Sus manos recorrían mi cuerpo con la experiencia de todos esos años juntos. Mis arrugas se volvían invisibles ante su tacto. Nuestros ojos solo se perdían de vista para adorar el resto de nuestro cuerpo. Reíamos y nos amábamos entre cojines y mantas delante de la chimenea encendida. La única que esa noche mantenía el fuego vivo.
Miré el reloj, sabíamos que el tiempo se nos echaba encima. Así que le di mi beso de despedida y él se levantó para ponerse su traje roj