Capítulo 7 – Susurros de Amor Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible Autora Marta Digat continuara
08/05/2025
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible

Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada)

Fue una tarde de otoño. Venecia era una poderosa república marítima en pleno auge, un centro de comercio y poder. A pesar de los conflictos políticos y las amenazas externas, la ciudad conservaba su esplendor y magia.

Como cada día, Isabella paseaba en góndola al atardecer. Le gustaba contemplar la puesta de sol y ver los destellos dorados reflejarse en el agua, como si el cielo pintara un lienzo líquido de oro.

Levantó la vista del canal y, de pronto, sintió una mirada. Era como si alguien la llamara en silencio. Al voltear, lo vio.

En una góndola cercana, un joven pintor —brochas en mano, caballete al frente— la observaba sin disimulo. Él no pintaba la ciudad: la pintaba a ella.

Isabella bajó la mirada, turbada, pero no pudo evitar devolverle una tímida sonrisa. Sus góndolas se cruzaron lentamente bajo la sombra del Puente de los Suspiros. Sus miradas se rozaron como una caricia invisible.

Desde entonces, no dejaron de buscarse.

Él pensaba en sus ojos verdes. Ella, en sus ojos oscuros como el azabache.

La guerra envolvía a Venecia en melancolía, pero el amor —como la niebla— se colaba por cada rincón.

Una tarde, a la salida de la Basílica de San Marcos, ocurrió el reencuentro. Isabella vestía una gamurra dorada, ajustada con cordones finos, resaltando su esbelta figura. Su piel, blanca como el mármol, brillaba bajo el sol. Su cabello caía como cascadas de rizos dorados sobre su espalda.

Lorenzo la vio antes de que ella lo notara. Caminó hacia ella con paso firme. Hizo una reverencia, tomó su mano y la besó con respeto.

—Lorenzo di Bruni —se presentó—. Soy pintor… y desde hace días, soy cautivo de sus ojos.

Isabella sonrió con nerviosismo. Se presentó y aceptó, con una voz apenas audible, su invitación.

—¿Pasearíamos en góndola… esta vez juntos?

Esa noche, se deslizaron entre los canales como dos almas que habían esperado siglos para encontrarse.

El gondolero, discreto, los dejó bajo el Puente de los Suspiros. Allí, a la luz de la luna, Lorenzo tomó el rostro de Isabella con dulzura y la besó por primera vez.

Fue un beso tímido, tembloroso, escondido entre sombras… pero eterno.

Al regresar, Isabella se justificó alegando que se había detenido en la iglesia para rezar por la paz de su futuro matrimonio. Nadie dudó de su pureza, aunque sus mejillas encendidas contaban otra historia.

El conde, su prometido, le tomó la mano al verla llegar. Ella sonrió con amabilidad… pero su corazón aún ardía por el beso que Lorenzo le había robado al alma.


Escena: “La noche del retrato prohibido”



Las campanas de San Marcos tañeron la medianoche, y la brisa salina del Adriático acariciaba las callejuelas de piedra. Isabella caminaba en silencio, envuelta en una capa de terciopelo azul marino. La seda de su vestido rozaba su piel como un susurro, y en su pecho el corazón latía como un tambor de guerra.

Lorenzo la esperaba en su taller secreto, una buhardilla oculta en el corazón de Dorsoduro, con vista directa a los canales. La luz de la luna se colaba por los ventanales altos, iluminando los lienzos y el polvo dorado que flotaba en el aire como un hechizo suspendido.

Cuando Isabella cruzó el umbral, Lorenzo se giró lentamente. Su mirada la recorrió sin palabras, como si la hubiese estado soñando.

—Prometiste venir —dijo él, con voz baja y temblorosa.

—Y aquí estoy —respondió ella, soltando la capa que cayó a sus pies como un suspiro de terciopelo.

La luna la desnudó lentamente, vistiéndola de sombras y luz. Su piel blanca resplandecía como mármol tibio bajo la noche veneciana. Lorenzo dio un paso atrás, temblando ante tanta belleza. Tomó sus pinceles, pero su mano vaciló.

—No puedo… es demasiado —murmuró—. Eres arte puro.

—Entonces no pienses —susurró Isabella acercándose—. Solo siente.

Se sentó en el diván cubierto con sábanas de lino. Posó con naturalidad, sin pudor, como si en otra vida ya hubiera sido pintada así mil veces. Sus ojos no se apartaban de los de él.

Lorenzo empezó a pintar. Los trazos eran suaves, reverentes. Pintaba con el alma, con el pulso del amor latiendo en cada línea. Afuera, el agua del canal golpeaba suavemente las piedras, como un aplauso mudo de la historia que se escribía esa noche.

Horas después, cuando el retrato comenzó a cobrar vida, Lorenzo dejó caer el pincel. Se acercó a ella, y con la punta de sus dedos recorrió la curva de su mejilla, su cuello, la clavícula…

—Eres mi inspiración eterna, Isabella. Aunque me quiten la vida, jamás podrán arrancarte de mi alma.

Ella lo envolvió con sus brazos, y sus labios se encontraron por fin. Fue un beso largo, dulce, desesperado. Una promesa sin palabras.

