El día en que los soldados entraron en la ciudad, sus botas resonaron sobre el asfalto con el seco compás que marcaba la fuerza de la opresión. Nadie sabía de dónde venían, pero habían pasado como vencedores sobre las ruinas de la que había sido nuestra próspera ciudad mientras los supervivientes los observábamos desde lejos, escondidos entre los escombros.
No había escapatoria, ni posibilidad de defensa, cualquier vía de escape por tierra estaba cortada por el cinturón militar que nos sitiaba desde hacía semanas. Nuestra última posibilidad de huir por el mar no sólo había sido bloqueada, sino que completaba el cerco opresor para desde allí lanzar el ataque definitivo contra el último reducto de libertad que todavía resistía en el país. Con toda probabilidad éramos los únicos en toda Europa y tal vez en todo el mundo que no estábamos bajo su control.
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