A sus treinta y cinco años, África puede estar contenta. Es de las periodistas deportivas más famosas de España, acaba comprarse un piso y tiene un novio que está muerto de amor por ella. Pero su vida da un vuelco cuando, tras una caída en patines, sufre una lesión en la médula y pierde por completo la movilidad de las piernas. Podría volver a caminar en unos meses, en años o tal vez nunca. Luego del descanso médico, de regreso a su trabajo, descubre que la han ascendido: ya no es conductora ni estará frente a las cámaras, sino que ahora trabajará como editora en una oficina. Encima es la peor época de lluvia en Madrid de los últimos cincuenta años y, por un chubasco casi apocalíptico que bloquea las calles cercanas, debe tomar el metro para regresar a casa. En una de las estaciones, el vagón es invadido por una decena de personas en silla de ruedas con ropa deportiva y unas raquetas de lo más raras. Al verla, la reconocen y se le acercan para pedirle un favor. Son jugadores de pickleball y buscan que su deporte sea inscrito en los paralímpicos. Tal vez África podría ayudarles con un reportaje o lo que sea que pueda darles visibilidad. Un poco a la fuerza, la periodista acepta, pero su ascenso resulta ser más falso que moneda de tres euros y el directorio del programa veta el reportaje por considerarlo poco relevante. Un golpe bajo que, por un lado, la deja mal parada con los pickleballistas y con la entrenadora que… resulta ser ni más ni menos que su exnovia, a quien hace algunos años dejó plantada en el aeropuerto cuando no llegó nunca a abordar el avión que debía llevarlas a construir una vida juntas. Pero además, el asunto le indigna tanto que termina montando un escándalo, sin saber que está siendo grabada por uno de sus compañeros y que, en cuestión de minutos, el video se volverá viral. Y que le costará un despido.
En adelante, la situación no mejora. En realidad, la vida de África parece ir en picada. No logra conseguir un nuevo trabajo, termina con el novio y su nuevo departamento, un primero sin ascensor, es una pesadilla para la silla de ruedas. Por suerte está Ignacio, uno de los pickleballistas con quien vuelve a coincidir y que se comporta como su Virgilio en el mundo de la movilidad reducida: desde fiestas de parapléjicos hasta encuentros de citas a ciegas. Y también quien la propone como la relacionista público del equipo de Pickleball, luego de que África organice una tremenda fiesta para conseguir el dinero para una gira deportiva por algunos pueblos de la península. Muy a pesar de Carmen, la entrenadora, a quien la idea no le hace ninguna gracia. El obstáculo más grande, sin embargo, no será encontrar trabajo, un nuevo piso o enfrentar su miedo a quedarse sola, sino aprender a aceptarse a sí misma. Lo que, contra lo que hubiera pensado, tiene poco que ver con la silla de ruedas.
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