Alicia no se sabía contestar pero le gustaba
08/11/2024
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About the work

https://valentina-lujan.es/trans/Alicianosesabi.pdf
pero le gustaba, de todos modos y aunque fuese a tontas y a locas ― o tal vez sólo precisamente por eso ―, como total no iba a enterarse nadie, responderse que no.
«¡No podrás!», se decía.
¿Por qué?
Pues por el mero capricho de llevar la contraria a su propia hermana que tenía aquella antipática manía de, siempre que le planteaba alguna de sus cuitas, decirle, indefectiblemente, piensa.
A piensa la había instado cierto día ― lo recordaba claramente ― en que habiendo recibido de la mamá de Rosarito una notita por mano de la niña advirtiendo que iba a ir a visitarla mañana, a la hora del recreo, al objeto de recabarle no importaba en este momento qué embarazosa explicación acerca de algo por lo que estaba molesta, Alicia enjaretó como buenamente pudo, en mente, la explicación idónea a lo que dio en suponer iba a ser la demanda de la madre de la interfecta, pero, irresoluta o deseosa de saber qué tal iba a sonar dada en palabras, decidió dársela, nada más para ensayar, por teléfono a su hermana.
–No sé, Alicia ― objetó aquella, una vez la hubo escuchado ―, si me parece del todo convincente.
– ¿Y tienes por ventura otra mejor? ― había replicado Alicia poniéndole, con la mano libre, la comida a Aristóteles.
Y, la otra, que ella no sabía pero que ― ahí es donde quería ella llegar — pensara un poco.
–Piensa — le había dicho.
Y Alicia pensó, largo y tendido, pero ahí estaba sin nada en la cabeza que argüir mientras que, a él, su Aristóteles, sólo le faltaba ya lamer el plato.
Y que si estaba ahí; la hermana.
-Sí —repuso; aunque no había que perder los nervios porque él, Aristóteles, comía siempre muy rápido.
– ¿Y qué?
–Paté de salmón.
– ¡Oh, Alicia, esquivando los problemas no se soluciona nunca nada!
Y que lo que tenía que hacer era cerrar la boca a esa insolente.
– Pero, ¿cómo? — Retirando el plato y colocándolo encima del aparador pensativa ― Considerando, además, que la necesito.
– ¿La necesitas? ― Escéptica la hermana ― ¿A Sole? ¿Estás segura de que necesitas a Sole?
– ¿Cómo saco adelante, sin ella, el tema tan enredadísimo como está de los pichones? ― inquirió a su vez por toda respuesta.
– ¡Tonterías! Además, ¿no eran perdices?
–Ese es el lío; y esa chica tiene una memoria estupenda.
–Bobadas, insisto. Cuando eso era hace mucho, además; los criterios de la docencia han ido cambiando, Alicia, y los métodos, y ahora mismo mucho más que el memorizar lo importante es el razonamiento.
– ¿Eso es lo que tú crees? —no sabía Alicia por qué le contaba sus cosas a su hermana, tan poquito que la comprendía.
– ¡Pues claro, hija! — y que lo que tenía que hacer era olvidarse de Sole porque, Alicia, esa chica es muy torpe si bien, convenía tenerlo presente si no se quería pecar de sectaria, y según lo pensó lo dijo en alto —: esto no es ni la mitad de delicado que el asunto aquel de la Prieto, o de Elvira, te tienes que acordar, con el tema de la carnicería...
–Charcutería ― rectificó.
–No, querida ― la hermana ―, carnicería que me acuerdo muy bien porque a qué, si no, que acuérdate si quieres que lo sabía todo el barrio y hasta aquellos tres primos más malos que demonios de… ¿era la Rebolledo?
–No…
– ¿No era la Rebolledo?
–Sí, pero no me quiero acord…
–Ah, no te quieres acordar… ¿Cómo entonc…
–Sí quiero; pero no de la Rebolledo.
–De acuerdo, Alicia — condescendiente la hermana —; dime, entonces, de quién te quieres acordar y procuraré ayudarte.
– De nadie.
– Alicia, cariño — al límite de su paciencia y emitiendo un profundo suspiro la hermana — pero, basta que me lo pidas, y mira que lo siento, para que me acuerde de alguien.
– Ya, pero de lo que quiero yo acordarme es de algo.
– Si, pero…¿de qué?
– ¿Cómo que de qué? ¿No te lo estoy diciendo?
– Es que, si me dieras una pista o algo…
– ¿Algo? ¿Que te dé algo cuando es justo lo que te estoy pidiendo?
– No sé. Espera a ver. Déjame hacer memoria…
– ¡Memoria! ¡Tú hacer memoria! Es gracioso. De verdad que es gracioso. Te conozco, Elena; somos hermanas hace muchos años y sé que tienes una memoria enorme, llena de recuerd…
– ¿En serio, Alicia, muchos?
– Muchísimos, recuerdos de gentes y de lugares con sus caras y sus nombres, y con sus tejados, sus iglesias, sus riachuelos con sus pececillos y sus…
– ¿Cuántos?
– Ah. Eso no sé. Si los contaste no me dijiste nada.
– Años. Años. Te estoy preguntando cuántos.
– Con exactitud no sabría yo decirte, la verdad. Pero calculo así a bulto que deben de ser bastantes…
– ¿Tanto?
– Y tanto que tanto. Éramos pequeñas, y todo… Bueno, que no propiamente de pañales, entiéndeme; pero sí que como de seis o siete años… Ocho, todo lo más, tal vez…
– O sea, que al colegio íbamos y sabíamos leer ¿Es eso?
– Pues claro. Leer y contar y hasta un poquito inglés…

