About the work
Primera parte.
“Flor y música para el funeral de Elisa” Novela de amor, suspense y misterios
Todos guardamos secretos. Algunos, pueden llegar a ser inconfesables. Aún más, cuando, la vida dependa de mantenerlo en silencio.
La protagonista, guardaba uno tan terrible, del cual, dependerá su vida.
Genoveva, nació en el otoño de 1970, siempre vivió en un pueblo pequeño al sur de España.
Desde muy niña, ella ayudó a sus padres en la tienda de alimentación. La economía familiar era buena, y no le faltó de nada.
Una tarde lluviosa de otoño, Genoveva estaba decorando el almacén para
Celebrar la fiesta de sus dieciocho años. En ese preciso momento, unas vecinas avisaron a la joven, de la muerte repentina de su padre.
Genoveva pensaba que su madre, delicada de salud, moriría antes de su padre, pero no fue así. El corazón de un hombre maravilloso de repente se paró en frente del mostrador, en los brazos de su mujer.
Después de unos días de luto, la muchacha y su delicada madre, sacaron fuerzas y siguieron trabajando en su tienda de comestibles. Genoveva, trabajaba el doble, con la intención de que su madre no se agotara. No quería perder también a ella.
Cinco años más tarde de lo sucedido, su madre murió.
A pesar de la pena que sentía por la pérdida de sus preciosos padres, Genoveva siguió sola con el negocio.
Fabrizia, una viajera italiana, en uno de sus viajes a España, visitó el pueblo. Le gustó tanto que se quedó a vivir.
Fabrizia, alta y delgada, siempre con una bonita sonrisa, se integró muy bien entre sus habitantes, y los habitantes la aceptaron muy bien a ella.
El trabajo se le acumulaba a Genoveva tanto que contrató a Fabrizia para ayudarla en la tienda.
Eran las dos de la tarde de un caluroso julio de 1995, al sur de España. Genoveva y su ayudante, acababan de cerrar la puerta de la tienda. La italiana, como se le conocía en el pueblo, limpiaba la vitrina de las carnes mientras que la dueña Genoveva, reponía las estanterías con más géneros alimenticios.
¡Llamaron a la puerta!
-Fabrizia le preguntó a Genoveva, -¿qué hago, abro la puerta?
-Abre, abre, debe ser doña Gregoria. Siempre se le olvida algo a la hora de cerrar la tienda, pero, Gregoria es una de mis clientas de toda la vida.
La italiana abrió la puerta.
-”Genoveva, puedes venir, no es doña Gregoria, es un señor”
Genoveva se acercó hasta la puerta. En el umbral había un hombre de unos treinta años, atractivo y simpático. El hombre iba vestido de diario pero con una cierta elegancia.
“Ya hemos cerrado, señor” dijo Genoveva.
“¿La dueña de la tienda, por favor?” preguntó el hombre.
“Soy yo”, contestó la muchacha.
“Me llamo Hermes, soy representante”. El hombre le extendió su mano para saludarla. Ella correspondió el saludo.
“Lo siento señor Hermes, ahora no puedo atenderle. Los representantes suelen venir por la mañana temprano, o a partir de las cinco de la tarde. Si vienes de cinco a seis le puedo atender” dijo Genoveva.
“Esta tarde es imposible volver. Ha sido un placer de conocerla señora Genoveva, gracias por atenderme”.
Hermes le volvió a extender su mano. Ella le extendió la suya, añadiendo, “soy señorita Genoveva”.
“Oh, lo siento, señorita Genoveva! Gracias por su amable atención. Buenas tardes”.
“¡Qué hombre más guapo, Genoveva, está para comérselo, como una rica pasta a la carbonara!” Exclamó Fabrizia, la que había observado y escuchado toda la conversación.
“¡Calla, calla mujer!” le contestó Genoveva ruborizada y riendo. “Los representantes suelen ser amables para vender bien sus artículos. Por cierto, no será tan buen representante, no me ha dicho los productos que vende”.
Las dos mujeres sonriendo siguieron con sus quehaceres.
Lola Barea
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Title Mi psiquiatra va a matarme
Primera parte.
“Flor y música para el funeral de Elisa” Novela de amor, suspense y misterios
Todos guardamos secretos. Algunos, pueden llegar a ser inconfesables. Aún más, cuando, la vida dependa de mantenerlo en silencio.
