About the work
FINAL 5
La noche estaba oscura, silbaba el viento y no dejaba de nevar. William empezó a caminar por la linde, la que separaba el bosque de la carretera. Entrar en el espeso bosque, en una noche infernal, enfermo y perseguidos por muertos vivientes, fantasmas o zombis, (llámenle como queráis) era firmar con sangre su propia muerte, y la de su perro Dawn, pues, se escuchaba y no muy lejos de allí, aullidos de lobos hambrientos. William trataba dominar el pánico, era la única manera de poder dar pasos hacia delante. Llevaba una hora aproximada caminando, se detuvo un momento para reponer fuerza. Sus rodillas les fallaron y dio con ellas al suelo, se agarró a su perro para sujetarse, y con dificultad, volvió a ponerse de pie. Se acercó hasta el árbol que estaba a unos metros de la fuente, y se sentó bajo del mismo. Recostó la espalda y su cabeza en el tronco. Dawn, se echó a su lado. William sacó de su mochila el mapa, lo alumbró con su linterna. Según el mapa, estaba muy cerca de la finca. De la fuente hasta la vivienda, podría haber unos seiscientos o novecientos metros. Suspiró aliviado, ya le queda poco para llegar a su destino. Acarició a su perro para trasmitirle su ansiada victoria, le advirtió que no ladrase, pues los lobos andaban cerca. William echó la luz de su linterna hacia la fuente. Un sudor frío helaba sus carnes y su sangre. Allí estaban los muertos, mirándolo con los ojos cada vez más hundidos, y sus rostros descompuestos y agrietados.
William tembloroso fue alumbró uno por uno. A Germán le faltaba la manga de la chaqueta, su carne la tenía amoratada y agrietada, de su mano le faltaban algunos dedos, pero no sangraba por ellos. La niña Abigail, le sonreía, con sus ojos blancos y hundidos. Aixa lo miraba sería, había perdido parte de su cabello, y el poco que le quedaba lo tenía congelado. A Rachel no le veía el rostro con la capucha puesta, pero William no tenía dudas, era él. A pasos lentos, aquella cosa en grupo, empezaron a caminar hacia William.
— ¡Malditos seáis! ¿Qué queréis de mí? Dejadme en paz ¡Dawn, tenemos que seguir! ¡Vamos Dawn, rápido!
Mis pasos se hundían en la nieve, se me hacía muy difícil caminar y menos correr. Dawn seguía a mi lado, de vez en cuando volvía su cabeza, para ladrar a los monstruos que nos pisaban los talones. Busque la linde, por donde estaba menos nevado. Pude aligerar el paso hasta llegar a un muro de piedras; el muro me llegaba a la cintura, con dificultad salté al otro lado. El muro me haría ganar tiempo. Seguí avanzando hasta acercarme a una tapia, la fui rodeando hasta encontrar la entrada, la puerta de madera estaba recostada sobre la pared. Entré allí. Era una pequeña casa en ruina, más bien parecía un salón con dos puertas, una por la que entre y la otra estaba enfrente. Del salón de arriba solo quedaba la escalera. Solo tenía las paredes de pie, la mayor parte del techo estaba derrumbado. Fui alumbrando su interior, no había nada de muebles, solo había debajo del hueco de la escalera una estantería con carpetas, casi cubiertas por escombros, hojas secas y por telarañas. Estar allí no me daba confianza, decidí salir de aquel lugar. Volví hacia la entrada por la que entré, alumbré el exterior. Había dejado de nevar. Repasé fuera todo lo que alcanzaba con la luz, las palpitaciones empezaron acelerarse cada vez más, pensé morirme de un infarto. Allí estaban a unos metros de la entrada de aquella ruinosa casa. Busqué con la luz la puerta de madera que antes había visto, la cogí y la puse en la entrada. La aseguré con unas vigas que estaban esparcidas por el suelo, habían caído del techo. Me fui hacia la otra puerta de enfrente, esa puerta era más estrecha y tenía una alcáncela a media altura. Alumbré el exterior. ¡Era un cementerio! Las lapidas estaban descuidadas, muchas cruces estaban caídas. La vegetación había crecido salvaje, como si quisieran proteger el sueño eterno de los muertos, de aquellos cuerpos, un día fueron enterrados en aquel cementerio. Me fui debajo de la ruinosa escalera, me sujeté con la estantería y me fui dejando caer hasta sentarme en el suelo. Algunas carpetas cayeron junto a mí. Aquellos papeles me podrían servir para calentar mis manos. Abrí una de ellas, alumbré con la linterna los amarillentos papeles,sus letras se podían leer muy bien. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me sentía muy mal. Cuando tenía en mis manos aquellos documentos: Los archivos de los muertos. Mis manos temblaron, a la vez que una gran curiosidad me atrapaba. Las ganas de saber no me dejaban reflexionar. Me preguntaba a mí mismo ¿Quién se esconde detrás de este escrito, me atrapa como un imán? Por unos momentos pensé. Yo no debería estar aquí, y menos registrando estos archivos, aunque estén abandonados son privados.