Literary: Other
transgresiones
prosa
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Title Alicia no se sabía contestar pero le gustaba
https://valentina-lujan.es/trans/Alicianosesabi.pdf
pero le gustaba, de todos modos y aunque fuese a tontas y a locas ― o tal vez sólo precisamente por eso ―, como total no iba a enterarse nadie, responderse que no.
«¡No podrás!», se decía.
¿Por qué?
Pues por el mero capricho de llevar la contraria a su propia hermana que tenía aquella antipática manía de, siempre que le planteaba alguna de sus cuitas, decirle, indefectiblemente, piensa.
A piensa la había instado cierto día ― lo recordaba claramente ― en que habiendo recibido de la mamá de Rosarito una notita por mano de la niña advirtiendo que iba a ir a visitarla mañana, a la hora del recreo, al objeto de recabarle no importaba en este momento qué embarazosa explicación acerca de algo por lo que estaba molesta, Alicia enjaretó como buenamente pudo, en mente, la explicación idónea a lo que dio en suponer iba a ser la demanda de la madre de la interfecta, pero, irresoluta o deseosa de saber qué tal iba a sonar dada en palabras, decidió dársela, nada más para ensayar, por teléfono a su hermana.
–No sé, Alicia ― objetó aquella, una vez la hubo escuchado ―, si me parece del todo convincente.
– ¿Y tienes por ventura otra mejor? ― había replicado Alicia poniéndole, con la mano libre, la comida a Aristóteles.
Y, la otra, que ella no sabía pero que ― ahí es donde quería ella llegar — pensara un poco.
–Piensa — le había dicho.
Y Alicia pensó, largo y tendido, pero ahí estaba sin nada en la cabeza que argüir mientras que, a él, su Aristóteles, sólo le faltaba ya lamer el plato.
Y que si estaba ahí; la hermana.
-Sí —repuso; aunque no había que perder los nervios porque él, Aristóteles, comía siempre muy rápido.
– ¿Y qué?
–Paté de salmón.
– ¡Oh, Alicia, esquivando los problemas no se soluciona nunca nada!
Y que lo que tenía que hacer era cerrar la boca a esa insolente.
– Pero, ¿cómo? — Retirando el plato y colocándolo encima del aparador pensativa ― Considerando, además, que la necesito.
– ¿La necesitas? ― Escéptica la hermana ― ¿A Sole? ¿Estás segura de que necesitas a Sole?
– ¿Cómo saco adelante, sin ella, el tema tan enredadísimo como está de los pichones? ― inquirió a su vez por toda respuesta.
– ¡Tonterías! Además, ¿no eran perdices?
–Ese es el lío; y esa chica tiene una memoria estupenda.
–Bobadas, insisto. Cuando eso era hace mucho, además; los criterios de la docencia han ido cambiando, Alicia, y los métodos, y ahora mismo mucho más que el memorizar lo importante es el razonamiento.
– ¿Eso es lo que tú crees? —no sabía Alicia por qué le contaba sus cosas a su hermana, tan poquito que la comprendía.
– ¡Pues claro, hija! — y que lo que tenía que hacer era olvidarse de Sole porque, Alicia, esa chica es muy torpe si bien, convenía tenerlo presente si no se quería pecar de sectaria, y según lo pensó lo dijo en alto —: esto no es ni la mitad de delicado que el asunto aquel de la Prieto, o de Elvira, te tienes que acordar, con el tema de la carnicería...
–Charcutería ― rectificó.
–No, querida ― la hermana ―, carnicería que me acuerdo muy bien porque a qué, si no, que acuérdate si quieres que lo sabía todo el barrio y hasta aquellos tres primos más malos que demonios de… ¿era la Rebolledo?
–No…
– ¿No era la Rebolledo?
–Sí, pero no me quiero acord…
–Ah, no te quieres acordar… ¿Cómo entonc…
–Sí quiero; pero no de la Rebolledo.
–De acuerdo, Alicia — condescendiente la hermana —; dime, entonces, de quién te quieres acordar y procuraré ayudarte.
– De nadie.
– Alicia, cariño — al límite de su paciencia y emitiendo un profundo suspiro la hermana — pero, basta que me lo pidas, y mira que lo siento, para que me acuerde de alguien.
– Ya, pero de lo que quiero yo acordarme es de algo.
– Si, pero…¿de qué?
– ¿Cómo que de qué? ¿No te lo estoy diciendo?
– Es que, si me dieras una pista o algo…
– ¿Algo? ¿Que te dé algo cuando es justo lo que te estoy pidiendo?
– No sé. Espera a ver. Déjame hacer memoria…
– ¡Memoria! ¡Tú hacer memoria! Es gracioso. De verdad que es gracioso. Te conozco, Elena; somos hermanas hace muchos años y sé que tienes una memoria enorme, llena de recuerd…
– ¿En serio, Alicia, muchos?
– Muchísimos, recuerdos de gentes y de lugares con sus caras y sus nombres, y con sus tejados, sus iglesias, sus riachuelos con sus pececillos y sus…
– ¿Cuántos?
– Ah. Eso no sé. Si los contaste no me dijiste nada.
– Años. Años. Te estoy preguntando cuántos.
– Con exactitud no sabría yo decirte, la verdad. Pero calculo así a bulto que deben de ser bastantes…
– ¿Tanto?
– Y tanto que tanto. Éramos pequeñas, y todo… Bueno, que no propiamente de pañales, entiéndeme; pero sí que como de seis o siete años… Ocho, todo lo más, tal vez…
– O sea, que al colegio íbamos y sabíamos leer ¿Es eso?
– Pues claro. Leer y contar y hasta un poquito inglés…
Work type Literary: Other
Tags transgresiones, prosa

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Identifier 2408119083385
Entry date Aug 11, 2024, 9:55 AM UTC
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Author. Holder La abuela Palmira. Date Aug 11, 2024.


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