Deja que te cuente una historia. Una que me heló el aliento, que me erizó hasta el último de los cabellos, que abrió mis ojos como los del condenado a muerte aguardando su hora. Sucedió en la ciudad que nunca duerme, un treinta y uno de octubre de un año cualquiera de una década en que los hombres aún se adornaban la cabeza con sombreros de fieltro y las mujeres ocultaban sus rodillas bajo largas faldas.