La peonza se tuneaba como los niños personalizamos cualquier objeto que nos perteneciera para diferenciarnos del resto. Las nuestras estaban pintadas con rotuladores de colores y les habíamos clavado chinchetas para darle un estilo apocalíptico de coche de Mad Max. Amábamos nuestras peonzas como si fueran seres vivos; las mirábamos rodar con los mismos ojos enamorados del que ve a una novia danzar.