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Spain is different (también en los premios literarios)

¡Pregunta de examen, listillo! ¿Sabe usted el nombre de un autor que acumula más de 350 premios literarios de relato corto y novela, solo en España? ¿A qué no? ¿A qué lo he pillao? Bueno, no se preocupe, yo también he tenido que buscarlo y me ha costado un buen rato dar con él. ¿Quiere saber por qué? Pues está de suerte, porque se lo voy a contar un poquito más abajo. 

Ante todo —más que nada para que se vea que no me lo he inventado—, nuestro autorazo de marras es Ernesto Tubía Landeras, un riojano de 50 años que se ha hartado de ganar premios de relato corto y novela, tales como el Princesa Galiana, de Toledo; el Castillo-Puche, de Yecla: el Otoño, de Chiva; o el Café Compás, de Valladolid. Y ahora es cuando usted me pregunta, y por qué esté campeón de campeones no se ha presentado al Planeta, el Fernando Lara, el Alfaguara, o el Primavera (solo por mencionar los cuatro mejor dotados del país) y se los ha llevado todos, o, al menos, un par. 

La respuesta igual lo asusta, viejo: no vaya a ser que escribir bien tenga poco que ver con publicar y aún menos con vender o —ya la repanocha— con ganar premios literarios (en España, que ya sabemos que is diferent). Esto, que parece un oxímoron, lo cuenta mucho mejor que un servidor maese Enrique Murillo, un hombre clave en la edición española de las últimas décadas que ha tirado de la manta con Personaje secundario, un libro que se lee como una novela, aunque no lo es y que hace una radiografía del panorama editorial español que, lo deja a uno de pasta de boniato. 

El informe Murillo 

Antes de nada, usted, que huye de las fake news como Donald Trump de un polígrafo, se preguntará: ¿y quién puñetas es el tal Murillo? Pues, en cuatro palabras: un señor que estuvo casi diez años en Anagrama; fue director editorial y alto ejecutivo en grandes grupos como Bertelsmann, Planeta y Santillana; y participó en la fundación de un suplemento que él llamó Babel y algún iluminado rebautizó como Babelia. Ese, es el tal Enrique Murillo.  

Y ahora que ya le hemos puesto los galones, oigamos lo que tiene que decir sobre buena parte de los premios literarios en España (los grandes, los vinculados a editoriales privadas, no los de pueblo que te dan mil euros y un diploma): y que no es otra cosa que suelen estar cocinados de antemano, pactados con autores o agentes, y responden más a estrategias comerciales que a fallos nacidos de un jurado libre y soberano. Una anécdota reveladora sobre esto tiene a un editor ya fallecido como protagonista. Interrogado por un periodista acerca de si él decidía personalmente al ganador, el hombre no tuvo reparo alguno en responder que, hombre, que, si él ponía tantos millones sobre la mesa, no iba a dejar que el ganador lo eligieran otros. ¿No quería sinceridad? 

Murillo cita también al editor y crítico Ignacio Echevarría (quien ya denunció que la mayoría de los premios concedidos por editoriales españolas están adjudicados a dedo, mientras los medios culturales continúan celebrándolos con un entusiasmo casi ingenuo). Súmele a eso una nómina de jurados influenciados por amiguismos y enemistades, y que encima cobran por serlo de la editorial que da el premio y, rizando el rizo, publican sus propios libros con ella y ¿qué nos da? Pues un sistema en el que los premios son eficaces herramientas de marketing, de lanzamiento o relanzamiento de autores, antes que mecanismos de reconocimiento del mérito literario. 

Venga, se lo cuento con manzanas: pongamos que usted, esforzado literato, es dueño de una editorial con nombre de cuerpo celeste que paga un pastizal de narices por un premio que se entrega durante una cena a la que asiste lo mejor de cada casa (incluida la Real). A quien se lo va a dar: ¿a un señor de Cuenca que escribe como los dioses, pero no lo conoce ni et Tato… o al apuesto marido de una presentadora famosa, que sale en la tele cada semana y que encima publica ya con su editorial?  

Antes de ponerse estupendo, recuerde que ha puesto un pastizal para que el afortunado se lo lleve muerto y que luego le tienen que salir los números, que usted se dedica a vender libros, no a fomentar el talento. Porque esa es otra: si le pregunta usted al que paga la fiesta le dirá (y no sin cierta razón, seamos justos) que él tiene un negocio que mantener, muchas bocas que dependen de las cuentas de resultados y que cuando le ha dado el premio a la novela del de Cuenca ha terminado con agujero en el bolsillo del tamaño de las casas colgantes.  

O, peor aún, que cuando ha optado por dárselo a algún tótem de la literatura (me viene a la mente ahora un peruano que perdía el oremus por los suelos porcelánicos y los Ferrero Rocher) el resultado ha sido la peor novela del interesado y un fracaso estrepitoso del título de marras en el mercado (aunque moriremos antes de reconocerlo). Porque las cifras de venta del premio en el que está pensando no se publican de forma sistemática ni desglosada. Se presume de los títulos que funcionan muy bien (tiradas espectaculares, tropecientas ediciones, miles y miles de ejemplares vendidos), pero no se hacen listas públicas de los que se han estrellado.  

Murillo remata la historia afirmando que: en España, un premio suele ser una combinación de gran campaña de promoción, por un lado, más un autor muy conocido (si quiere decir “mediático” lo ha dicho usted, no yo) por el otro. En otro país menos different un premio literario no lo convoca una editorial y el presidente del jurado y varios miembros del mismo están en nómina de esa misma casa. Lo normal es que los grandes premios estén gestionados por instituciones relativamente independientes (academias, fundaciones, universidades, periódicos), que hacen que la cosa esté más abierta. Peeeero, en el caso español quien convoca el premio, pone el jurado, decide el ganador y explota comercialmente el resultado. El “rasgo diferencial” de aquí, según Murillo, es precisamente esa mezcla tan estrecha entre premio literario y operación comercial doméstica. 

Dicho esto, otro día, ya, si eso, hablamos de lo que es la calidad literaria, lo que el lector mainstream quiere leer (y, sobre todo, comprar) y de cómo el divorcio entre ambas cosas es, en ocasiones, tan evidente que uno tampoco no termina de discernir si, ya puestos, que el premio este dado de antemano o no sea demasiado importante. Pero mientras tanto, ya sabe cómo va el percal. Luego cuando se presente al Planeta (ups!) y no gane, no diga que no lo avisé. 

🪧 Aviso: los artículos de Opinión reflejan las perspectivas de sus autores. SafeCreative no se identifica necesariamente con los puntos de vista expresados en ellos.
Jordi Solé
Jordi Solé
Es licenciado en Ciencias de la Información. Tras dos décadas ejerciendo como periodista en diversos medios decidió pasarse al mundo de la ficción. Desde entonces, es autor de más de una docena de novelas de distintos géneros habiendo ganado los premios Néstor Luján de novela histórica y Prudenci Bertrana, ambos en catalán.

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