PARTE nueve DE LA NOVELA
08/15/2017
1708153294176

About the work

Parte 9 "Flor y música para el funeral de Elisa".

El taxi dejó a las tres mujeres, en la puerta de una sala de baile. La música sonaba fuerte y alegre. Montse compró tres entradas.
“Esta noche invito yo” dijo Montse.
“La próxima vez invitó yo”, le dijo Genoveva.
“Pues yo pagaré la tercera, con esa escusa volvemos a bailar” contestó Fabrizia. A la vez que su cuerpo se movía con la música.
La sala estaba llena, de un público de hombres y mujeres, entre cuarenta, cincuenta y sesenta años.
La pista estaba completa, en esos momentos sonaba Shakira, todos intentaban coger el ritmo con sus cuerpos.
“Vámonos, las tres mosqueteras, a la barra para tomar un trago” dijo Montse riendo.
Dos horas más tarde, las tres mosqueteras, así se bautizaron ellas mismas, tomaron unas copas, reían y bebían, las tres intentaban hablar, pero se les hacía imposible, con el ruido de la música y la gente.
Salieron del local, las tres iban mareadas, casi borrachas. Se volvieron a montar en un taxi y se fueron al hostal. Una vez allí, Montse, encendió la luz de su bar, cogió unas botellas de la estantería y tres copas, con dificultad, por culpa del estado de embriaguez que las tres mujeres arrastraban, llevaron botellas y copas hasta una mesa y por fin consiguieron sentarse.
“Una última copa y adormir, como niñas buenas”, dijo Montse queriendo mostrarse formal, pero sin conseguirlo, sus risas se juntaros con las de Genoveva y Fabrizia.
“Yo no quiero ser buena Montse, una vez lo fui una chica buena, se aprovecharon de mí, me hicieron mucho daño”, contestó Genoveva, esta vez sin sonreír.
“Tienes toda la razón, amiga, yo también fui una mujer buena y se burlaron de mí”, dijo Montse con los ojos a punto de llorar.
“Yo fui una niña buena, y un mal nacido se aprovechó de mí, me hizo mucho daño”, dijo Fabrizia, apenas sin voz y llorando.
“¡Oh Dios mío, Fabrizia, nunca contaste eso!”, exclamó Genoveva abrazando a su amiga. Montse se unió aquel enternecedor abrazo.
“Y no me preguntéis, no pienso hablar de aquello”, aseguró Fabrizia con un rotundo no.
“Montse rellenó las copas de un licor dulce y seco, licor que se colaba fácil por la garganta.
Montse tomó un trago y empezó hablar.
“Mi niñez, no fue ni bien ni mal, o sea, regular. Mi madre era extremeña, y mi padre catalán. No me preguntéis como se conocieron, porque no lo sé, nunca se habló en casa de eso. Vivíamos en Cáceres, mi padre era un buen albañil, todos comíamos con su sueldo. Un día, le salió trabajo en su añorada tierra, Cataluña. Primero se vino él, y al mes arrastró con su mujer y sus cinco hijos, yo era la mayor de todos. Para mí fue un duro golpe, con catorce años me costó adaptarme aquí. A los diecisiete años dejé los estudios y me puse a trabajar, en esta misma pensión, le ayudaba en la cocina a doña Elvira, también le ayudaba a su único hijo Anselmo. Anselmo, solo era cuatro años mayor que yo, era guapo, y algún día no muy lejano, seria propietario del hostal, eso me gustaba, estaba cansada de ser pobre, y por aquel tiempo, el hostal daba mucho dinero. Para Anselmo fui una presa fácil, me enamoró rápido, aún más rápido caí en sus brazos. Me hizo suya. Fue fácil llevar en secreto nuestra relación. A la vez que arreglábamos las habitaciones, hacíamos el amor como dos locos inconscientes. Hasta que un día, llegó el señor Arnau, entró en su habitación, y nos pilló desnudos y metidos en su cama”.
A Montse les brillaban sus ojos como si estuviese viviendo aquellos felices momentos del pasado. Se detuvo un momento, dio un suspiro y sonrió, Genoveva y Fabrizia sonrieron con ella. Montse levantó su copa, Genoveva y Fabrizia levantaron también las suyas, el sonido del cristal sonó suave como las alas de un ángel.
Montse siguió con el relato de su vida, sus dos amigas eran todo oídos para ella.
“El señor Arnau, no tenía donde vivir, así que era el mejor cliente del hostal. Doña Elvira y el señor Arnau, eran como uña y carne. Siempre pensé, aquellos dos guardaban algún secreto.
El viejo Arnau, se dio media vuelta relatando, lo más bonito que nos llamaba era, “vaya par de sinvergüenzas” envolví mi cuerpo con la sábana y corrí tras de él, le rogué que no contara nada a doña Elvira, me despediría y mi familia dependía de mi sueldo.
El viejo no escuchaba mis suplicas, solo decía: “Cúbrete pecadora del demonio, desvergonzada”.
El cobarde de Anselmo, se fue corriendo escaleras abajo, y se puso en el bar a ordenar vasos y botellas, como si no fuese pasado nada. Yo, fui más lista que él, me volví a la habitación del viejo Arnau, registré cajones del armario y de la mesita de noche, no había nada importante, miré en un pequeño escritorio, allí había muchas cartas amarillentas, y notitas escritas en servilletas de papel. Miré algunas de aquellas cartas, destinatario Arnau, y remitente Elvira. Rápida me vestí, cogí las cartas y busqué al señor Arnau, aunque era fácil encontrarlo, siempre estaba en la mesa cerca de la tele, en efecto, allí estaba el viejo Arnau.
CONTINUA...
Autor Lola Barea

