Gabriel llegó a su apartamento bien pasadas las nueve de la noche. Deshizo la maleta colocando la ropa sucia en el cesto junto a la lavadora. Se descalzó y se quitó la camiseta. Utilizó sus escasas dotes culinarias para prepararse una cena ligera.
No había podido ni probar bocado, cuando alguien golpeó la puerta de la calle. Se levantó de la silla encaminándose hacia allí.
Miró su reloj: "Las diez y cuarto".
Frunció el ceño extrañado preguntándose quién podría llamar a su puerta un lunes y