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Capítulo 17 – El Nombre Verdadero
“Cuando una sola palabra abre todas las puertas del tiempo”
Lisboa, presente.
La luna llena colgaba sobre los tejados como una lámpara antigua olvidada en el cielo. Sus destellos plateados se reflejaban en las tejas húmedas y en el empedrado mojado, formando pequeños espejos que multiplicaban la luz. El aire estaba impregnado del aroma salobre del Atlántico, mezclado con jazmín nocturno y el humo tenue que escapaba de las chimeneas.
A lo lejos, el mar golpeaba con paciencia las rocas de la Ribeira das Naus. Las olas parecían respirar al ritmo de la ciudad, y cada vez que se rompían, un murmullo grave subía por las calles estrechas como si Lisboa misma le estuviera hablando. Desde algún punto, las campanas de un convento cercano marcaron la hora con un acento de bronce, profundo y ceremonioso.
Giselle caminaba siguiendo el mapa del manuscrito. Lo había memorizado, pero lo llevaba doblado en el bolsillo como si fuese un talismán. Cada línea dibujada a mano era una arteria que la guiaba hacia un corazón escondido. Pasaba por callejuelas empedradas donde balcones de hierro forjado se inclinaban unos hacia otros como si quisieran compartir secretos. Algunos estaban adornados con macetas de geranios y jazmines que perfumaban el aire húmedo.
En una esquina, un tranvía amarillo chirrió al tomar la curva, y sus luces cruzaron fugazmente sobre su rostro. En los bares, se escuchaban risas apagadas y el aroma a pescado asado se mezclaba con el olor a café recién hecho. Todo era tan tangible… y, sin embargo, Giselle tenía la sensación de que caminaba por un sueño.
El destino señalado era un antiguo monasterio reconvertido en archivo histórico. Su fachada de piedra estaba cubierta de musgo y pequeñas flores silvestres que crecían entre las grietas. La puerta, alta y de madera oscura, tenía clavos de hierro forjado que brillaban como ojos bajo la luz de la luna. Empujó suavemente; el chirrido que respondió sonó como una bienvenida antigua.
Dentro, el aire cambió. El olor del mar dio paso a una fragancia de papel envejecido, cuero y polvo de oro. La penumbra estaba interrumpida por la luz filtrada a través de vitrales que teñían el suelo de azul y rojo. Estantes altísimos se alzaban hasta perderse en la oscuridad del techo, unidos por escaleras de hierro que se deslizaban sobre rieles.
Un hombre de manos finas, rostro afilado y ojos oscuros apareció desde un pasillo. Vestía un chaleco gris y guantes blancos.
—Boa noite. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó con un acento suave, como si midiera cada palabra.
—Busco un nombre —respondió Giselle, sacando el cuaderno de cuero y mostrándolo—. Y creo que este lugar lo recuerda mejor que yo.
El bibliotecario observó el símbolo en la portada —la marca en forma de cometa— y asintió con un gesto breve, sin sorpresa.
—Sígame.
La condujo por un pasillo silencioso hasta una sala reservada. Sobre una mesa de roble colocó un registro encuadernado en cuero oscuro, cuyas páginas amarillentas exhalaban un aroma profundo a tinta seca.
Giselle se sentó. El contacto con aquel libro fue como una descarga leve en la piel. Abrió las páginas despacio, con un respeto instintivo. Los registros contenían actas de bautismo, contratos de navegación, cartas escritas con caligrafía inclinada. En varias de ellas, casi oculto en el margen, aparecía un pequeño dibujo: la marca en forma de cometa.
Sintió un escalofrío.
Pasó página tras página hasta que una línea la detuvo:
"Testimonio de promesa: Ana do Mar y Eloar."
El nombre brilló como si lo hubieran escrito con luz líquida. Eloar.
Lo pronunció en voz baja. Al hacerlo, el aire en la sala pareció densificarse y, a la vez, volverse más ligero, como si la gravedad se hubiera desplazado. Su pulso se aceleró.
Buscó en otros documentos. Encontró un “Elorio” mal transcrito en un registro veneciano de 1495; un “Elor” en caracteres fenicios en un papiro fragmentado; un “Elór” en un poema escrito en Moscú en pleno invierno. La ortografía cambiaba, pero el sonido permanecía inmutable.
—Eloar… —repitió, y la palabra se abrió dentro de ella como una puerta de par en par.
Las visiones llegaron como olas.
Vio el loto azul flotando en las aguas del Nilo, y junto a él, la mano de Khaemwaset—Eloar tomándola con ternura.
Sintió el vaivén de una bodega de barco, la voz de Adrien—Eloar prometiendo volver.
Se vio en una plaza cubierta de nieve, sosteniendo una rosa con lazo azul.
Sintió el calor del cabaret de La Habana, el danzón, el beso breve de Daniel—Eloar antes de huir bajo la lluvia.
Vio la espada del capitán Sebastián—Eloar brillando en la penumbra mientras luchaba para protegerla.
Recordó la carta que nunca llegó, las columnas del templo de Cartago, la sangre y la promesa hecha bajo una lámpara de aceite.
Todo estaba allí, vivo, alineado. Una línea invisible unía cada instante, cada rostro, cada despedida.
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Title Capítulo 17 – El Nombre Verdadero “Cuando una sola palabra abre todas las puertas del tiempo” Lisboa, presente. Autora Marta Digat
Capítulo 17 – El Nombre Verdadero
“Cuando una sola palabra abre todas las puertas del tiempo”
Lisboa, presente.