La protagonista, guardaba uno tan terrible, del cual, dependerá su vida.
Genoveva, nació en el otoño de 1970, siempre vivió en un pueblo pequeño al sur de España.
Desde muy niña, ella ayudó a sus padres en la tienda de alimentación. La economía familiar era buena, y no le faltó de nada.
Una tarde lluviosa de otoño, Genoveva estaba decorando el almacén para
Celebrar la fiesta de sus dieciocho años. En ese preciso momento, unas vecinas avisaron a la joven, de la muerte repentina de su padre.
Genoveva pensaba que su madre, delicada de salud, moriría antes de su padre, pero no fue así. El corazón de un hombre maravilloso de repente se paró en frente del mostrador, en los brazos de su mujer.
Después de unos días de luto, la muchacha y su delicada madre, sacaron fuerzas y siguieron trabajando en su tienda de comestibles. Genoveva, trabajaba el doble, con la intención de que su madre no se agotara. No quería perder también a ella.
Cinco años más tarde de lo sucedido, su madre murió.
A pesar de la pena que sentía por la pérdida de sus preciosos padres, Genoveva siguió sola con el negocio.
Fabrizia, una viajera italiana, en uno de sus viajes a España, visitó el pueblo. Le gustó tanto que se quedó a vivir.
Fabrizia, alta y delgada, siempre con una bonita sonrisa, se integró muy bien entre sus habitantes, y los habitantes la aceptaron muy bien a ella.
El trabajo se le acumulaba a Genoveva tanto que contrató a Fabrizia para ayudarla en la tienda.
Eran las dos de la tarde de un caluroso julio de 1995, al sur de España. Genoveva y su ayudante, acababan de cerrar la puerta de la tienda. La italiana, como se le conocía en el pueblo, limpiaba la vitrina de las carnes mientras que la dueña Genoveva, reponía las estanterías con más géneros alimenticios.
¡Llamaron a la puerta!
-Fabrizia le preguntó a Genoveva, -¿qué hago, abro la puerta?
-Abre, abre, debe ser doña Gregoria. Siempre se le olvida algo a la hora de cerrar la tienda, pero, Gregoria es una de mis clientas de toda la vida.
La italiana abrió la puerta.
-”Genoveva, puedes venir, no es doña Gregoria, es un señor”
Genoveva se acercó hasta la puerta. En el umbral había un hombre de unos treinta años, atractivo y simpático. El hombre iba vestido de diario pero con una cierta elegancia.
“Ya hemos cerrado, señor” dijo Genoveva.
“¿La dueña de la tienda, por favor?” preguntó el hombre.
“Soy yo”, contestó la muchacha.
“Me llamo Hermes, soy representante”. El hombre le extendió su mano para saludarla. Ella correspondió el saludo.
“Lo siento señor Hermes, ahora no puedo atenderle. Los representantes suelen venir por la mañana temprano, o a partir de las cinco de la tarde. Si vienes de cinco a seis le puedo atender” dijo Genoveva.
“Esta tarde es imposible volver. Ha sido un placer de conocerla señora Genoveva, gracias por atenderme”.
Hermes le volvió a extender su mano. Ella le extendió la suya, añadiendo, “soy señorita Genoveva”.
“Oh, lo siento, señorita Genoveva! Gracias por su amable atención. Buenas tardes”.
“¡Qué hombre más guapo, Genoveva, está para comérselo, como una rica pasta a la carbonara!” Exclamó Fabrizia, la que había observado y escuchado toda la conversación.
“¡Calla, calla mujer!” le contestó Genoveva ruborizada y riendo. “Los representantes suelen ser amables para vender bien sus artículos. Por cierto, no será tan buen representante, no me ha dicho los productos que vende”.
Las dos mujeres sonriendo siguieron con sus quehaceres.
Lola Barea
Work type Literary: Other
Tags otros., fábulas, antología poética, sonetos, relatos, cuentos
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Registry info in Safe Creative
Identifier 1708073244848
Entry date Aug 7, 2017, 7:10 AM UTC
License Creative Commons Attribution 4.0
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Copyright registered declarations
Author. Holder Lola Barea Barrera. Date Aug 7, 2017.
Information available at https://www.safecreative.org/work/1708073244848-mi-psiquiatra-va-a-matarme