Print work information
Work information
Title 1 LOS ARCHIVOS DE LOS MUERTOS
FINAL 5
La noche estaba oscura, silbaba el viento y no dejaba de nevar. William empezó a caminar por la linde, la que separaba el bosque de la carretera. Entrar en el espeso bosque, en una noche infernal, enfermo y perseguidos por muertos vivientes, fantasmas o zombis, (llámenle como queráis) era firmar con sangre su propia muerte, y la de su perro Dawn, pues, se escuchaba y no muy lejos de allí, aullidos de lobos hambrientos. William trataba dominar el pánico, era la única manera de poder dar pasos hacia delante. Llevaba una hora aproximada caminando, se detuvo un momento para reponer fuerza. Sus rodillas les fallaron y dio con ellas al suelo, se agarró a su perro para sujetarse, y con dificultad, volvió a ponerse de pie. Se acercó hasta el árbol que estaba a unos metros de la fuente, y se sentó bajo del mismo. Recostó la espalda y su cabeza en el tronco. Dawn, se echó a su lado. William sacó de su mochila el mapa, lo alumbró con su linterna. Según el mapa, estaba muy cerca de la finca. De la fuente hasta la vivienda, podría haber unos seiscientos o novecientos metros. Suspiró aliviado, ya le queda poco para llegar a su destino. Acarició a su perro para trasmitirle su ansiada victoria, le advirtió que no ladrase, pues los lobos andaban cerca. William echó la luz de su linterna hacia la fuente. Un sudor frío helaba sus carnes y su sangre. Allí estaban los muertos, mirándolo con los ojos cada vez más hundidos, y sus rostros descompuestos y agrietados.
William tembloroso fue alumbró uno por uno. A Germán le faltaba la manga de la chaqueta, su carne la tenía amoratada y agrietada, de su mano le faltaban algunos dedos, pero no sangraba por ellos. La niña Abigail, le sonreía, con sus ojos blancos y hundidos. Aixa lo miraba sería, había perdido parte de su cabello, y el poco que le quedaba lo tenía congelado. A Rachel no le veía el rostro con la capucha puesta, pero William no tenía dudas, era él. A pasos lentos, aquella cosa en grupo, empezaron a caminar hacia William.
— ¡Malditos seáis! ¿Qué queréis de mí? Dejadme en paz ¡Dawn, tenemos que seguir! ¡Vamos Dawn, rápido!
Mis pasos se hundían en la nieve, se me hacía muy difícil caminar y menos correr. Dawn seguía a mi lado, de vez en cuando volvía su cabeza, para ladrar a los monstruos que nos pisaban los talones. Busque la linde, por donde estaba menos nevado. Pude aligerar el paso hasta llegar a un muro de piedras; el muro me llegaba a la cintura, con dificultad salté al otro lado. El muro me haría ganar tiempo. Seguí avanzando hasta acercarme a una tapia, la fui rodeando hasta encontrar la entrada, la puerta de madera estaba recostada sobre la pared. Entré allí. Era una pequeña casa en ruina, más bien parecía un salón con dos puertas, una por la que entre y la otra estaba enfrente. Del salón de arriba solo quedaba la escalera. Solo tenía las paredes de pie, la mayor parte del techo estaba derrumbado. Fui alumbrando su interior, no había nada de muebles, solo había debajo del hueco de la escalera una estantería con carpetas, casi cubiertas por escombros, hojas secas y por telarañas. Estar allí no me daba confianza, decidí salir de aquel lugar. Volví hacia la entrada por la que entré, alumbré el exterior. Había dejado de nevar. Repasé fuera todo lo que alcanzaba con la luz, las palpitaciones empezaron acelerarse cada vez más, pensé morirme de un infarto. Allí estaban a unos metros de la entrada de aquella ruinosa casa. Busqué con la luz la puerta de madera que antes había visto, la cogí y la puse en la entrada. La aseguré con unas vigas que estaban esparcidas por el suelo, habían caído del techo. Me fui hacia la otra puerta de enfrente, esa puerta era más estrecha y tenía una alcáncela a media altura. Alumbré el exterior. ¡Era un cementerio! Las lapidas estaban descuidadas, muchas cruces estaban caídas. La vegetación había crecido salvaje, como si quisieran proteger el sueño eterno de los muertos, de aquellos cuerpos, un día fueron enterrados en aquel cementerio. Me fui debajo de la ruinosa escalera, me sujeté con la estantería y me fui dejando caer hasta sentarme en el suelo. Algunas carpetas cayeron junto a mí. Aquellos papeles me podrían servir para calentar mis manos. Abrí una de ellas, alumbré con la linterna los amarillentos papeles,sus letras se podían leer muy bien. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me sentía muy mal. Cuando tenía en mis manos aquellos documentos: Los archivos de los muertos. Mis manos temblaron, a la vez que una gran curiosidad me atrapaba. Las ganas de saber no me dejaban reflexionar. Me preguntaba a mí mismo ¿Quién se esconde detrás de este escrito, me atrapa como un imán? Por unos momentos pensé. Yo no debería estar aquí, y menos registrando estos archivos, aunque estén abandonados son privados.
Work type Literary: Other
Tags relatos, cuentos, otros., antología poética, fábulas, sonetos
-------------------------
Registry info in Safe Creative
Identifier 1901029501761
Entry date Jan 2, 2019, 5:10 PM UTC
License Creative Commons Attribution 4.0
-------------------------
Copyright registered declarations
Author. Holder Lola Román Barea. Date Jan 2, 2019.
Information available at https://www.safecreative.org/work/1901029501761-1-los-archivos-de-los-muertos