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Auré y varios chicos y chicas de entre 6 y 10 años asisten “a clase” debajo de un árbol de ancha copa. Se sientan en la hierba. En cuanto acaba la clase, los niños salen pitando. Se bañan en el río. Al otro lado de éste se encuentra un formidable bosque de copaiferas, muchos de cuyos árboles miden hasta 30 metros. Hay niños que ayudan a sus padres a pescar. Se suben a un árbol para coger su fruta, desde el que observan a un guacamayo. Persiguen a un armadillo. Descubren una drosera (planta carnívora). Atrapan una hormiga, la introducen en la planta y observan fascinados cómo la planta se traga al insecto. Una mujer amamanta a una guatusa (un pequeño roedor). Se suben a una casa construida en un árbol y juegan con los monos que se cuelan por la puerta. Por la noche, la Abuela de Auré le hace un hueco en su hamaca y le relata historias de su juventud, cuando ni siquiera conocían al hombre blanco. Auré, agotado, se duerme enseguida. Auré y una amiguita cogen renacuajos en una charca. A Auré le pica una mosca negra en un hombro, pero no le da importancia y sigue cogiendo renacuajos. Mientras juega en la aldea con un mono amaestrado, que es casi uno más de su familia, Auré se rasca en el hombro. La abuela de Auré observa, de noche, mientras el niño está tumbado en la cama cómo se rasca la cadera. La abuela acerca una vela al niño y observa una erupción papulosa en su cadera. De día, una especie de médico-hechicero, le pone un cataplasma a Auré en la cadera y el hombro. Pasan las semanas. La enfermedad no remite. Al contrario, Auré empeora. Mientras asiste a clase, se rasca una protuberancia que sobresale en su cuello. Con el tiempo se produce una hiperpigmentación en varias partes de su cuerpo, llamada “piel de leopardo”. A su vez, Auré comienza a tener problemas oculares: conjuntivitis, queratitis, etc. El médico-chamán del poblado recurre a una especie de magia negra para ahuyentar la enfermedad, consistente en un baile frenético alrededor del niño mientras arroja extraños polvos de colores. Un día en que los niños están practicando el tiro con arco, Auré yerra todos los tiros. Incluso cuando se acerca, falla: entonces comprende que se está quedando ciego. Sin pérdida de tiempo emprende una tarea urgente: memorizar todos los rostros de los habitantes de la aldea, todos los animales que pueda, las plantas, los árboles. El temido día de la ceguera total llega un año después de la picadura de la mosca negra. Con la paciente ayuda de su abuela, Auré comienza a aprender a vivir siendo ciego. Va haciendo progresos, de modo que no sea una carga para los demás. Aprende cómo guiarse por la aldea, cómo ir hasta el río, cómo pescar, a identificar a los animales por su ruido y a las personas por su voz. De noche, la abuela le relata lo más llamativo de lo que ha sucedido durante el día en la aldea. Los años pasan, y la abuela le sigue contando los aconteceres diarios. Son historias curiosas, fraternales, graciosas, típicas de un mundo que no conoce el estrés y la locura del mundo moderno. Así, Auré cumple 10 años, luego 15, luego 20. De noche, mientras su abuela se las cuenta, Auré trata de visualizar las historias pese a que sus protagonistas siguen teniendo las caras que memorizó con 7 años. Un día, siendo veinteañero, aparece por el poblado un médico de Médicos sin Fronteras. Observa a Auré y le prescribe un tratamiento de Ivermectina. (“Es un proceso muy lento. Puedes tardar 10 años en recuperar la vista, o quizá más, pero te aseguro que la recuperarás”. Su día a día no cambia. Tampoco los relatos diarios de la abuela. Un día, cumplidos ya los treinta años, Auré recupera la vista mientras está pescando. Para su sorpresa, el bosque situado al otro lado del río ha desaparecido. El río está sucio, contaminado. Un cartel reza: “Prohibido el baño y la pesca. Aguas contaminadas”. Auré regresa al poblado. Todo está sucio. Hay un par de borrachos durmiendo la mona. La gran casa de madera circular ha desaparecido; en su lugar hay un feo edificio de hormigón. Los niños juegan a la nintendo. Comen comida basura. Están gordos. Auré se tumba en la única tumbona existente y aguarda a que se haga de noche. Su abuela se sienta en una cama situada a su lado y comienza a relatarle –a inventarse- la historia de cada día, que es fruto de su imaginación y de sus recuerdos, tal y como lo ha venido haciendo durante los últimos años. Auré no puede reprimir las lágrimas mientras la escucha porque sabe que el mundo casi perfecto de su infancia ya no volverá jamás.
