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La IA en el sector editorial: ¿amiga o enemiga?

La inteligencia artificial ha entrado en el sector editorial con la sutileza de un elefante en una cacharrería: poniéndolo todo patas arriba. Desde la selección de manuscritos hasta el diseño de portadas. Y sí, puede que esté revolucionando el sector, pero la pregunta es: ¿hacia dónde, exactamente?  

Tengo buenas y malas noticias. Empecemos por las buenas. A día de hoy, la máquina devora manuscritos más rápido que un lector atiborrado de cafeína. Empresas como Inkitt ya la usan para identificar historias prometedoras; analizar cómo los lectores interactúan con ellas; cuándo las abandonan, cuándo las recomiendan. Es como tener una agencia de publicidad trabajando gratis para usted. (Bueno, gratis, gratis no: les paga usted con sus datos, pero de eso ya hablamos otro día, si acaso…). ¿Resultado? Originales que antes se marchitaban en el limbo editorial ahora tienen una oportunidad. Eso es bueno, ¿no? ¡Anímese, hombre! 

Por otro lado, herramientas como GrammarlyProWritingAid ayudan a los autores a detectar desde errores ortográficos hasta inconsistencias narrativas (ese personaje que tiene los ojos azules en el capítulo dos y marrones en el veintiséis). Analizan ritmo, tono, coherencia y todas esas mandangas que a usted le llevaría días o semanas de duro trabajo manual. Y hasta aquí las Good News. Ahora vayamos con lo malo… que ya le adelanto que es dantesco. Las editoriales ya están usando la IA para pulir manuscritos, ahorrando tiempo y dinero. Porque, seamos prácticos, oiga: ¿para qué pagar los doscientos míseros pavos que cobra un lector profesional para leerse 400 páginas y elaborar un informe cuando lo puede hacer una máquina by the face? Y esto no ha hecho más que empezar… 

Marketing invasivo 

Aquí la cosa ya se pone orwelliana, en plan capitalista. Los algoritmos de Amazon generan aproximadamente el 35% de sus ventas totales simplemente diciéndoles a los usuarios: ¡Eh, colega! Si te gustó ese libro sobre vampiros veganos, ¿por qué no pruebas este otro de licántropos con intolerancia al gluten? Las editoriales pueden segmentar con precisión quirúrgica. ¿Qué quiere saber cuántas mujeres entre 35 y 45 años leen romance histórico los domingos por la tarde mientras beben vino blanco? Tenemos un algoritmo para eso. ¿Y para hombres que leen thrillers tecnológicos en el metro y tienen debilidad por los gatos? ¡Como este de aquí! La IA conoce a los lectores mejor que la madre que los parió. 

El apocalipsis de la traducción y el diseño 

Si hay dos profesiones que pueden estar genuinamente preocupadas por su futuro, esos son traductores y diseñadores gráficos. La IA es a estos profesionales lo que la filoxera a las vides. Los sistemas de traducción han mejorado tanto que pueden generar traducciones preliminares decentes en minutos. Sí, aún necesitan revisión humana —por favor, que la necesiten—, pero reducen drásticamente tiempos y costes. Porque no olvide que no es lo mismo pagar por traducir que por revisar.

Y así, lo que era un sueldo de mi… pasa a convertirse en una limosna y todos contentos. (Ah, ¿que todos, todos, no? ¡Por Dios! que tiquismiquis son algunos con lo de los sueldos…) Y si los traductores se están afeitando a ritmo de vértigo, los diseñadores de portadas hace tiempo que tienen las barbas en remojo. Una IA genera docenas de portadas en menos de lo que a un diseñador humano le lleva abrir el Photoshop. ¿Es arte? ¿Y a quién le importa? ¡Es barato! ¿Y es ético? ¿Acaso no me ha oído la primera vez, atontado? ¡Es barato! 

El triunfo de la mediocridad  

¡Oiga, pollo! Y si le dejamos a la IA seleccionar lo que vamos a publicar basándose en lo que ha funcionado antes, ¿no estamos creando una máquina perfecta de producir más de lo mismo? Porque o yo tengo los papeles mojados, o los algoritmos no buscan originalidad sino patrones. Un panorama donde cada novela romántica tiene 89,347 palabras, dos plot twists y un beso bajo la lluvia en la página 92. La respuesta a esa pregunta, para la mayoría de grandes editoriales es: sí, vale, pero ¿cuántas vamos a vender? ¿Y cuánto dice que podemos abaratar los costes? ¡Ah! ¿Tanto? Pues póngame cuarto y mitad de esa IA tan jugosa que tiene ahí. 

