Mis manos tiemblan cuando llega la noche y vuelvo a escuchar su saludo a las niñas. Yo me escondo tras la olla y termino de calentar la sopa. Pongo los platos en la mesa, tal y como a él le gustan. Las niñas cenan en silencio. Atronador. Retumba en mis oídos. Él me mira cuando me siento enfrente. No come. Un escalofrío me recorre la espalda cuando al levantarse arrastra su silla por el suelo.
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