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poemas romanticos
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Capítulo 7 – Venecia, 1495 El retrato de un amor imposible

Autora: Marta Digat (Donde la belleza y el arte esconden los suspiros de un alma atrapada)

Fue una tarde de otoño. Venecia era una poderosa república marítima en pleno auge, un centro de comercio y poder. A pesar de los conflictos políticos y las amenazas externas, la ciudad conservaba su esplendor y magia.

Como cada día, Isabella paseaba en góndola al atardecer. Le gustaba contemplar la puesta de sol y ver los destellos dorados reflejarse en el agua, como si el cielo pintara un lienzo líquido de oro.

Levantó la vista del canal y, de pronto, sintió una mirada. Era como si alguien la llamara en silencio. Al voltear, lo vio.

En una góndola cercana, un joven pintor —brochas en mano, caballete al frente— la observaba sin disimulo. Él no pintaba la ciudad: la pintaba a ella.

Isabella bajó la mirada, turbada, pero no pudo evitar devolverle una tímida sonrisa. Sus góndolas se cruzaron lentamente bajo la sombra del Puente de los Suspiros. Sus miradas se rozaron como una caricia invisible.

Desde entonces, no dejaron de buscarse.

Él pensaba en sus ojos verdes. Ella, en sus ojos oscuros como el azabache.

La guerra envolvía a Venecia en melancolía, pero el amor —como la niebla— se colaba por cada rincón.

Una tarde, a la salida de la Basílica de San Marcos, ocurrió el reencuentro. Isabella vestía una gamurra dorada, ajustada con cordones finos, resaltando su esbelta figura. Su piel, blanca como el mármol, brillaba bajo el sol. Su cabello caía como cascadas de rizos dorados sobre su espalda.

Lorenzo la vio antes de que ella lo notara. Caminó hacia ella con paso firme. Hizo una reverencia, tomó su mano y la besó con respeto.

—Lorenzo di Bruni —se presentó—. Soy pintor… y desde hace días, soy cautivo de sus ojos.

Isabella sonrió con nerviosismo. Se presentó y aceptó, con una voz apenas audible, su invitación.

—¿Pasearíamos en góndola… esta vez juntos?

Esa noche, se deslizaron entre los canales como dos almas que habían esperado siglos para encontrarse.

El gondolero, discreto, los dejó bajo el Puente de los Suspiros. Allí, a la luz de la luna, Lorenzo tomó el rostro de Isabella con dulzura y la besó por primera vez.

Fue un beso tímido, tembloroso, escondido entre sombras… pero eterno.

Al regresar, Isabella se justificó alegando que se había detenido en la iglesia para rezar por la paz de su futuro matrimonio. Nadie dudó de su pureza, aunque sus mejillas encendidas contaban otra historia.

El conde, su prometido, le tomó la mano al verla llegar. Ella sonrió con amabilidad… pero su corazón aún ardía por el beso que Lorenzo le había robado al alma.


Escena: “La noche del retrato prohibido”



Las campanas de San Marcos tañeron la medianoche, y la brisa salina del Adriático acariciaba las callejuelas de piedra. Isabella caminaba en silencio, envuelta en una capa de terciopelo azul marino. La seda de su vestido rozaba su piel como un susurro, y en su pecho el corazón latía como un tambor de guerra.

Lorenzo la esperaba en su taller secreto, una buhardilla oculta en el corazón de Dorsoduro, con vista directa a los canales. La luz de la luna se colaba por los ventanales altos, iluminando los lienzos y el polvo dorado que flotaba en el aire como un hechizo suspendido.

Cuando Isabella cruzó el umbral, Lorenzo se giró lentamente. Su mirada la recorrió sin palabras, como si la hubiese estado soñando.

—Prometiste venir —dijo él, con voz baja y temblorosa.

—Y aquí estoy —respondió ella, soltando la capa que cayó a sus pies como un suspiro de terciopelo.

La luna la desnudó lentamente, vistiéndola de sombras y luz. Su piel blanca resplandecía como mármol tibio bajo la noche veneciana. Lorenzo dio un paso atrás, temblando ante tanta belleza. Tomó sus pinceles, pero su mano vaciló.

—No puedo… es demasiado —murmuró—. Eres arte puro.

—Entonces no pienses —susurró Isabella acercándose—. Solo siente.

Se sentó en el diván cubierto con sábanas de lino. Posó con naturalidad, sin pudor, como si en otra vida ya hubiera sido pintada así mil veces. Sus ojos no se apartaban de los de él.

Lorenzo empezó a pintar. Los trazos eran suaves, reverentes. Pintaba con el alma, con el pulso del amor latiendo en cada línea. Afuera, el agua del canal golpeaba suavemente las piedras, como un aplauso mudo de la historia que se escribía esa noche.

Horas después, cuando el retrato comenzó a cobrar vida, Lorenzo dejó caer el pincel. Se acercó a ella, y con la punta de sus dedos recorrió la curva de su mejilla, su cuello, la clavícula…

—Eres mi inspiración eterna, Isabella. Aunque me quiten la vida, jamás podrán arrancarte de mi alma.

Ella lo envolvió con sus brazos, y sus labios se encontraron por fin. Fue un beso largo, dulce, desesperado. Una promesa sin palabras.
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Entry date Aug 5, 2025, 10:21 PM UTC
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Author 100.00 %. Holder marta vazquez digat. Date Aug 5, 2025.


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