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Capítulo 20 – El Susurro Eterno Autora Marta Digat
(Donde el amor cumple su promesa)
La habitación estaba en penumbra. Fuera, la lluvia golpeaba los cristales con un ritmo
lento, casi ceremonial. Giselle permanecía junto a la cama, observando cada
respiración, cada leve movimiento de aquel hombre que llevaba días en silencio.
El colgante gemelo descansaba sobre su pecho. El suyo, cálido por el contacto con su
piel; el de él, frío como un recuerdo olvidado. Y sin embargo, ambos latían con la
misma historia.
Al amanecer, él abrió los ojos. La luz tenue de la mañana iluminó sus facciones y, por
un instante, Giselle vio en ellos todos los rostros que había amado a través de los
siglos: el pintor de Venecia, el soldado romano, el músico de La Habana, el guardia del
faraón… y el hombre del mirador de Lisboa.
—Te encontré —susurró él.
Giselle sonrió con lágrimas desbordando.
—Nunca dejaste de hacerlo.
Él extendió su mano, y ella la tomó, sintiendo el calor de mil vidas en ese gesto.
—Recuerdo todo… —dijo él, su voz quebrándose—. Recuerdo las promesas, los besos
robados, las despedidas… incluso el mar.
Ella apretó su mano.
—Y yo recuerdo esperarte. En cada amanecer, en cada noche de tormenta.
Se inclinó sobre él y apoyó su frente en la suya. El mundo desapareció: no había
hospital, ni monitores, ni pasado ni presente. Solo el latido compartido de dos almas
que habían desafiado al tiempo.
—Esta es nuestra vida —dijo Giselle—. Y la viviremos.
Pero entonces, él la miró con una tristeza infinita.
—No puedo quedarme… no en este cuerpo. Está muriendo.
La frase fue un golpe seco. Giselle sintió que se rompía por dentro, pero no apartó la
mirada.
—Entonces quédate en mi alma. Siempre.
Él sonrió, débil, y sus labios rozaron los de ella en un beso que fue más que carne: fue
un pacto.
—Siempre —susurró.
Sus dedos se aflojaron. La línea en el monitor se volvió un sonido continuo. Y en ese
mismo instante, una brisa cálida recorrió la habitación, moviendo suavemente el
cabello de Giselle. No lloró. Sabía que no era un adiós.
Se llevó ambos colgantes al corazón y cerró los ojos. En la penumbra de su mente,
escuchó su voz, nítida, como si estuviera a su lado:
“Cuando lo tengas, me tendrás a mí.”
La lluvia cesó. Afuera, un rayo de sol rompió las nubes. Giselle abrió la ventana y dejó
que el aire fresco la envolviera.
—Te encontraré —susurró al viento—. En cualquier vida, en cualquier tiempo.
Y así, con el eco de esa promesa flotando en el aire, comenzó a caminar hacia un
nuevo amanecer, llevando consigo el susurro eterno de un amor que nunca muere.
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Title Capítulo 20 – El Susurro Eterno Autora Marta Digat (Donde el amor cumple su promesa)
Capítulo 20 – El Susurro Eterno Autora Marta Digat
(Donde el amor cumple su promesa)
La habitación estaba en penumbra. Fuera, la lluvia golpeaba los cristales con un ritmo
lento, casi ceremonial. Giselle permanecía junto a la cama, observando cada
respiración, cada leve movimiento de aquel hombre que llevaba días en silencio.
El colgante gemelo descansaba sobre su pecho. El suyo, cálido por el contacto con su
piel; el de él, frío como un recuerdo olvidado. Y sin embargo, ambos latían con la
misma historia.
Al amanecer, él abrió los ojos. La luz tenue de la mañana iluminó sus facciones y, por
un instante, Giselle vio en ellos todos los rostros que había amado a través de los
siglos: el pintor de Venecia, el soldado romano, el músico de La Habana, el guardia del
faraón… y el hombre del mirador de Lisboa.
—Te encontré —susurró él.
Giselle sonrió con lágrimas desbordando.
—Nunca dejaste de hacerlo.
Él extendió su mano, y ella la tomó, sintiendo el calor de mil vidas en ese gesto.
—Recuerdo todo… —dijo él, su voz quebrándose—. Recuerdo las promesas, los besos
robados, las despedidas… incluso el mar.
Ella apretó su mano.
—Y yo recuerdo esperarte. En cada amanecer, en cada noche de tormenta.
Se inclinó sobre él y apoyó su frente en la suya. El mundo desapareció: no había
hospital, ni monitores, ni pasado ni presente. Solo el latido compartido de dos almas
que habían desafiado al tiempo.
—Esta es nuestra vida —dijo Giselle—. Y la viviremos.
Pero entonces, él la miró con una tristeza infinita.
—No puedo quedarme… no en este cuerpo. Está muriendo.
La frase fue un golpe seco. Giselle sintió que se rompía por dentro, pero no apartó la
mirada.
—Entonces quédate en mi alma. Siempre.
Él sonrió, débil, y sus labios rozaron los de ella en un beso que fue más que carne: fue
un pacto.
—Siempre —susurró.
Sus dedos se aflojaron. La línea en el monitor se volvió un sonido continuo. Y en ese
mismo instante, una brisa cálida recorrió la habitación, moviendo suavemente el
cabello de Giselle. No lloró. Sabía que no era un adiós.
Se llevó ambos colgantes al corazón y cerró los ojos. En la penumbra de su mente,
escuchó su voz, nítida, como si estuviera a su lado:
“Cuando lo tengas, me tendrás a mí.”
La lluvia cesó. Afuera, un rayo de sol rompió las nubes. Giselle abrió la ventana y dejó
que el aire fresco la envolviera.
—Te encontraré —susurró al viento—. En cualquier vida, en cualquier tiempo.
Y así, con el eco de esa promesa flotando en el aire, comenzó a caminar hacia un
nuevo amanecer, llevando consigo el susurro eterno de un amor que nunca muere.
Work type Article
Tags temas ineditos de marta digat, poemas romanticos, poemas de amor
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Registry info in Safe Creative
Identifier 2508112750618
Entry date Aug 11, 2025, 12:55 PM UTC
License All rights reserved
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Copyright registered declarations
Author 100.00 %. Holder marta vazquez digat. Date Aug 11, 2025.
Information available at https://www.safecreative.org/work/2508112750618-capitulo-20-el-susurro-eterno-autora-marta-digat-donde-el-amor-cumple-su-promesa-