About the work
Candela acaba de terminar la carrera de económicas, decide apuntarse a un campo de trabajo de arqueología solo por salir de Madrid en un tórrido verano. Su primera opción es un curso en La Soborna, pero no se lo puede permitir. Tampoco puede permitirse el viaje que sus amigas han planeado por Francia. Un poco a rastras aparece en el campo de arqueología de Cadalso de los Vidrios que marcará el resto de su vida. Allí conoce a Ian, un arqueólogo inglés que, como Candela, ha desembarcado allí como podía haber caído en cualquier otro sitio: ha salido huyendo de Manchester o de Londres —no le queda muy claro—, necesita pensar. Al contrario que a Candela, a él sí le interesa la arqueología. Sin embargo, el contenido del campo de trabajo, el arqueólogo que lo dirige y el albergue en el que residen les gusta tan poco que deciden marcharse, «desertar», como propone Ian.
Se dirigen al sur. Una noche, en una espectacular playa bajo las estrellas, Ian —inmejorable relator de cuentos y leyendas— le cuenta a Candela que los pingüinos son monógamos, pero que solo están juntos una vez al año —unos veinte o treinta días—, el resto permanecen separados hasta que llega de nuevo la fecha en la que se encuentran en el mismo lugar, reconociéndose por el sonido. Siempre con la misma pareja, durante toda su vida. Candela y Ian deciden vivir su historia de la misma forma que los pingüinos: se encontrarán cada año, el mismo mes y en el mismo lugar: Conil de la Frontera.
A partir de ese momento, Candela cuenta cómo va transcurriendo su vida en el Madrid de los años ochenta, viviendo la movida, independizándose de su familia, buscando su lugar en el mundo, tirándose en picado a un abismo de drogas, alcohol, música y vida desenfrenada. Todos los meses de julio los pasa con Ian en su «paraíso particular»: las espectaculares playas de Conil de la Frontera. Durante este mes desconecta de la locura madrileña, se calma y se enamora un poco más cada año del inglés cuya vida es un misterio que Candela no es capaz de descifrar. Y tampoco le importa.
Por otra parte, la figura de Blanca, tía de Candela, la mujer que más admira, la mantiene suficientemente cuerda como para sobrevivir en mitad del «campo de minas» en el que se ha convertido el barrio de Malasaña.
Desde el año mil novecientos ochenta hasta el año dos mil —cada uno de los capítulos de la novela se corresponde con un año— recorremos la evolución en la vida de Candela que ella misma nos cuenta en primera persona. Conoceremos a sus compañeros de piso: Tito y Manu, una pareja de chicos que la cuidan, la miman y le dan de comer y Abril, la chica azul que vive de noche. A los compañeros de trabajo: con Emilio, «el ingeniero técnico renegado» a la cabeza y Luci, la mujer transexual, mecánica, experta en bicicletas. A su familia: Su padre contable, su madre conservadora, sus hermanas, Sol y Estrella, aspirantes a esposas y madres. A sus amigas del alma: Olga y Almudena, a las que abandona un tiempo para recuperarlas para siempre después. A Juan Miguel, aspirante a novio de Candela. A Toño, el simpático hostelero que los cuida en el hotel del sur. A Ethan, el primo londinense de Ian. Y a unas cuantas personas más, con un papel secundario, pero no menos relevante. Brillando por encima de cada una de las personas de su vida y de las que se va encontrando por el camino: Blanca, hermana de la madre. Una mujer independiente, el modelo de Candela: aspira a ser como ella.
Sabremos de la vida de todos y cada una, de sus alegrías y penas y cómo influyen en la vida de Candela, cómo le hacen feliz unas veces y llorar otras, pero nunca la dejan indiferente. De telón de fondo Madrid, surgiendo desde la movida, esplendoroso y feliz para ir decayendo en una nostalgia en la que solo vale cuánto tienes para ser alguien.
Candela sabe de Ian lo que le cuenta durante el mes que viven juntos, pero sospecha que oculta algo, que esa vida de arqueólogo nómada, saltando de país en país, de continente en continente alberga una trastienda que Ian se calla. Pero, es tan intensa la relación, la complicidad, tan fuerte el hilo que los une que ni ella ni él ponen más atención que en vivir a tope los treinta y un días al año que se conceden. Ni ella ni él añora otra manera de vivir ese amor. Son felices así, al menos Candela lo es. No se le come la rutina ni se le arruina el profundo sentimiento por el desgaste de la convivencia. Y, sobre todo, es libre e independiente, tal como ella quería, tal como deseaba: parecerse a Blanca.
En el año dos mil Candela ha crecido, tiene cuarenta y tres años, ha pasado por experiencias que la han vapuleado sin piedad, ha superado sus ataques de pánico, ha encontrado su lugar en el mundo, ha encarado con éxito su profesión, ha descubierto el mundo del arte, ha logrado comprender a su familia, se ha serenado.