La luna llena colgaba sobre los tejados como una lámpara antigua olvidada en el cielo. Sus destellos plateados se reflejaban en las tejas húmedas y en el empedrado mojado, formando pequeños espejos que multiplicaban la luz. El aire estaba impregnado del aroma salobre del Atlántico, mezclado con jazmín nocturno y el humo tenue que escapaba de las chimeneas.
A lo lejos, el mar golpeaba con paciencia las rocas de la Ribeira das Naus. Las olas parecían respirar al ritmo de la ciudad, y cada vez que se rompían, un murmullo grave subía por las calles estrechas como si Lisboa misma le estuviera hablando. Desde algún punto, las campanas de un convento cercano marcaron la hora con un acento de bronce, profundo y ceremonioso.
Giselle caminaba siguiendo el mapa del manuscrito. Lo había memorizado, pero lo llevaba doblado en el bolsillo como si fuese un talismán. Cada línea dibujada a mano era una arteria que la guiaba hacia un corazón escondido. Pasaba por callejuelas empedradas donde balcones de hierro forjado se inclinaban unos hacia otros como si quisieran compartir secretos. Algunos estaban adornados con macetas de geranios y jazmines que perfumaban el aire húmedo.
En una esquina, un tranvía amarillo chirrió al tomar la curva, y sus luces cruzaron fugazmente sobre su rostro. En los bares, se escuchaban risas apagadas y el aroma a pescado asado se mezclaba con el olor a café recién hecho. Todo era tan tangible… y, sin embargo, Giselle tenía la sensación de que caminaba por un sueño.
El destino señalado era un antiguo monasterio reconvertido en archivo histórico. Su fachada de piedra estaba cubierta de musgo y pequeñas flores silvestres que crecían entre las grietas. La puerta, alta y de madera oscura, tenía clavos de hierro forjado que brillaban como ojos bajo la luz de la luna. Empujó suavemente; el chirrido que respondió sonó como una bienvenida antigua.
Dentro, el aire cambió. El olor del mar dio paso a una fragancia de papel envejecido, cuero y polvo de oro. La penumbra estaba interrumpida por la luz filtrada a través de vitrales que teñían el suelo de azul y rojo. Estantes altísimos se alzaban hasta perderse en la oscuridad del techo, unidos por escaleras de hierro que se deslizaban sobre rieles.
Un hombre de manos finas, rostro afilado y ojos oscuros apareció desde un pasillo. Vestía un chaleco gris y guantes blancos.
—Boa noite. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó con un acento suave, como si midiera cada palabra.
—Busco un nombre —respondió Giselle, sacando el cuaderno de cuero y mostrándolo—. Y creo que este lugar lo recuerda mejor que yo.
El bibliotecario observó el símbolo en la portada —la marca en forma de cometa— y asintió con un gesto breve, sin sorpresa.
—Sígame.
La condujo por un pasillo silencioso hasta una sala reservada. Sobre una mesa de roble colocó un registro encuadernado en cuero oscuro, cuyas páginas amarillentas exhalaban un aroma profundo a tinta seca.
Giselle se sentó. El contacto con aquel libro fue como una descarga leve en la piel. Abrió las páginas despacio, con un respeto instintivo. Los registros contenían actas de bautismo, contratos de navegación, cartas escritas con caligrafía inclinada. En varias de ellas, casi oculto en el margen, aparecía un pequeño dibujo: la marca en forma de cometa.
Sintió un escalofrío.
Pasó página tras página hasta que una línea la detuvo:
"Testimonio de promesa: Ana do Mar y Eloar."
El nombre brilló como si lo hubieran escrito con luz líquida. Eloar.
Lo pronunció en voz baja. Al hacerlo, el aire en la sala pareció densificarse y, a la vez, volverse más ligero, como si la gravedad se hubiera desplazado. Su pulso se aceleró.
Buscó en otros documentos. Encontró un “Elorio” mal transcrito en un registro veneciano de 1495; un “Elor” en caracteres fenicios en un papiro fragmentado; un “Elór” en un poema escrito en Moscú en pleno invierno. La ortografía cambiaba, pero el sonido permanecía inmutable.
—Eloar… —repitió, y la palabra se abrió dentro de ella como una puerta de par en par.
Las visiones llegaron como olas.
Vio el loto azul flotando en las aguas del Nilo, y junto a él, la mano de Khaemwaset—Eloar tomándola con ternura.
Sintió el vaivén de una bodega de barco, la voz de Adrien—Eloar prometiendo volver.
Se vio en una plaza cubierta de nieve, sosteniendo una rosa con lazo azul.
Sintió el calor del cabaret de La Habana, el danzón, el beso breve de Daniel—Eloar antes de huir bajo la lluvia.
Vio la espada del capitán Sebastián—Eloar brillando en la penumbra mientras luchaba para protegerla.
Recordó la carta que nunca llegó, las columnas del templo de Cartago, la sangre y la promesa hecha bajo una lámpara de aceite.
Todo estaba allí, vivo, alineado. Una línea invisible unía cada instante, cada rostro, cada despedida.
Work type Article
Tags poemas de amor, temas ineditos de marta digat, poemas romanticos
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Registry info in Safe Creative
Identifier 2508132766019
Entry date Aug 13, 2025, 12:10 AM UTC
License All rights reserved
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Author 100.00 %. Holder marta vazquez digat. Date Aug 13, 2025.
Information available at https://www.safecreative.org/work/2508132766019-capitulo-17-el-nombre-verdadero-cuando-una-sola-palabra-abre-todas-las-puertas-del-tiempo-lisboa-presente-autora-marta-digat