Normalmente no me suelo meter de manera muy profunda en asuntos lingüísticos porque a veces me siento como si no tuviera la capacidad suficiente para filosofar sobre el asunto. Aunque yo sepa que no tengo razón para pensar así. Hoy es una de las ocasiones en las que me atrevo a mojarme. A empaparme, más bien.
La lengua es un ser vivo. Es una afirmación. Un mantra. Una realidad. No porque yo lo diga desde mi posición de proyecto de escritora y ya. No voy a recurrir al típico ejemplo de El Quijot