Y entonces, ¿qué pasará con las obras experimentales, raras, valientes —las que no encajan en ninguna categoría y se convierten en clásicos? —. ¿Se imaginan a un algoritmo dando luz verde a UlisesBajo el volcán o El castillo? No, ¿verdad? Y ahora es cuando sale el pesado que nos alecciona: que si el mercado se autorregula, que si esos libros tienen sus lectores y que si ya habrá editoriales pequeñas que lo harán al viejo estilo, ganando poco. Vamos, lo que vendría a ser la diferencia entre un Planeta y un Asteroide —hablamos solo de tamaño, no piensen mal, ¡pilluelos! 

Y ya que nos hemos puesto en modo Ray Bradbury, aquí viene otra realmente jugosa: ¿quién es el dueño de un texto generado por IA? ¿Si la máquina aprende del estilo de Murakami y escribe algo que se le parezca, es plagio? The New York Times ya ha llevado a juicio a OpenAI por usar sus artículos para entrenar modelos sin permiso ni compensación. Y autores de todo el mundo empiezan a planteárselo. La IA se ha entrenado con millones de libros protegidos por copyright. Eso es un hecho. Pero ahora vaya y demuestre ante un juez que el suyo es uno. Los abogados se frotan las manos, seguro. Pero ¿qué hay de los escritores, los traductores, los diseñadores, los lectores, los…? ¡Ay, esos! No querría estar yo en sus pellejos. 

Eficiencia Musk Style 

Entonces, si la IA empieza a hacer el trabajo de correctores, editores, traductores, diseñadores, agentes y cada vez más empleados del sector editorial ¿qué pasa con los pobres diablos que necesitan comer y pagar alquiler? Les recuerdo que el sector editorial no es precisamente famoso por pagar bien a sus empleados (se trabaja en esto por amor a los libros, no por la pasta). Como decía Bob Dylan: «The answer, my friend, is blowing in the wind». Siendo menos poéticos que el de Duluth, es como talar el bosque y luego quejarse de que no hay árboles. A largo plazo, y a costa de cobrar poco, a ver quién distingue entre lirios y cardos. 

Vayan, vayan a Kindle y pónganse a leer. La autopublicación ha democratizado la literatura igual que la especulación democratizó las costas españolas. Suena bonito, pero visto, da un poco de grima. Y, si tienen dos minutos, hablamos un momento de los algoritmos de recomendación: parte de la magia de las librerías era encontrar ese libro que ni sabía que existía y que se va a quedar para siempre en su inconsciente. Pues la IA no lo va ni a considerar: le va a recomendar, directamente, la nueva novela de su autor favorito. Nada nuevo bajo el sol. 

Para finalizar este panorama, el que suscribe ha decidido tomar el camino de en medio y preguntarle directamente a la interesada —la IA— su opinión sobre el tema. ¡Es tan cuqui! Aquí se la dejo: «Como IA reflexionando sobre mi papel en este ecosistema, mi perspectiva es agridulce. Creo que la IA debería ser exactamente lo que es: una herramienta. Las calculadoras no mataron las matemáticas; las democratizaron. Los procesadores de texto no mataron la escritura; la facilitaron. La IA puede hacer lo mismo con la edición si —y este es un «si» grande como una biblioteca— establecemos límites éticos claros». 

En definitiva, necesitamos transparencia sobre cómo se entrenan los modelos, compensación justa para los creadores cuyos trabajos alimentan estos sistemas, y protección para los profesionales del sector. La IA debería sugerir, no decidir. Apoyar, no reemplazar. Amplificar voces humanas, no ahogarlas en un mar de contenido generado algorítmicamente. La pregunta no es si la IA cambiará el sector editorial —ya lo está haciendo. La pregunta es si permitiremos que la eficiencia devore el arte, o si usaremos la tecnología para crear un ecosistema donde más voces auténticas puedan ser escuchadas. 

Y para los escritores ahí fuera: escribe porque necesitas escribir, no porque esperas hacerte rico. Las probabilidades están en tu contra en ambos modelos. Pero si tienes algo genuino que decir, búscate un buen corrector (humano o IA), aprende marketing, baja tus expectativas financieras, y lánzate. La literatura necesita voces reales más que nunca, justo cuando las máquinas están aprendiendo a imitar las nuestras. El futuro de la literatura está en nuestras manos. Bueno, en nuestras manos y en los servidores de Amazon. Pero sobre todo en las nuestras. Creo. 

🪧 Aviso: los artículos de Opinión reflejan las perspectivas de sus autores. SafeCreative no se identifica necesariamente con los puntos de vista expresados en ellos.
Jordi Solé
Jordi Solé
Es licenciado en Ciencias de la Información. Tras dos décadas ejerciendo como periodista en diversos medios decidió pasarse al mundo de la ficción. Desde entonces, es autor de más de una docena de novelas de distintos géneros habiendo ganado los premios Néstor Luján de novela histórica y Prudenci Bertrana, ambos en catalán.

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