo encontraremos.
La frase se quedó flotando en el aire, como una promesa y una advertencia al mismo tiempo. Afuera, la lluvia arreciaba contra los ventanales. Adentro, el corazón de Giselle latía con un ritmo nuevo: mezcla de miedo, certeza y esperanza.
Se recostó en la silla, cerró los ojos y dejó que las imágenes la inundaran. Vio manos distintas tocando esa misma marca. Vio un beso en una playa caribeña, una caricia en un palacio veneciano, un roce fugaz en un campo cubierto de nieve. En todas, el mismo sentimiento: te encontré… otra vez.
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Tags poemas romanticos, poemas de amor, temas ineditos de marta digat
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Registry info in Safe Creative
Identifier 2508132766071
Entry date Aug 13, 2025, 12:22 AM UTC
License All rights reserved
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Author 100.00 %. Holder marta vazquez digat. Date Aug 13, 2025.
Information available at https://www.safecreative.org/work/2508132766071-capitulo-15-las-marcas-del-alma-cuando-el-cuerpo-recuerda-lo-que-el-alma-nunca-olvida-