Literary: Other
cuentos
relatos
otros.
antología poética
fábulas
sonetos

Copyright registered declarations

LB
Lola Barea Barrera
Author
Consolidated inscription:
Attached documents:
0
Copyright infringement notifications:
0
Contact

Notify irregularities in this registration

Print work information
Work information

Title PARTE nueve DE LA NOVELA
Parte 9 "Flor y música para el funeral de Elisa".

El taxi dejó a las tres mujeres, en la puerta de una sala de baile. La música sonaba fuerte y alegre. Montse compró tres entradas.
“Esta noche invito yo” dijo Montse.
“La próxima vez invitó yo”, le dijo Genoveva.
“Pues yo pagaré la tercera, con esa escusa volvemos a bailar” contestó Fabrizia. A la vez que su cuerpo se movía con la música.
La sala estaba llena, de un público de hombres y mujeres, entre cuarenta, cincuenta y sesenta años.
La pista estaba completa, en esos momentos sonaba Shakira, todos intentaban coger el ritmo con sus cuerpos.
“Vámonos, las tres mosqueteras, a la barra para tomar un trago” dijo Montse riendo.
Dos horas más tarde, las tres mosqueteras, así se bautizaron ellas mismas, tomaron unas copas, reían y bebían, las tres intentaban hablar, pero se les hacía imposible, con el ruido de la música y la gente.
Salieron del local, las tres iban mareadas, casi borrachas. Se volvieron a montar en un taxi y se fueron al hostal. Una vez allí, Montse, encendió la luz de su bar, cogió unas botellas de la estantería y tres copas, con dificultad, por culpa del estado de embriaguez que las tres mujeres arrastraban, llevaron botellas y copas hasta una mesa y por fin consiguieron sentarse.
“Una última copa y adormir, como niñas buenas”, dijo Montse queriendo mostrarse formal, pero sin conseguirlo, sus risas se juntaros con las de Genoveva y Fabrizia.
“Yo no quiero ser buena Montse, una vez lo fui una chica buena, se aprovecharon de mí, me hicieron mucho daño”, contestó Genoveva, esta vez sin sonreír.
“Tienes toda la razón, amiga, yo también fui una mujer buena y se burlaron de mí”, dijo Montse con los ojos a punto de llorar.
“Yo fui una niña buena, y un mal nacido se aprovechó de mí, me hizo mucho daño”, dijo Fabrizia, apenas sin voz y llorando.
“¡Oh Dios mío, Fabrizia, nunca contaste eso!”, exclamó Genoveva abrazando a su amiga. Montse se unió aquel enternecedor abrazo.
“Y no me preguntéis, no pienso hablar de aquello”, aseguró Fabrizia con un rotundo no.
“Montse rellenó las copas de un licor dulce y seco, licor que se colaba fácil por la garganta.
Montse tomó un trago y empezó hablar.
