Estupendo
Alicia Bermúdez Merino
Madrid - Spain
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About the work

http://valentina-lujan.es/alicia/estupendo.pdf Escribí, con trazo enérgico y en letra grande y clara, mordiéndome los labios de rabia, o de vergüenza, por estar rebajándome a ser un envidioso, pero decidido a serlo si, con ello, mi bien amada Proserpina, lograba mi sueño dorado de ser respetado, y admirado, e incluso ― por qué no confesarlo ― amado. Cuando me presenté ilusionado ante ti ― aquella tarde que fui a esperarte a la salida de la mercería con los folios bajo el brazo ― e intenté contártelo, apenas terminada la primera frase te pusiste hecha una verdadera hidra, Proserpina, amor mío, vociferando que cómo ni cuándo se me había podido pasar por la cabeza que existiera la más remota posibilidad de que tú fueses jamás a enamorarte de alguien tan despreciable. Yo traté de hacerte comprender que no, que no era eso, que no se trataba de que yo fuera a ser un envidioso verdadero sino de que tan sólo lo fingiese para, así… Pero tampoco me dejaste explicártelo diciendo que pues lo que faltaba, y que además de envidioso farsante, y que si había alguna otra cosa ― preguntaste en tono airado echando el cierre ― que tuviese pensado ser con la que terminar de sorprenderte. – Sí ― te contesté. – Pues, hala ― dijiste dejando caer las llaves en tu bolso ―, dímelo. – Bueno ― titubeé ―, no es que lo tenga, no lo que se llama propiamente pensado, pero… – O sea ― te colgaste el bolso al hombro y echaste a andar sin mirarme ―, que no lo tienes pensado. – Lo tiene pensado un amigo mío ― resumí, caminando cabizbajo a tu lado. ― Un amigo tuyo ― recitaste, parándote en seco y girándote para mirarme ― tiene pensado qué vas a ser tú, además de mentiroso y de farsante, para terminar de sorprenderme a mí ¿Lo he dicho bien? – Bastante bien ― admití. – “Bastante bien” ― repetiste, en tono resentido, y echaste a andar de nuevo hacia la parada del autobús. Permanecí parado unos instantes, sin comprender el motivo de tu enojo, mirándote caminar y sentarte luego, cruzando las piernas, sobre el asiento bajo la marquesina. Llegué hasta ti y me senté a tu lado. – ¿A qué se debe ese enfado? ― te pregunté. – Oh… ― replicaste tan sólo; y te dedicaste a continuación a, un poco inclinada hacia delante, con los brazos en equis sobre tu regazo, hacer bailar tu sandalia sobre la punta del dedo gordo de tu pie pintada ― recuerdo ― como lo que me recordó un cuadro de Mondrian, ensimismada casi; parecía que todo tu objetivo consistiera en conseguir que no se cayese. Pero al final las leyes de la física triunfaron y describiendo una parábola la sandalia fue a parar a algo más de un metro de distancia, sobre el asfalto. Entonces sonreíste, sonreíste y me dedicaste una mirada casi dulce al tiempo que, diciendo que no tenías pajolera idea de quién pudiera ser Mondrian, te ponías de pie y, cuando la hubiste recuperado, según te la calzabas con una mano y te sentabas de nuevo, me diste un golpecito afectuoso en la rodilla con la otra y ―: A nada. Dijiste, retirándote un mechón de pelo de la cara; y que tonterías sin importancia, cosas tuyas, y, pero a que son bonitas, y me di cuenta de que algunas de las de las manos también eran de Mondrian. Y por eso recuerdo aquella tarde; y que dijiste que te dijese de una vez qué era eso que iba a ser. Cuando te dije que iba a ser un alter ego, sin dar lugar a que pudiera terminar la frase explicándote de quién ni de qué, te echaste a reír, y reíste con convicción idéntica a la que apenas unos minutos antes aplicaras a ignorar quién fue Mondrian, causándome, con tu risa, la misma perplejidad que había sentido tantas veces y que tendría que haber dejado de ser perplejidad hacía ya mucho si me hubiera acostumbrado yo a que siempre pasaba lo mismo, a que ponías el mismo entusiasmo, la misma dedicación, a llorar que a reír que a enfadarte y hasta, si la ocasión lo requería, a cantar o a bailar y sin perjuicio de que el objetivo fuese hacerlo bien o mal, que igual de bien cantabas o bailabas bien que mal que te ponías hecha un verdadero basilisco o, sin motivo aparente que justificara tales extremos, a dar saltos de alegría en momentos del todo dramáticos y, todo, con el mismo aplomo, la misma serenidad apasionada y desconcertante que, y bien lo sabes Proserpina, amor mío, me desanima, me destroza la moral, y me deja sumido en una profundísima tristeza que me quita todas las ganas de vivir, y de hablar, y de todo… Así que, desanimado y entristecido ya no tuve ganas de decirte nada más ni de contarte que, estando como estaba pletórico de dicha ―cuando emprendí el camino a casa, ya te he dicho, que eran las once y cuarto― (y no por la alegría que tú me dieras, con tu actitud, que ya te he dicho que lo que me diste fue un disgusto que me dejó hecho polvo, sino porque iba a ser un hombre nuevo y distinto e infinitamente más seguro de sí, o, bueno, “de mí”, claro), esta se me vino bastante abajo por culpa, por lo visto, de Indalecio y la cortina y, según me informó... Etiqueta: Versacionesdeunchup Categoría: Telas de araña

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Code: 2305224381897
Date: May 22 2023 11:57 UTC
Author: Felipe Ledesma
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Escritora, porque la escritura es lo que profeso. Pero, no siendo la escritura mi fuente de ingresos, no me atrevería a denominarla mi profesión. No creo, por otra parte, que estuviera dispuesta a avenirme a complacer a nadie, lector o editor. Ni a comprometerme a cumplir los plazos de entrega a que deben ceñirse tantos de los que publican. Literatura por encargo, como si el escritor fuera un sastre o un fabricante de electrodomésticos. Me espanta el sólo pensarlo. No tengo formación académica.

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