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Title LOS OJOS DEL AMAZONAS
Auré y varios chicos y chicas de entre 6 y 10 años asisten “a clase” debajo de un árbol de ancha copa. Se sientan en la hierba. En cuanto acaba la clase, los niños salen pitando. Se bañan en el río. Al otro lado de éste se encuentra un formidable bosque de copaiferas, muchos de cuyos árboles miden hasta 30 metros. Hay niños que ayudan a sus padres a pescar. Se suben a un árbol para coger su fruta, desde el que observan a un guacamayo. Persiguen a un armadillo. Descubren una drosera (planta carnívora). Atrapan una hormiga, la introducen en la planta y observan fascinados cómo la planta se traga al insecto. Una mujer amamanta a una guatusa (un pequeño roedor). Se suben a una casa construida en un árbol y juegan con los monos que se cuelan por la puerta. Por la noche, la Abuela de Auré le hace un hueco en su hamaca y le relata historias de su juventud, cuando ni siquiera conocían al hombre blanco. Auré, agotado, se duerme enseguida. Auré y una amiguita cogen renacuajos en una charca. A Auré le pica una mosca negra en un hombro, pero no le da importancia y sigue cogiendo renacuajos. Mientras juega en la aldea con un mono amaestrado, que es casi uno más de su familia, Auré se rasca en el hombro. La abuela de Auré observa, de noche, mientras el niño está tumbado en la cama cómo se rasca la cadera. La abuela acerca una vela al niño y observa una erupción papulosa en su cadera. De día, una especie de médico-hechicero, le pone un cataplasma a Auré en la cadera y el hombro. Pasan las semanas. La enfermedad no remite. Al contrario, Auré empeora. Mientras asiste a clase, se rasca una protuberancia que sobresale en su cuello. Con el tiempo se produce una hiperpigmentación en varias partes de su cuerpo, llamada “piel de leopardo”. A su vez, Auré comienza a tener problemas oculares: conjuntivitis, queratitis, etc. El médico-chamán del poblado recurre a una especie de magia negra para ahuyentar la enfermedad, consistente en un baile frenético alrededor del niño mientras arroja extraños polvos de colores. Un día en que los niños están practicando el tiro con arco, Auré yerra todos los tiros. Incluso cuando se acerca, falla: entonces comprende que se está quedando ciego. Sin pérdida de tiempo emprende una tarea urgente: memorizar todos los rostros de los habitantes de la aldea, todos los animales que pueda, las plantas, los árboles. El temido día de la ceguera total llega un año después de la picadura de la mosca negra. Con la paciente ayuda de su abuela, Auré comienza a aprender a vivir siendo ciego. Va haciendo progresos, de modo que no sea una carga para los demás. Aprende cómo guiarse por la aldea, cómo ir hasta el río, cómo pescar, a identificar a los animales por su ruido y a las personas por su voz. De noche, la abuela le relata lo más llamativo de lo que ha sucedido durante el día en la aldea. Los años pasan, y la abuela le sigue contando los aconteceres diarios. Son historias curiosas, fraternales, graciosas, típicas de un mundo que no conoce el estrés y la locura del mundo moderno. Así, Auré cumple 10 años, luego 15, luego 20. De noche, mientras su abuela se las cuenta, Auré trata de visualizar las historias pese a que sus protagonistas siguen teniendo las caras que memorizó con 7 años. Un día, siendo veinteañero, aparece por el poblado un médico de Médicos sin Fronteras. Observa a Auré y le prescribe un tratamiento de Ivermectina. (“Es un proceso muy lento. Puedes tardar 10 años en recuperar la vista, o quizá más, pero te aseguro que la recuperarás”. Su día a día no cambia. Tampoco los relatos diarios de la abuela. Un día, cumplidos ya los treinta años, Auré recupera la vista mientras está pescando. Para su sorpresa, el bosque situado al otro lado del río ha desaparecido. El río está sucio, contaminado. Un cartel reza: “Prohibido el baño y la pesca. Aguas contaminadas”. Auré regresa al poblado. Todo está sucio. Hay un par de borrachos durmiendo la mona. La gran casa de madera circular ha desaparecido; en su lugar hay un feo edificio de hormigón. Los niños juegan a la nintendo. Comen comida basura. Están gordos. Auré se tumba en la única tumbona existente y aguarda a que se haga de noche. Su abuela se sienta en una cama situada a su lado y comienza a relatarle –a inventarse- la historia de cada día, que es fruto de su imaginación y de sus recuerdos, tal y como lo ha venido haciendo durante los últimos años. Auré no puede reprimir las lágrimas mientras la escucha porque sabe que el mundo casi perfecto de su infancia ya no volverá jamás.
Work type Script
Tags drama
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Registry info in Safe Creative
Identifier 1812209383285
Entry date Dec 20, 2018, 3:49 PM UTC
License Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0
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Copyright registered declarations
Author. Holder jose luis azcarreta garcía. Date Dec 20, 2018.
Information available at https://www.safecreative.org/work/1812209383285-los-ojos-del-amazonas