“Mi niñez, no fue ni bien ni mal, o sea, regular. Mi madre era extremeña, y mi padre catalán. No me preguntéis como se conocieron, porque no lo sé, nunca se habló en casa de eso. Vivíamos en Cáceres, mi padre era un buen albañil, todos comíamos con su sueldo. Un día, le salió trabajo en su añorada tierra, Cataluña. Primero se vino él, y al mes arrastró con su mujer y sus cinco hijos, yo era la mayor de todos. Para mí fue un duro golpe, con catorce años me costó adaptarme aquí. A los diecisiete años dejé los estudios y me puse a trabajar, en esta misma pensión, le ayudaba en la cocina a doña Elvira, también le ayudaba a su único hijo Anselmo. Anselmo, solo era cuatro años mayor que yo, era guapo, y algún día no muy lejano, seria propietario del hostal, eso me gustaba, estaba cansada de ser pobre, y por aquel tiempo, el hostal daba mucho dinero. Para Anselmo fui una presa fácil, me enamoró rápido, aún más rápido caí en sus brazos. Me hizo suya. Fue fácil llevar en secreto nuestra relación. A la vez que arreglábamos las habitaciones, hacíamos el amor como dos locos inconscientes. Hasta que un día, llegó el señor Arnau, entró en su habitación, y nos pilló desnudos y metidos en su cama”.
A Montse les brillaban sus ojos como si estuviese viviendo aquellos felices momentos del pasado. Se detuvo un momento, dio un suspiro y sonrió, Genoveva y Fabrizia sonrieron con ella. Montse levantó su copa, Genoveva y Fabrizia levantaron también las suyas, el sonido del cristal sonó suave como las alas de un ángel.
Montse siguió con el relato de su vida, sus dos amigas eran todo oídos para ella.
“El señor Arnau, no tenía donde vivir, así que era el mejor cliente del hostal. Doña Elvira y el señor Arnau, eran como uña y carne. Siempre pensé, aquellos dos guardaban algún secreto.
El viejo Arnau, se dio media vuelta relatando, lo más bonito que nos llamaba era, “vaya par de sinvergüenzas” envolví mi cuerpo con la sábana y corrí tras de él, le rogué que no contara nada a doña Elvira, me despediría y mi familia dependía de mi sueldo.
El viejo no escuchaba mis suplicas, solo decía: “Cúbrete pecadora del demonio, desvergonzada”.
El cobarde de Anselmo, se fue corriendo escaleras abajo, y se puso en el bar a ordenar vasos y botellas, como si no fuese pasado nada. Yo, fui más lista que él, me volví a la habitación del viejo Arnau, registré cajones del armario y de la mesita de noche, no había nada importante, miré en un pequeño escritorio, allí había muchas cartas amarillentas, y notitas escritas en servilletas de papel. Miré algunas de aquellas cartas, destinatario Arnau, y remitente Elvira. Rápida me vestí, cogí las cartas y busqué al señor Arnau, aunque era fácil encontrarlo, siempre estaba en la mesa cerca de la tele, en efecto, allí estaba el viejo Arnau.
CONTINUA...
Autor Lola Barea
Work type Literary: Other
Tags cuentos, relatos, otros., antología poética, fábulas, sonetos

-------------------------

Registry info in Safe Creative

Identifier 1708153294176
Entry date Aug 15, 2017, 2:38 PM UTC
License Creative Commons Attribution 4.0

-------------------------

Copyright registered declarations

Author. Holder Lola Barea Barrera. Date Aug 15, 2017.


Information available at https://www.safecreative.org/work/1708153294176-parte-nueve-de-la-novela
© 2026 Safe Creative