Y sin embargo…
Creativity declaration
100% human created
Declaration Date:
Jun 11, 2024, 5:55 PM
Identification level:
Medium
Fictional content
Declaration Date:
Jun 11, 2024, 5:55 PM
Identification level:
Medium
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Title Llámame pingüina
Candela acaba de terminar la carrera de económicas, decide apuntarse a un campo de trabajo de arqueología solo por salir de Madrid en un tórrido verano. Su primera opción es un curso en La Soborna, pero no se lo puede permitir. Tampoco puede permitirse el viaje que sus amigas han planeado por Francia. Un poco a rastras aparece en el campo de arqueología de Cadalso de los Vidrios que marcará el resto de su vida. Allí conoce a Ian, un arqueólogo inglés que, como Candela, ha desembarcado allí como podía haber caído en cualquier otro sitio: ha salido huyendo de Manchester o de Londres —no le queda muy claro—, necesita pensar. Al contrario que a Candela, a él sí le interesa la arqueología. Sin embargo, el contenido del campo de trabajo, el arqueólogo que lo dirige y el albergue en el que residen les gusta tan poco que deciden marcharse, «desertar», como propone Ian.
Se dirigen al sur. Una noche, en una espectacular playa bajo las estrellas, Ian —inmejorable relator de cuentos y leyendas— le cuenta a Candela que los pingüinos son monógamos, pero que solo están juntos una vez al año —unos veinte o treinta días—, el resto permanecen separados hasta que llega de nuevo la fecha en la que se encuentran en el mismo lugar, reconociéndose por el sonido. Siempre con la misma pareja, durante toda su vida. Candela y Ian deciden vivir su historia de la misma forma que los pingüinos: se encontrarán cada año, el mismo mes y en el mismo lugar: Conil de la Frontera.
A partir de ese momento, Candela cuenta cómo va transcurriendo su vida en el Madrid de los años ochenta, viviendo la movida, independizándose de su familia, buscando su lugar en el mundo, tirándose en picado a un abismo de drogas, alcohol, música y vida desenfrenada. Todos los meses de julio los pasa con Ian en su «paraíso particular»: las espectaculares playas de Conil de la Frontera. Durante este mes desconecta de la locura madrileña, se calma y se enamora un poco más cada año del inglés cuya vida es un misterio que Candela no es capaz de descifrar. Y tampoco le importa.
Por otra parte, la figura de Blanca, tía de Candela, la mujer que más admira, la mantiene suficientemente cuerda como para sobrevivir en mitad del «campo de minas» en el que se ha convertido el barrio de Malasaña.
Desde el año mil novecientos ochenta hasta el año dos mil —cada uno de los capítulos de la novela se corresponde con un año— recorremos la evolución en la vida de Candela que ella misma nos cuenta en primera persona. Conoceremos a sus compañeros de piso: Tito y Manu, una pareja de chicos que la cuidan, la miman y le dan de comer y Abril, la chica azul que vive de noche. A los compañeros de trabajo: con Emilio, «el ingeniero técnico renegado» a la cabeza y Luci, la mujer transexual, mecánica, experta en bicicletas. A su familia: Su padre contable, su madre conservadora, sus hermanas, Sol y Estrella, aspirantes a esposas y madres. A sus amigas del alma: Olga y Almudena, a las que abandona un tiempo para recuperarlas para siempre después. A Juan Miguel, aspirante a novio de Candela. A Toño, el simpático hostelero que los cuida en el hotel del sur. A Ethan, el primo londinense de Ian. Y a unas cuantas personas más, con un papel secundario, pero no menos relevante. Brillando por encima de cada una de las personas de su vida y de las que se va encontrando por el camino: Blanca, hermana de la madre. Una mujer independiente, el modelo de Candela: aspira a ser como ella.
Sabremos de la vida de todos y cada una, de sus alegrías y penas y cómo influyen en la vida de Candela, cómo le hacen feliz unas veces y llorar otras, pero nunca la dejan indiferente. De telón de fondo Madrid, surgiendo desde la movida, esplendoroso y feliz para ir decayendo en una nostalgia en la que solo vale cuánto tienes para ser alguien.
Candela sabe de Ian lo que le cuenta durante el mes que viven juntos, pero sospecha que oculta algo, que esa vida de arqueólogo nómada, saltando de país en país, de continente en continente alberga una trastienda que Ian se calla. Pero, es tan intensa la relación, la complicidad, tan fuerte el hilo que los une que ni ella ni él ponen más atención que en vivir a tope los treinta y un días al año que se conceden. Ni ella ni él añora otra manera de vivir ese amor. Son felices así, al menos Candela lo es. No se le come la rutina ni se le arruina el profundo sentimiento por el desgaste de la convivencia. Y, sobre todo, es libre e independiente, tal como ella quería, tal como deseaba: parecerse a Blanca.
En el año dos mil Candela ha crecido, tiene cuarenta y tres años, ha pasado por experiencias que la han vapuleado sin piedad, ha superado sus ataques de pánico, ha encontrado su lugar en el mundo, ha encarado con éxito su profesión, ha descubierto el mundo del arte, ha logrado comprender a su familia, se ha serenado.
Y sin embargo…
Work type Narrative, Essay
Tags novela, sentimental
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Registry info in Safe Creative
Identifier 2406118225157
Entry date Jun 11, 2024, 5:55 PM UTC
License All rights reserved
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Copyright registered declarations
Author. Holder Elena Laseca Ferrández. Date Jun 11, 2024.
Information available at https://www.safecreative.org/work/2406118225157-llamame-pinguina